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Boda en Normandía. |
El cortejo, compacto al iniciarse, como una cinta de color que iba serpenteando por el campo a lo largo del estrecho y sinuoso sendero entre los verdes trigales, pronto se fue estirando y se escindió en grupos diferentes que se iban quedando rezagados para charlar. En cabeza iba el músico tocando su violín con penachos de cimas rematadas por borlas; detrás iban los novios y los padres, los amigos campando por sus respetos, y a la zaga de rodas, los niños, que se entretenían arrancando campanillas de los sembrados o enzarzándose en peleas sin ser vistos. El vestido de Emma le estaba demasiado largo y le arrastraba un poco; de vez en cuando ella se paraba para recogérselo y aprovechaba para desprenderle delicadamente con sus manos enguantadas los hierbajos espinosos y los cardos que se le habían pegado, mientras Charles, con las manos colgando, esperaba a que ella terminara su labor. El padre de Emma, con sombrero nuevo de seda y las bocamangas de su traje negro tapándole las manos hasta las uñas, daba el brazo a madame Bovary madre. Por lo que respecta a monsieur Bovary padre, como en el fondo despreciaba a toda aquella gente, había venido a la boda vestido con una simple levita de corte militar y de una sola fila de botones y se dedicaba a piropear en plan tabernario a una joven campesina rubia. Ella se inclinaba, se ponía colorada, no sabía qué contestar. Los demás hablaban de sus asuntos o se hacían burlas por la espalda, preparándose de antemano para la animación. Y, si se prestaba oído, no dejaba de escucharse el «chinchín» del rascatripas que seguía tocando según caminaba a campo traviesa. A veces caía en la cuenta de que los invitados se le habían quedado atrás y entonces se paraba para reponer fuerzas, enceraba meticulosamente el arco con resma para que las cuerdas le chirriasen y reemprendía la marcha, subiendo y bajando alternativamente el mango del violín para irse marcando el compás. El ruido del instrumento espantaba desde lejos a los pajaritos.
