Pages - Menu
Bienvenidos
¿Qué hay verdaderamente incondicional?
La hora de la verdad
![]() |
El triunfo de la Muerte (1562), de Pieter Brueghel el Viejo |
Y esta pestilencia fue más virulenta porque prendía de los enfermos en los sanos con los que se comunicaban no de otro modo a como lo hace el fuego sobre las cosas secas o grasientas cuando se le acercan mucho. Y el mal fue aún mucho más allá porque no sólo el hablar y el tratar con los enfermos les producía a los sanos la enfermedad o les causaba el mismo tipo de muerte, sino que el tocar las ropas o cualquier otra cosa tocada o usada por los enfermos parecía transportar consigo la enfermedad al que tocaba. Lo que voy a decir es tan asombroso de oír que, si los ojos de muchos y los míos no lo hubiesen visto, apenas me atrevería a creerlo, y menos a escribirlo, aunque lo hubiese oído de alguien digno de fe. Digo que el tipo de pestilencia descrita fue de tal virulencia al contagiarse de unos a otros, que no solamente se transmitía de hombre a hombre, sino, lo que es más, y esto ocurrió muchas veces y de manera visible, si la cosa del hombre que había estado enfermo o había muerto de esta enfermedad la tocaba otro animal distinto a la especie humana, no sólo le contagiaba la enfermedad, sino que en muy poco tiempo lo mataba.
De lo cual mis ojos, como se acaba de decir, tuvieron un día, entre otros, semejante experiencia: que estando tirados los harapos de un pobre muerto de esa enfermedad en la vía pública y al tropezarse con ellos dos cerdos y estos, según acostumbran, cogiéndolos primero con el hocico y luego con los dientes y sacudiéndoselos con el morro, poco tiempo después, tras algunas convulsiones, como si hubiesen tomado veneno, ambos cayeron muertos al suelo sobre los funestos harapos.
De repente, para siempre
![]() |
Plano de la película Marie Antoniette (2006), de Sofía Coppola |
Hasta mediodía, la corte de Versalles nada sospecha del peligro de mil cabezas que marcha sobre ella. Como todos los días, el rey ha hecho ensillar su caballo de caza y ha salido a los bosques de Meudon; la reina, a su vez, se ha ido por la mañana temprano, a pie, a Trianón. ¿Qué va a hacer en Versalles, ese gigantesco palacio del que hace mucho han huido la corte y sus mejores amigos y adonde, al lado mismo, en la Asamblea Nacional, los factieux presentan todos los días nuevas y odiosas propuestas en su contra? Oh, está cansada de todas esas amarguras, ese luchar en el vacío, cansada del género humano, cansada incluso de ser reina. ¡Tan solo descansar, sentarse tranquila por unas horas, sin gente, muy lejos de toda la política, en el parque otoñal a cuyas hojas el sol de octubre da un tono cobrizo! Tan sólo coger las últimas flores de los macizos antes de que llegue el invierno, terrible, y quizá además dar de comer a las gallinas y a los peces chinos del pequeño estanque. Y luego descansar, descansar al fin de todas esas emociones y trastornos; no hacer nada, no querer nada más que sentarse con las manos relajadas en la gruta, vestida con un sencillo traje de mañana, con un libro abierto sobre el banco, sin leerlo, sentir el gran cansancio de la naturaleza y el otoño en su propio corazón.
Así pues la reina está sentada en la gruta, en un banco de piedra -hace mucho que ha olvidado que antaño se la llamó la "gruta del amor"-, cuando ve venir por el camino a una paje con una carta en la mano. Se levanta y avanza a su encuentro. La carta es del ministro Saint-Priest y anuncia que el populacho marcha hacia Versalles, la reina debe regresar inmediatamente a palacio. Rápidamente coge su sombrero y corre, con un paso que sigue siendo joven y ligero, probablemente tan aprisa que ya no vuelve la vista hacia el pequeño y querido palacio, y el paisaje artificial creado construido con tanto esfuerzo juguetón. ¡Cómo puede sospechar que ha visto por última vez en su vida esas suaves praderas, esas delicadas colinas con el templo del amor y el estanque artificial, su Hameau, su Trianón, que ésta ha sido la despedida para siempre!
El mejor recuerdo, el olvido
![]() |
Imagen de un joven Marcel Proust en la playa |
Porque los recuerdos de amor no son una excepción de las leyes generales de la memoria, leyes dominadas por las generales de la costumbre. Y como la costumbre lo debilita todo, precisamente lo que mejor nos recuerda a un ser es lo que teníamos olvidado (justamente porque era cosa insignificante y no le quitamos ninguna fuerza). Porque la mejor parte de nuestra memoria está fuera de nosotros, en una brisa húmeda de lluvia, en el olor a cerrado de un cuarto o en el perfume de una primera llamarada: allí dondequiera que encontremos esa parte de nosotros mismos de que no dispuso, que desdeñó nuestra inteligencia, esa postrera reserva del pasado, la mejor, la que nos hace llorar una vez más cuando parecía agotado todo el llanto. ¿Fuera de nosotros? No, en nosotros, por mejor decir; pero oculta a nuestras propias miradas, sumida en un olvido más o menos hondo. Y gracias a ese olvido podemos de vez en cuando encontrarnos con el ser que fuimos y situarnos frente a las cosas lo mismo que él; sufrir de nuevo porque ya no somos nosotros, sino él, y él amaba eso que ahora no es indiferente. En la plena luz de la memoria habitual las imágenes de lo pasado van palideciendo poco a poco, se borran, no dejan rastro, ya no las podremos encontrar.
Marcel PROUST. A la sombra de las muchachas en flor. Alianza Editorial
Decir NO
![]() |
Ilustración de Stéphane Poulin para Bartleby el Escribiente, de la editorial Anaya |
Al principio, Bartleby realizó una extraordinaria cantidad de escritos. Como si llevara tiempo con hambre de copiar, pareció darse un hartazgo de mis documentos. No había pausa para la digestión. Copiaba día y noche, a la luz del sol y de las velas. Su aplicación me hubiera satisfecho del todo de haber sido él no sólo industrioso, sino además alegre. Pero escribía y escribía, callada, pálida, mecánicamente. [...]
De vez en cuando, si apremiaba el trabajo, yo mismo ayudaba a comparar algún breve documento, y llamaba a Turkey o a Nippers para ese propósito. Uno de mis objetivos al colocar a Bartleby tan a mano, tras el biombo, era valerme de sus servicios en aquellas ocasiones triviales. Era el tercer día, creo, que estaba conmigo, y antes que hubiera necesidad de examinar su propio escrito, viéndome más apurado en concluir un asuntillo que tenía pendiente, llamé a Bartleby de súbito. En la premura y la natural expectativa de una obediencia inmediata, me quedé con la cabeza inclinada sobre el original, que estaba en mi escritorio, y mi mano derecha a un lado, extendida algo nerviosamente con la copia, para que después de emerger de su retiro al punto, Bartleby pudiera cogerla y proceder al trabajo sin la menor dilación.
En tal actitud me quedé al llamarlo, y declaré aprisa lo que deseaba que hiciera: concretamente, examinar un pequeño papel conmigo. Imaginen mi asombro -no, mi consternación-, cuando, sin moverse de su cubículo, Bartleby, con voz singularmente apacible y firme, replicó:
- Preferiría no hacerlo.




