Bienvenidos

Aquí encontrarás una selección accidental de textos literarios pertenecientes a obras clásicas de la Literatura universal. Sin otro criterio que el gusto y el azar seguidos por el profesor de Lengua Rafael Bermúdez Ortiz, el alumnado tiene la oportunidad de acercarse a algunos de los títulos y autores más célebres del canon literario occidental mediante este catálogo de citas, páginas y recortes. Ojalá disfruten tanto como el autor de su lectura.

El niño mortal y rosa


Portada del libro Mortal y rosa


Pero el niño está ahí, dorado de sí mismo, vivo, mirado desde los rincones por todos los gatos de la muerte, haciendo hablar a las cosas, gozoso de la locuacidad de los objetos y las esquinas, asomado al culo de la vida, viendo el revés de todo, encontrándole al mundo púas musicales, resortes de payaso. El niño, su vida breve, el oro de su pelo, sin tiempo por detrás ni por delante, amenazado, fugaz e inverosímil como una manzana en el mar, reciente todavía de aquel parto a última hora de la tarde, cuando me miré a mí mismo en su llanto boca abajo.

La primer niñez, la época que perdemos de nuestra vida, de la que nunca sabemos nada, sólo se recupera con el hijo, con él vuelve a vivirse. Gracias al hijo podemos asistir a nuestra propia infancia, a nuestro propio nacimiento, y yo miraba aquellos ojos cerrados, aquel llanto rosáceo, y me veía a mí mismo, por fin, en el revés del tiempo. El niño, su debilísimo denuedo, su crueldad rosa, fe total en la vida, sin pasado ni futuro, presente completo, y cómo se ha ido abriendo paso a través del idioma, cómo ha ido abriendo frondas, tomando palabras, y llega ya hasta mí, venido de la manigua que nos separaba, del bosque de los nombres y las letras, y está ya de este lado, habitante del alfabeto.

Cómo aceptar un origen popular


Annie Ernaux, cuando tenía 8 o 9 años, con su padre

Mi padre entró en la categoría de gente sencilla o buena gente. Ya no se se atrevía a contarme historias de su infancia. Yo ya no le hablaba de mis estudios. Salvo el latín, porque había ayudado a misa, le resultaban incomprensibles y se negaba incluso a hacer como que se interesaba, a diferencia de mi madre. Se enfadaba cuando me quejaba de tener mucho trabajo o criticaba las clases. La palabra "profe" le molestaba, y también "dire" o hasta "libraco". Y siempre el miedo O QUIZÁS EL DESEO de que yo no lo consiguiera.

Le ponía nervioso verme todo el día con la cabeza hundida en los libros y los culpaba de mi cara inexpresiva y de mi mal humor. Cuando por las noches veía la luz por debajo de la puerta de mi habituación, decía que estaba consumiéndome la salud. Los estudios, un obligado sufrimiento para llegar a una buena situación y no acabar con un obrero. Pero que me gustara romperme la cabeza le parecía sospechoso. 

Tener o no tener


Póster de la película Mujercitas, de Mervyn LeRoy (1949)

Los Moffat eran gente realmente mundana, y la pobre Meg se sintió, en un primer momento, intimidada por la fastuosidad de la casa y la elegancia de sus inquilinos, pero como, a pesar de la vida frívola, eran personas muy amables, no tardaron mucho en conseguir que su huésped se sintiera cómoda. Quizá Meg intuyó, sin comprenderlo del todo, que no eran personas excesivamente cultas e inteligentes, y que debajo de tanto adorno, había gente hecha del mismo material corriente que todos. Era ciertamente agradable darse un banquete, pasear en coche, ponerse sus mejores galas todos los días y no hacer nada más que divertirse. Estas cosas iban a la perfección con su carácter y pronto empezó a imitar la manera de hablar y los modales de su nuevas compañías: a darse tono y usar frases en francés, a rizarse el pelo, ajustarse los trajes y a hablar, en cuanto tenía ocasión, de lo que estaba o no de moda. Y cuanto más veía las cosas bonitas de Annie Moffat, más la envidiaba y suspiraba por ser rica. Ahora, cuando pensaba en su casa, le parecía desnuda y triste, y el trabajo, más difícil que nunca. Se sentía desamparada y dolida, a pesar de sus dos pares de guantes y sus medias de seda.

Vicente Damián Rodríguez


Francisco de Goya. El 3 de mayo en Madrid o "Los fusilamientos"

Es una torre de hombre este Vicente Damián Rodríguez, que tiene treinta y cinco años, que carga bolsas en el puerto, que pesado y todo como es juega al fútbol, que guarda algo de infantil en su humanidad gritona y descontenta, que aspira a más de lo que puede, que tiene mala suerte, que terminará mordiendo el pasto de un potrero y pidiendo desesperado que lo maten, que terminen de matarlo, sorbiendo a grandes tragos la muerte que no acaba de inundarlo por los ridículos agujeros que le hacen las balas de los máuseres.

Hubiera querido ser algo en la vida Vicente Rodríguez. Está lleno de grandes ideas, de grandes ademanes, de grandes apalabras. Pero la vida es feroz con gente como él. Solamente ganarla será una permanente cuesta arriba. Y perderla, un interminable trámite.

Se ha casado, tiene tres chicos y los quiere, pero es claro, hay que darles de comer y mandarlos al colegio. Y esa casa pobrísima que alquila, rodeada de ese paredón sucio, con ese terreno inculto donde picotean las gallinas, no es lo que él imaginaba.

La sensación de poder que le dan sus músculos vigorosos nunca puede verla cabalmente trasladada al mundo objetivo. En alguna época, es cierto, actúa en su sindicato y hasta llega a delegado, pero luego todo eso se derrumba. Ya no hay sindicato ni hay delegado. Entonces comprende que él es nadie, que el mundo pertenece a los doctores. El signo de su derrota es muy claro. En su barrio hay un club, en el club una biblioteca. Acudirá allí, en busca de esa fuente milagrosa -los libros- de donde parece fluir el poder.

Operación Masacre. Rodolfo Walsh

¿Recuerdo o realidad?


Teatro Morosco. Nueva York, 1963

Absorto en estos pensamientos, dio en la radio del coche con una emisora de clásicos de siempre, donde sonaban Cole Porter, George Gershwin e Irving Berlin. Ojalá hubiera vivido los años veinte y treinta, cuando Manhattan tenía el glamur que Hollywood había ensalzado en tantas películas. En sus fantasías de color de rosa, soñaba con vivir en un Manhattan donde los hombres llegaban a casa del trabajo, se ponían el esmoquin, y las bellas esposas, sus vestidos caros. Recibían a unos cuantos amigos igual de engalanados para tomar un cóctel y entablar conversaciones interesantes, y si salían después, era para acudir al Twenty-One o El Morocco, o cualquier estreno del Booth o el Morosco, en lugar de circular por la oscuridad total de los caminos rurales, donde lo más normal era atropellar a un ciervo. Se preguntaba si esa Nueva York existió de verdad o solo en las películas de la Metro.

[...] Baum se fue a dormir y [...] tuvo un sueño bastante agradable. En él, sus padres celebraban el aniversario de bodas y Baum estaba muy feliz al verlos besarse y tan enamorados como el primer día. Soñó que les regalaba un aparato de radio de los antiguos y que, cuando lo encendían, aún funcionaba, aunque solo emitía programas y melodías de un tiempo ya desaparecido y, mientras dormía, se le dibujaba una leve sonrisa al evocar a sus padres abrazados frente a aquella radio Philco sintonizada en el programa musical Make Believe Ballroom.

¿Qué pasa con Baum? Woody Allen