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Aquí encontrarás una selección accidental de textos literarios pertenecientes a obras clásicas de la Literatura universal. Sin otro criterio que el gusto y el azar seguidos por el profesor de Lengua Rafael Bermúdez Ortiz, el alumnado tiene la oportunidad de acercarse a algunos de los títulos y autores más célebres del canon literario occidental mediante este catálogo de citas, páginas y recortes. Ojalá disfruten tanto como el autor de su lectura.

El paisaje de la memoria


Fotograma de El espíritu de la colmena (19739, de Víctor Erice

Hay en el adolescente una repugnancia o una ternura hacia su infancia reciente, y en aquel monte había estado yo en los domingos de la infancia, cuando las excursiones familiares, y ahora podía ver, desde lo alto, la fábrica de harinas del abuelo (o donde trabajaba el abuelo), ya parada y muerta, y trataba de distinguir entre las huertas de allá abajo la huerta donde antaño jugábamos, sintiendo con dolor que ya no existía, que el tiempo la había borrado, que seguramente era un erial, como si me hubiesen robado una pieza de mi pasado, y también veía el río, lejano, ancho y luminoso, y el puente, y la larga carretera por la que veníamos andando todos los domingos, excepto cuando había algún enfermo o cojo en la familia, y entonces tomábamos el autobús. Pero ya la carretera no era tan larga, y la visión geográfica de mi vida, con monte y valles, con ríos y nubes, con cielos y caminos, era, al fin y al cabo, la única visión que podía tener de ella y de mí mismo, pues a medida que el tiempo se nos pierde y huye, se va trocando en geografía, y no es verdad que no deje nada, el paso del tiempo, sino que nos deja unos paisajes, unos lugares, unos colores y unas luces que son el cuajarón de ese pasar, de ese tiempo que creemos perdido, paisajes y lugares, colores y luces que antes no teníamos, porque los leíamos de otra forma o ni siquiera los leíamos. El tiempo, sí, se transmuta en geografía, y lo que perdemos en tiempo lo ganamos en espacio, y las horas perdidas de la infancia están ahí, en las copas de los árboles, y quizá son esos hilos de plata, de luz, que brillan de rama en rama, de hoja a hoja, porque en esos árboles, en esa arboleda cuaja algo que entonces no había, y ahora somos más dueños de todo, ya que todos nos habla, nos enriquece y nos habita. Así, el canal largo y curvo que cruzaba los campos de mi infancia, aquel canal lento y limpio, como un río mejor trazado, y por donde el cielo iba más claro, el aire más limpio y la tarde más hermosa.

Las ninfas. Francisco UMBRAL

¿De qué se quejan los ricos?


Plano de La cinta blanca (2009), de Michael Haneke

(Testimonios de soldados soviéticas que entraron con el Ejército Rojo para liberar Alemania de los nazis en 1945)

Llegué a Alemania...

Lo primero que vi al pisar suelo alemán fue una pancarta casera que habían puesto a un lado de la carretera: ¡Esta es la maldita tierra alemana! [...] 

Y todos esperaban ese momento... Lo veremos... Lo entenderemos... ¿De dónde procedían? ¿Cómo era su país? ¿Serían personas normales y corrientes? ¿Vivirían igual que nosotros? [...]

Por fin estábamos en su tierra... Lo primero que nos sorprendió fue la calidad de las carreteras. Unas casas de campesinos enormes... Macetas, cortinas bonitas incluso en los cobertizos. En las casas había manteles blancos. Una vajilla de calidad. Porcelana. Allí fue la primera vez que vi una lavadora. No lográbamos entenderlo: ¿si allí vivían tan bien, para qué hacer una guerra? Nuestra gente se cobijaba en chozas mientras ellos comían sobre manteles blancos. Pequeñas tacitas de café... Antes solo las había visto en los museos. Esas tacitas... Se me había olvidado contarle... Todos nos quedamos atónitos... Habíamos empezado el ataque, allí estaban las primeras trincheras alemanas... Las asaltamos y allí nos encontramos unos termos con café caliente. El olor a café... Las galletas. Las sábanas blancas. Las toallas limpias. El papel higiénico... Nosotros no teníamos nada de eso. ¿Qué sábanas? Si dormíamos sobre el heno, sobre las ramas de los árboles... En ocasiones nos pasábamos dos o tres días sin probar la comida caliente. Nuestros soldados acribillaron a tiros esos termos... Ese café...

En las casas alemanas también vi juegos de café fusilados. Macetas fusiladas. Almohadas... Carritos de bebé... Pero igualmente no éramos capaces de hacer lo que ellos habían hecho. Hacerles sufrir tanto como nosotros habíamos sufrido.

Nos costaba entender dónde se había originado su odio. El nuestro era comprensible. Pero ¿el suyo?

La guerra no tiene rostro de mujer. Svetlana Alexiévich

El abeto que quería ser mayor


Felicitación navideña ilustrada por Walter M. Dunk en 1916

- ¡Oh, ojalá fuera un árbol grande como los otros! - suspiraba el pequeño abeto-. Entonces podría extender mis ramas alrededor de la copa y ver el ancho mundo. Los pájaros construirían nidos en mis ramas y, cuando soplara el viento, me inclinaría aristocráticamente, como los otros.

- ¡Alégrate de tu juventud! -dijeron los rayos del sol-. ¡Alégrate de tus frescos brotes, de la vida joven que hay en ti!

[...] Cuando llegó la Navidad, talaron muchos árboles jóvenes, árboles que muchas veces ni siquiera tenían el tamaño o la edad de este abeto que nunca estaba satisfecho y que estaba siempre queriendo marcharse. Aquellos árboles jóvenes, que eran los más bellos de todos, siempre conservaban sus ramas, los colocaban en unos carros y unos caballos se los llevaban del bosque.

- ¿Adónde van? -preguntó el abeto-. No son más grandes que yo, uno era incluso más pequeño, ¿por qué no les quitan las ramas? ¿Adónde los llevan?

- ¡Lo sabemos, lo sabemos! -gorjearon los gorriones-. Allá abajo en la ciudad miramos los cristales. ¡Sabemos dónde los llevan! ¡Oh, van hacia el brillo y el esplendor más grande que uno pueda imaginarse! Hemos mirado por las ventanas y hemos visto que los plantan en medio de la caliente sala y los adornan con las cosas más preciosas: manzanas doradas, pastelillos de miel, juguetes y muchos cientos de velas.

- ¿Y luego...? -preguntó el abeto, temblando en todas sus ramas-. ¿Y luego? ¿Qué pasa luego?

¿A qué llaman vivir?


Fotograma de la película Solo en casa (1990), de Chris Columbus

- [...] ¿Es que no le interesa el dinero?

- No, porque se ha convertido en meta y nos impide disfrutar del camino por donde vamos andando. Además, ni siquiera es bonito, como antes, cuando se gozaba de su tacto como el de una joya. [...] Ahora, el dinero son viles papeluchos arrugados. Yo, cuando tengo alguno, estoy deseando soltarlo.

- Todo lo que usted quiera -interrumpió el comisario-, pero hacen falta para vivir.

- Eso suele decirse, sí. Para vivir... ¿Pero a qué llaman vivir? Para mí, vivir es no tener prisa, contemplar las cosas, prestar oído a las cuitas ajenas, sentir curiosidad y compasión, no decir mentiras, compartir con los vivos un vaso de vino o un trozo de pan, acordarse con orgullo de la lección de los muertos, no permitir que nos humillen o nos engañen, no contestar que sí ni que no sin haber contado antes hasta cien como hacía el Pato Donald... Vivir es saber estar solo para aprender a estar en compañía, y vivir es explicarse y llorar... y vivir es reírse... He conocido a mucha gente a lo largo de mi vida, comisario, y, créame, en nombre de ganar dinero para vivir, se lo toman tan en serio que se olvidan de vivir. Precisamente ayer, paseando por Central Park más o menos a estas horas, me encontré con un hombre inmensamente rico que vive por allí cerca y entablamos conversación. Pues bueno, está desesperado y no sabe por qué. No le saca partido a nada ni le encuentra aliciente a la vida. Y claro, se obsesiones por tonterías. Al cabo de un rato, parecía yo la millonaria y él el mendigo.

Caperucita en Manhattan. Carmen MARTÍN GAITE

El niño mortal y rosa


Portada del libro Mortal y rosa


Pero el niño está ahí, dorado de sí mismo, vivo, mirado desde los rincones por todos los gatos de la muerte, haciendo hablar a las cosas, gozoso de la locuacidad de los objetos y las esquinas, asomado al culo de la vida, viendo el revés de todo, encontrándole al mundo púas musicales, resortes de payaso. El niño, su vida breve, el oro de su pelo, sin tiempo por detrás ni por delante, amenazado, fugaz e inverosímil como una manzana en el mar, reciente todavía de aquel parto a última hora de la tarde, cuando me miré a mí mismo en su llanto boca abajo.

La primer niñez, la época que perdemos de nuestra vida, de la que nunca sabemos nada, sólo se recupera con el hijo, con él vuelve a vivirse. Gracias al hijo podemos asistir a nuestra propia infancia, a nuestro propio nacimiento, y yo miraba aquellos ojos cerrados, aquel llanto rosáceo, y me veía a mí mismo, por fin, en el revés del tiempo. El niño, su debilísimo denuedo, su crueldad rosa, fe total en la vida, sin pasado ni futuro, presente completo, y cómo se ha ido abriendo paso a través del idioma, cómo ha ido abriendo frondas, tomando palabras, y llega ya hasta mí, venido de la manigua que nos separaba, del bosque de los nombres y las letras, y está ya de este lado, habitante del alfabeto.