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Teatro Morosco. Nueva York, 1963 |
Absorto en estos pensamientos, dio en la radio del coche con una emisora de clásicos de siempre, donde sonaban Cole Porter, George Gershwin e Irving Berlin. Ojalá hubiera vivido los años veinte y treinta, cuando Manhattan tenía el glamur que Hollywood había ensalzado en tantas películas. En sus fantasías de color de rosa, soñaba con vivir en un Manhattan donde los hombres llegaban a casa del trabajo, se ponían el esmoquin, y las bellas esposas, sus vestidos caros. Recibían a unos cuantos amigos igual de engalanados para tomar un cóctel y entablar conversaciones interesantes, y si salían después, era para acudir al Twenty-One o El Morocco, o cualquier estreno del Booth o el Morosco, en lugar de circular por la oscuridad total de los caminos rurales, donde lo más normal era atropellar a un ciervo. Se preguntaba si esa Nueva York existió de verdad o solo en las películas de la Metro.
[...] Baum se fue a dormir y [...] tuvo un sueño bastante agradable. En él, sus padres celebraban el aniversario de bodas y Baum estaba muy feliz al verlos besarse y tan enamorados como el primer día. Soñó que les regalaba un aparato de radio de los antiguos y que, cuando lo encendían, aún funcionaba, aunque solo emitía programas y melodías de un tiempo ya desaparecido y, mientras dormía, se le dibujaba una leve sonrisa al evocar a sus padres abrazados frente a aquella radio Philco sintonizada en el programa musical Make Believe Ballroom.
¿Qué pasa con Baum? Woody Allen
