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Aquí encontrarás una selección accidental de textos literarios pertenecientes a obras clásicas de la Literatura universal. Sin otro criterio que el gusto y el azar seguidos por el profesor de Lengua Rafael Bermúdez Ortiz, el alumnado tiene la oportunidad de acercarse a algunos de los títulos y autores más célebres del canon literario occidental mediante este catálogo de citas, páginas y recortes. Ojalá disfruten tanto como el autor de su lectura.

Decir NO


Ilustración de Stéphane Poulin para Bartleby el Escribiente, de la editorial Anaya

Al principio, Bartleby realizó una extraordinaria cantidad de escritos. Como si llevara tiempo con hambre de copiar, pareció darse un hartazgo de mis documentos. No había pausa para la digestión. Copiaba día y noche, a la luz del sol y de las velas. Su aplicación me hubiera satisfecho del todo de haber sido él no sólo industrioso, sino además alegre. Pero escribía y escribía, callada, pálida, mecánicamente. [...]

De vez en cuando, si apremiaba el trabajo, yo mismo ayudaba a comparar algún breve documento, y llamaba a Turkey o a Nippers para ese propósito. Uno de mis objetivos al colocar a Bartleby tan a mano, tras el biombo, era valerme de sus servicios en aquellas ocasiones triviales. Era el tercer día, creo, que estaba conmigo, y antes que hubiera necesidad de examinar su propio escrito, viéndome más apurado en concluir un asuntillo que tenía pendiente, llamé a Bartleby de súbito. En la premura y la natural expectativa de una obediencia inmediata, me quedé con la cabeza inclinada sobre el original, que estaba en mi escritorio, y mi mano derecha a un lado, extendida algo nerviosamente con la copia, para que después de emerger de su retiro al punto, Bartleby pudiera cogerla y proceder al trabajo sin la menor dilación.

En tal actitud me quedé al llamarlo, y declaré aprisa lo que deseaba que hiciera: concretamente, examinar un pequeño papel conmigo. Imaginen mi asombro -no, mi consternación-, cuando, sin moverse de su cubículo, Bartleby, con voz singularmente apacible y firme, replicó:

- Preferiría no hacerlo.

Si yo fuera normal...


Adaptación cinematográfica de Yerma (1998) dirigida por Pilar Távora

YERMA.- [...] ¡María! ¿Por qué pasas tan deprisa por mi puerta?

MARÍA.- (Con un niño en brazos) Cuando voy con el niño lo hago... ¡Como siempre lloras!

YERMA.- Tienes razón. (Coge el niño y se sienta.)

MARÍA.- Me da tristeza que tengas envidia.

YERMA.- No es envidia lo que tengo, es pobreza.

MARÍA.- No te quejes.

YERMA.- ¡Cómo no me voy a quejar cuando te veo a ti y a las otras mujeres llenas por dentro de flores, y viéndome yo inútil en medio de tanta hermosura!

MARÍA.- Pero tienes otras cosas. Si me oyeras, podrías ser feliz.

YERMA.- La mujer de campo que no da hijos es inútil como un manojo de espinos, y hasta mala, a pesar de que yo sea este desecho dejado de la mano de Dios. (MARÍA hace un gesto como para tomar el niño.) Tómalo, contigo está más a gusto. Yo no debo tener manos de madre.

MARÍA.- ¡Por qué dices eso!

YERMA.- (Se levanta) Porque estoy harta. Porque estoy harta de tenerlas y no poderlas usar en cosa propia. Que estoy ofendida y rebajada hasta lo último, viendo que los trigos apuntan, que las fuentes no cesan de dar agua y que paren las ovejas cientos de corderos, y las perras, y que parece que todo el campo puesto de pie me enseña sus crías tiernas, adormiladas, mientras yo siento los golpes de martillo aquí, en lugar de la boca de mi niño.

¡Es tan horrible ser pobre!


Escena de la adaptación cinematográfica de Mujercitas en 1949 por Mervyn Leroy

Las Navidades no serán Navidades sin ningún regalo -refunfuñó Jo, tumbada en la alfombra.

- ¡Es tan horrible ser pobre!- suspiró Meg, mirando su viejo vestido.

- No creo que sea justo que algunas chicas tengan montones de cosas bonitas y otras, nada de nada -añadió la pequeña Amy, con gesto ofendido.

- Tenemos a papá y a mamá, y nos tenemos las unas a las otras -dijo Beth tranquilamente desde su esquina.

Los rostros de las cuatro jóvenes resplandecieron al amor de la lumbre con estas reconfortantes palabras, pero volvieron a oscurecerse en cuanto Jo dijo tristemente:

- No tenemos a papá, y no lo tendremos en mucho tiempo.

No se atrevió a decir "quizá nunca", pero todos lo pensaron en silencio y recordaron a su padre lejos, allá donde se estaba luchando.

El otro


Carnicería fotografiada en 1895

Una de mis preocupaciones constantes es el comprender cómo es posible que otra gente existe, cómo es que hay almas que no sean la mía, conciencias extrañas a mi conciencia que, por ser conciencia, me parece ser la única. Comprendo bien que el hombre que está delante de mí, y me habla con palabras iguales a las mías, y me ha hecho gestos que son como los que yo hago o podría hacer, sea de algún modo mi semejante. Lo mismo, sin embargo, me sucede con los grabados que sueño de las ilustraciones, con los personajes que veo de las novelas, con los personajes dramáticos que en el escenario pasan a través de los actores que los representan.

Nadie, supongo, admite verdaderamente la existencia real de otra persona. Puede conceder que esa persona está viva, que sienta y piense como él; pero habrá siempre un elemento anónimo de diferencia, una desventaja materializada. Hay figuras de tiempos idos, imágenes espíritus en libros, que son para nosotros realidades mayores que esas indiferencias encarnadas que hablan con nosotros por cima de los mostradores, o nos miran por casualidad en los tranvías, o nos rozan, transeúntes, en el acaso muerto de las calles. Los demás no son para nosotros más que paisaje y, casi siempre, paisaje invisible de calle conocida. [...]

Así empieza la guerra


Visita de la infanta Isabel de Borbón al balneario gallego de Mondariz en 1914

El verano de 1914 seguiría siendo igualmente inolvidable sin el cataclismo que descendió sobre tierra europea, porque pocas veces he vivido un verano tan exuberante, hermoso y casi diría... veraniego. El cielo, de un azul sedoso noche y día; el aire, dulce y sensual; los prados, fragantes y cálidos; los bosques, oscuros y frondosos, con su joven verdor; todavía hoy, al pronunciar la palabra "verano", automáticamente me vienen a la memoria aquellos radiantes días de julio que pasé en Baden, cerca de Viena. Me había retirado a esa pequeña y romántica ciudad que con tanta frecuencia había escogido Beethoven como residencia veraniega, para concentrarme durante todo el mes en el trabajo y luego pasar el resto del verano con mi venerado amigo Verhaeren en una villa de Bélgica. En Baden no hace falta salir del núcleo urbano para disfrutar del paisaje. El hermoso bosque quebrado por colinas se interna imperceptiblemente entre las casas bajas estilo biedermeier que han conservado la sencillez y el encanto de los tiempos de Beethoven. Uno se puede sentar en las terrazas de los cafés y restaurantes que abundan por doquier, y siempre que quiera se pued emezclar con la alegre clientela de los balnearios que desfila en sus carruajes por el parque o se pierde por caminos solitarios.