-A Ignatius
le encantan los buñuelos. Me dice «Mamá, me encantan los buñuelos» -la señora
Reilly sorbió un poco en el borde e la taza. Y añadió-: Está ahí en la sala
viendo la tele. Todas las tardes, no falla, ve ese programa en que bailan los
niños.
La música
se oía algo menos en la cocina. El patrullero Mancuso se imaginó la gorra verde
de cazador bañada por el brillo blanquiazul de la pantalla de televisión.
-No le
gusta nada el programa, pero no se lo pierde nunca. Tendría que oír usted lo
que dice de esos pobres chicos.
-Hablé esta
mañana con ese hombre -dijo el patrullero Mancuso, esperando que la señora
Reilly hubiera agotado el tema de su hijo.
-¿Sí? -echó
tres cucharadas de azúcar en su café y, sujetando la cuchara en su café en la
taza con el pulgar de modo que el mango amenazaba con atravesarle el ojo,
sorbió un poco más-. ¿Qué dijo, querido?
-Le
expliqué que había investigado el
accidente y que usted patinó en la calle, que estaba mojada.
-Eso suena
bien. ¿Y qué dijo él?
-Dijo que no
quería recurrir al juzgado. Que prefería llegar a un acuerdo.
-¡Oh, Dios
santo! -aulló Ignatius desde la parte delantera de la casa-. ¡Qué ofensa atroz
al buen gusto!
