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Aquí encontrarás una selección accidental de textos literarios pertenecientes a obras clásicas de la Literatura universal. Sin otro criterio que el gusto y el azar seguidos por el profesor de Lengua Rafael Bermúdez Ortiz, el alumnado tiene la oportunidad de acercarse a algunos de los títulos y autores más célebres del canon literario occidental mediante este catálogo de citas, páginas y recortes. Ojalá disfruten tanto como el autor de su lectura.

El abeto que quería ser mayor


Felicitación navideña ilustrada por Walter M. Dunk en 1916

- ¡Oh, ojalá fuera un árbol grande como los otros! - suspiraba el pequeño abeto-. Entonces podría extender mis ramas alrededor de la copa y ver el ancho mundo. Los pájaros construirían nidos en mis ramas y, cuando soplara el viento, me inclinaría aristocráticamente, como los otros.

- ¡Alégrate de tu juventud! -dijeron los rayos del sol-. ¡Alégrate de tus frescos brotes, de la vida joven que hay en ti!

[...] Cuando llegó la Navidad, talaron muchos árboles jóvenes, árboles que muchas veces ni siquiera tenían el tamaño o la edad de este abeto que nunca estaba satisfecho y que estaba siempre queriendo marcharse. Aquellos árboles jóvenes, que eran los más bellos de todos, siempre conservaban sus ramas, los colocaban en unos carros y unos caballos se los llevaban del bosque.

- ¿Adónde van? -preguntó el abeto-. No son más grandes que yo, uno era incluso más pequeño, ¿por qué no les quitan las ramas? ¿Adónde los llevan?

- ¡Lo sabemos, lo sabemos! -gorjearon los gorriones-. Allá abajo en la ciudad miramos los cristales. ¡Sabemos dónde los llevan! ¡Oh, van hacia el brillo y el esplendor más grande que uno pueda imaginarse! Hemos mirado por las ventanas y hemos visto que los plantan en medio de la caliente sala y los adornan con las cosas más preciosas: manzanas doradas, pastelillos de miel, juguetes y muchos cientos de velas.

- ¿Y luego...? -preguntó el abeto, temblando en todas sus ramas-. ¿Y luego? ¿Qué pasa luego?

¿A qué llaman vivir?


Fotograma de la película Solo en casa (1990), de Chris Columbus

- [...] ¿Es que no le interesa el dinero?

- No, porque se ha convertido en meta y nos impide disfrutar del camino por donde vamos andando. Además, ni siquiera es bonito, como antes, cuando se gozaba de su tacto como el de una joya. [...] Ahora, el dinero son viles papeluchos arrugados. Yo, cuando tengo alguno, estoy deseando soltarlo.

- Todo lo que usted quiera -interrumpió el comisario-, pero hacen falta para vivir.

- Eso suele decirse, sí. Para vivir... ¿Pero a qué llaman vivir? Para mí, vivir es no tener prisa, contemplar las cosas, prestar oído a las cuitas ajenas, sentir curiosidad y compasión, no decir mentiras, compartir con los vivos un vaso de vino o un trozo de pan, acordarse con orgullo de la lección de los muertos, no permitir que nos humillen o nos engañen, no contestar que sí ni que no sin haber contado antes hasta cien como hacía el Pato Donald... Vivir es saber estar solo para aprender a estar en compañía, y vivir es explicarse y llorar... y vivir es reírse... He conocido a mucha gente a lo largo de mi vida, comisario, y, créame, en nombre de ganar dinero para vivir, se lo toman tan en serio que se olvidan de vivir. Precisamente ayer, paseando por Central Park más o menos a estas horas, me encontré con un hombre inmensamente rico que vive por allí cerca y entablamos conversación. Pues bueno, está desesperado y no sabe por qué. No le saca partido a nada ni le encuentra aliciente a la vida. Y claro, se obsesiones por tonterías. Al cabo de un rato, parecía yo la millonaria y él el mendigo.

Caperucita en Manhattan. Carmen MARTÍN GAITE

El niño mortal y rosa


Portada del libro Mortal y rosa


Pero el niño está ahí, dorado de sí mismo, vivo, mirado desde los rincones por todos los gatos de la muerte, haciendo hablar a las cosas, gozoso de la locuacidad de los objetos y las esquinas, asomado al culo de la vida, viendo el revés de todo, encontrándole al mundo púas musicales, resortes de payaso. El niño, su vida breve, el oro de su pelo, sin tiempo por detrás ni por delante, amenazado, fugaz e inverosímil como una manzana en el mar, reciente todavía de aquel parto a última hora de la tarde, cuando me miré a mí mismo en su llanto boca abajo.

La primer niñez, la época que perdemos de nuestra vida, de la que nunca sabemos nada, sólo se recupera con el hijo, con él vuelve a vivirse. Gracias al hijo podemos asistir a nuestra propia infancia, a nuestro propio nacimiento, y yo miraba aquellos ojos cerrados, aquel llanto rosáceo, y me veía a mí mismo, por fin, en el revés del tiempo. El niño, su debilísimo denuedo, su crueldad rosa, fe total en la vida, sin pasado ni futuro, presente completo, y cómo se ha ido abriendo paso a través del idioma, cómo ha ido abriendo frondas, tomando palabras, y llega ya hasta mí, venido de la manigua que nos separaba, del bosque de los nombres y las letras, y está ya de este lado, habitante del alfabeto.

Cómo aceptar un origen popular


Annie Ernaux, cuando tenía 8 o 9 años, con su padre

Mi padre entró en la categoría de gente sencilla o buena gente. Ya no se se atrevía a contarme historias de su infancia. Yo ya no le hablaba de mis estudios. Salvo el latín, porque había ayudado a misa, le resultaban incomprensibles y se negaba incluso a hacer como que se interesaba, a diferencia de mi madre. Se enfadaba cuando me quejaba de tener mucho trabajo o criticaba las clases. La palabra "profe" le molestaba, y también "dire" o hasta "libraco". Y siempre el miedo O QUIZÁS EL DESEO de que yo no lo consiguiera.

Le ponía nervioso verme todo el día con la cabeza hundida en los libros y los culpaba de mi cara inexpresiva y de mi mal humor. Cuando por las noches veía la luz por debajo de la puerta de mi habituación, decía que estaba consumiéndome la salud. Los estudios, un obligado sufrimiento para llegar a una buena situación y no acabar con un obrero. Pero que me gustara romperme la cabeza le parecía sospechoso. 

Tener o no tener


Póster de la película Mujercitas, de Mervyn LeRoy (1949)

Los Moffat eran gente realmente mundana, y la pobre Meg se sintió, en un primer momento, intimidada por la fastuosidad de la casa y la elegancia de sus inquilinos, pero como, a pesar de la vida frívola, eran personas muy amables, no tardaron mucho en conseguir que su huésped se sintiera cómoda. Quizá Meg intuyó, sin comprenderlo del todo, que no eran personas excesivamente cultas e inteligentes, y que debajo de tanto adorno, había gente hecha del mismo material corriente que todos. Era ciertamente agradable darse un banquete, pasear en coche, ponerse sus mejores galas todos los días y no hacer nada más que divertirse. Estas cosas iban a la perfección con su carácter y pronto empezó a imitar la manera de hablar y los modales de su nuevas compañías: a darse tono y usar frases en francés, a rizarse el pelo, ajustarse los trajes y a hablar, en cuanto tenía ocasión, de lo que estaba o no de moda. Y cuanto más veía las cosas bonitas de Annie Moffat, más la envidiaba y suspiraba por ser rica. Ahora, cuando pensaba en su casa, le parecía desnuda y triste, y el trabajo, más difícil que nunca. Se sentía desamparada y dolida, a pesar de sus dos pares de guantes y sus medias de seda.