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Aquí encontrarás una selección accidental de textos literarios pertenecientes a obras clásicas de la Literatura universal. Sin otro criterio que el gusto y el azar seguidos por el profesor de Lengua Rafael Bermúdez Ortiz, el alumnado tiene la oportunidad de acercarse a algunos de los títulos y autores más célebres del canon literario occidental mediante este catálogo de citas, páginas y recortes. Ojalá disfruten tanto como el autor de su lectura.

Canto del arpista


Imagen del interior de una mastaba de Saqqara, Egipto


Este buen príncipe es un hombre feliz,
un dichoso destino ha terminado ahora.
Una generación pasa,
otras permanecen,
desde el tiempo de los ancestros.
Los dioses que antes existieron descansan en sus pirámides,
nobles bendecidos también son enterrados en sus tumbas.
[Sin embargo], aquéllos que construyeron sus tumbas
y de quienes sus lugares han desaparecido,
¿qué ha sido de ellos?
He oído las palabras de Imhotep y de Horjedef,
cuyas sentencias son recitadas en todas partes,
¿qué hay de sus lugares?
Sus muros se ha desmoronado,
sus lugares han desaparecido,
como si nunca hubieran existido.
Nadie viene de allí
para hablarnos acerca de su estado,
para hablarnos acerca de sus necesidades,
para calmar nuestros corazones,
hasta que vayamos adonde ellos han ido.
Por tanto, alegra tu corazón.
El olvido te beneficiará,
sigue a tu corazón mientras vivas.
Pon mirra en tu cabeza,
vístete con lino fino,
úngete con aceites propios de un dios.
Aumenta tus alegrías,
que tu corazón no se entristezca.
Sigue tu corazón y tu felicidad.
Haz tus cosas en la tierra como manda tu corazón
hasta que llegue a ti ese día de llanto.
El de Corazón Enfadoso no oye sus lamentos.
Los lloriqueos no salvan a nadie de la tumba:
Pensad:
Pasa un día feliz,
no te aburras de ello.
Mira, a nadie se le permite llevarse sus bienes consigo.
Mira, nadie que parte regresa de nuevo.


Texto traducido y publicado por LARA PEINADO, Federico. El Egipto faraónico. Madrid, Itsmo, 1991

Los juegos son algo serio


Plano de la película documental Ser y tener (2002), de Nicholas Philibert

A mi entender, nuestros mayores vicios adquieren su carácter desde la más tierna infancia, y lo esencial de nuestra educación está en manos de las nodrizas. Para las madres, es un pasatiempo ver a un niño que retuerce el cuello a un pollito y que se divierte lastimando a un perro o a un gato. Y algún padre es tan necio que toma como un buen augurio de alma marcial ver que su hijo golpea injustamente a un campesino o a un lacayo que no se defiende, y como gentileza ver que burla a un compañero mediante alguna maliciosa deslealtad y engaño. Éstas son, sin embargo, las verdaderas semillas y raíces de la crueldad, de la tiranía, de la traición. Germinan ahí y después se alzan gallardamente y fructifican con fuerza de la mano de la costumbre. Y es una educación muy peligrosa excusar estas viles inclinaciones por la flaqueza de la edad y la ligereza del asunto. En primer lugar, es la naturaleza la que habla, cuya voz es entonces más pura y más genuina porque es más débil y más nueva. En segundo lugar, la fealdad del fraude no depende de la diferencia entre escudos y alfileres (monedas valiosas y baratijas). Depende de sí misma. Me parece mucho más justo sacar esta conclusión: “¿por qué no habría de engañar con escudos si engaña con alfileres?”, que, como suele hacerse: “sólo son alfileres, de ninguna manera lo hará con escudos”. 

Hay que poner un gran cuidado en enseñar a los niños a aborrecer los vicios por su propia contextura, y hay que enseñarles su deformidad natural, para que los eviten no sólo en la acción, sino ante todo en el corazón. Que pensar siquiera en ellos les resulte odioso, sea cual fuere la máscara que lleven. Sé muy bien, por haberme habituado de niño a seguir siempre el camino ancho y llano, y por haber sido contrario a mezclar los ardides y la astucia en los juegos infantiles -en realidad, debe señalarse que los juegos de los niños no son juegos, y hay que considerarlos en sí mismos, como sus acciones más serias-, que no hay pasatiempo tan ligero al que yo no aporte de mi interior, por propensión natural y sin esfuerzo, una extrema oposición al engaño. (…) En todo y por todas partes mis propios ojos me bastan para mantenerme a raya: no hay otros ojos que me vigilen de tan cerca, ni que yo respete más.

Michel de MONTAIGNE. Ensayos (1580)

Todo eso es una tontería


Ilustración de Miguel Navia para la edición de El fantasma de Canterville
publicada por la editorial Reino de Cordelia

De pronto, la señora Otis vio una mancha rojo mate en el suelo, junto a la chimenea, y, sin percatarse de lo que realmente significaba, le dijo a la señora Umney:

- Parece que algo se ha derramado ahí.

- Sí, señora -replicó en voz baja la vieja ama de llaves-, es sangre lo que se ha derramado en ese lugar.

- ¡Qué horror! -exclamó la señora Otis-. No me gustan en absoluto las manchas de sangre en el cuarto de estar. Hay que quitarla enseguida.

La anciana sonrió y contestó en el mismo y misterioso tono de voz.

- Se trata de la sangre de lady Eleanore de Canterville, asesinada ahí mismo por su propio marido, sir Simon de Canterville, en 1575. Sir Simon le sobrevivió nueve años y desapareció de repente en circunstancias muy misteriosas. Su cuerpo nunca fue hallado, pero su atormentado espíritu aún merodea por la mansión. La mancha de sangre ha sido muy admirada por los turistas y por otras personas, y no hay quien la quite.

- Todo eso es una tontería -exclamó Washington Otis-, el superdetergente quitamanchas "Campeón de Pinkerton" lo limpiará al instante- y, antes de que la aterrorizada ama de llaves pudiera intervenir, se había puesto de rodillas y estaba frotando vigorosamente el suelo con una barrita de lo que parecía un cosmético negro. En pocos instantes no quedaba ni rastro de la mancha.

¿Qué hay verdaderamente incondicional?


Mi habitación (1911), de Egon Schiele

Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, se encontró en su cama convertido en un monstruoso insecto. Se hallaba echado sobre el duro caparazón de su espalda y, al alzar un poco la cabeza, vio la figura convexa de su vientre oscuro, surcado por curvadas callosidades, cuya prominencia apenas si podía aguantar la colcha, que estaba visiblemente a punto de escurrirse hasta el suelo. Innumerables patas, lamentablemente escuálidas en comparación con el grosor ordinario de sus piernas, ofrecían a sus ojos el espectáculo de una agitación sin consistencia.

- ¿Qué me ha sucedido? [...] Bueno -pensó-; ¿qué pasaría si yo siguiese durmiendo un rato y me olvidase de todas las fantasías?- Mas esto era algo de todo punto irrealizable, porque Gregorio tenía la costumbre de dormir sobre el lado derecho, y su actual estado no le permitía adoptar esa postura. Aunque se empeñaba en permanecer sobre el lado derecho, forzosamente volvía a caer de espaldas. Mil veces intentó en vano esta operación; cerró los ojos para no tener que ver aquel rebullicio de las piernas, que no cesó hasta que un dolor leve y punzante al mismo tiempo, un dolor jamás sentido hasta aquel momento, empezó a aquejarle en el costado.[...]

La hora de la verdad


El triunfo de la Muerte (1562), de Pieter Brueghel el Viejo

Y esta pestilencia fue más virulenta porque prendía de los enfermos en los sanos con los que se comunicaban no de otro modo a como lo hace el fuego sobre las cosas secas o grasientas cuando se le acercan mucho. Y el mal fue aún mucho más allá porque no sólo el hablar y el tratar con los enfermos les producía a los sanos la enfermedad o les causaba el mismo tipo de muerte, sino que el tocar las ropas o cualquier otra cosa tocada o usada por los enfermos parecía transportar consigo la enfermedad al que tocaba. Lo que voy a decir es tan asombroso de oír que, si los ojos de muchos y los míos no lo hubiesen visto, apenas me atrevería a creerlo, y menos a escribirlo, aunque lo hubiese oído de alguien digno de fe. Digo que el tipo de pestilencia descrita fue de tal virulencia al contagiarse de unos a otros, que no solamente se transmitía de hombre a hombre, sino, lo que es más, y esto ocurrió muchas veces y de manera visible, si la cosa del hombre que había estado enfermo o había muerto de esta enfermedad la tocaba otro animal distinto a la especie humana, no sólo le contagiaba la enfermedad, sino que en muy poco tiempo lo mataba. 

De lo cual mis ojos, como se acaba de decir, tuvieron un día, entre otros, semejante experiencia: que estando tirados los harapos de un pobre muerto de esa enfermedad en la vía pública y al tropezarse con ellos dos cerdos y estos, según acostumbran, cogiéndolos primero con el hocico y luego con los dientes y sacudiéndoselos con el morro, poco tiempo después, tras algunas convulsiones, como si hubiesen tomado veneno, ambos cayeron muertos al suelo sobre los funestos harapos.