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Aquí encontrarás una selección accidental de textos literarios pertenecientes a obras clásicas de la Literatura universal. Sin otro criterio que el gusto y el azar seguidos por el profesor de Lengua Rafael Bermúdez Ortiz, el alumnado tiene la oportunidad de acercarse a algunos de los títulos y autores más célebres del canon literario occidental mediante este catálogo de citas, páginas y recortes. Ojalá disfruten tanto como el autor de su lectura.
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Moon River


Escena de Desayuno con diamantes (1961, Blake Edwards), la versión cinematográfica del libro 
de Truman Capote y que estuvo protagonizada por la actriz Audrey Hepburn.
La banda sonora correspondió al músico Henry Mancini.

Pero si Miss Golightly no llegó a enterarse de mi existencia, excepto en mi calidad de práctico portero, a lo largo del aquel verano yo acabé convirtiéndome en todo una autoridad sobre la suya. Descubrí, observando la papelera que dejaba junto a su puerta, que sus lecturas normales eran la prensa popular, los folletos de viajes y las cartas astrales; que fumaba unos pitillos esotéricos de la marca Picayune; que sobrevivía base de requesón y tostaditas; que su cabello multicolor no era obra de la naturaleza. La misma fuente de información me permitió saber que recibía montones de cartas del frente. siempre estaban rotas a tiras alargadas, como registros. A veces me llevaba uno de esos registros para utilizarlos en mis lecturas. Recuerdo y te echo de menos y llueve y escribe, por favor, y maldita y condenada eran las palabras que más a menudo se repetían en esas tiras de papel; éstas, y soledad y re quiero.

¿Cómo sobrevivir a un hijo?


Inicio de la película El turista accidental (1988), de Lawrence Kasdan

-¡Macon! ¿Qué haces aquí? Él le entregó la carta.
Ella la cogió y la abrió con ambas manos [...]. Leyó y luego levantó la vista hacia él.
Macon vio que lo había hecho todo mal.
-El año pasado -dijo- perdí... sufrí una .. pérdida, sí, perdí a mi...
Ella continuó mirándolo a la cara.

-Perdí a mi hijo -concluyó Macon-. Estaba... fue a una hamburguesería y entonces... llegó un atracador y le disparó. ¡No puedo ir a cenar con gente! ¡No puedo dar conversación a sus niños! No insistas. No quiero ser brusco contigo, pero es que no me siento con fuerzas, ¿entiendes?

El calor de Tiffany's


Fotograma de la versión cinematográfica de Desayuno con diamantes -en Tiffany's para la gran pantalla-,
dirigida por Blake Edwards en 1963.


[...] Oye, ¿sabes esos días en los que te viene la malea?
- ¿Algo así como cuando sientes morriña?
- No -dijo lentamente-. No, la morriña te viene porque has engordado o porque llueve muchos días seguidos. Te quedas triste, pero nada más. Pero la malea es horrible. Te entra miedo y te pones a sudar horrores, pero no sabes de qué tienes miedo. Sólo que va a pasar alguna cosa mala, pero no sabes cuál. ¿Has tenido esa sensación?
- Muy a menudo. Hay quienes lo llaman angst.
- De acuerdo. Angst. Pero ¿cómo le pones remedio?
- No sé, a veces ayuda una copa.
- Ya lo he probado. También he probado con aspirinas. Rusty opina que tendría que fumar marihuana, y lo hice, una temporada, pero sólo me entra la risa tonta. He comprobado que lo que mejor me sienta es tomar un taxi e ir a Tiffany's. Me calma de golpe, ese silencio, esa atmósfera tan arrogante; en un sitio así no podría ocurrirte nada malo, sería imposible, en medio de todos esos hombres con los trajes tan elegantes, y ese encantador aroma a plata y a billetero de cocodrilo. Si encontrase un lugar de la vida real en donde me sintiera como me siento en Tiffany's, me compraría unos cuantos muebles y le pondría nombre al gato.


Pág. 39. Desayuno en Tiffany's (1958). Truman Capote. Anagrama



Escena inicial de Desayuno con diamantes (1961, Blake Edwards), versión cinematográfica del libro de Truman Capote. La banda sonora corrió a cargo de Henry Mancini.

Porque sueño, yo no estoy loco


Escena final de Léolo (1992), película canadiense dirigida por Jean-Claude Lauzon. El fragmento está en francés -versión original-, pero el texto más interesante que recita el narrador aparece aquí traducido para facilitar la tarea del lector. Atentos a la musicalidad y gravedad de la voz original.


Porque sueño yo no estoy loco
Porque sueño, yo no lo estoy. 
Porque sueño, sueño. 
Porque me abandono por las noches a mis sueños,
antes de que me deje el día. 
Porque no amo. 
Porque me asusta amar, ya no sueño. 
Ya no sueño.

A ti, la dama. La audaz melancolía, que con grito solitario hiendes mis carnes ofreciéndolas al tedio. Tú que atormentas mis noches, cuando no sé qué camino de mi vida tomar. Te he pagado cien veces mi deuda. De las brasas del ensueño, sólo me quedan las cenizas de una sombra de la mentira que tú misma me habías obligado a oír, y la blanca plenitud no era como el viejo interludio. Y sí una morena de finos tobillos que me clavó la pena de un pecho punzante en el que creí. Y que no me dejó más que el remordimiento de haber visto nacer la luz sobre mi soledad.

...E iré a descansar, con la cabeza entre dos palabras, en el valle de los avasallados.


Léolo (1992). Jean-Claude Lauzon

Conversación con el retrato del ser amado


¿En qué mundo vivo? Y se le ocurrió la extravagante idea de que él, quizá, no vivía, sino que era como si ya estuviese muerto. Desde que había muerto su mujer, él vivía como si estuviese muerto. O, más bien, no hacía nada más que pensar en la muerte, en la resurrección de la carne, en la que no creía, y en tonterías de esa clase, la suya era sólo un supervivencia, una ficción de vida. Y se sintió exhausto, sostiene Pereira. Consiguió arrastrarse hasta la parada más cercana del tranvía y cogió uno que le llevó hasta Terreiro do Paço. Y mientras tanto, por la ventanilla, veía desfilar lentamente su Lisboa, miraba la Avenida da Liberdade, con sus hermosos edificios, y después la Praça do Rossio, de estilo inglés; y en Terreiro do Paço se bajó y tomó el tranvía que subía hasta el castillo. Bajó a la altura de la catedral, porque el vivía allí cerca, en Rua da Saudade. Subió fatigosamente la rampa de la calle que le conducía hasta su casa. Llamó a la portera porque no tenía ganas de buscar las llaves del portal y la portera, que le hacía también de asistenta, fue a abrirle. Señor Pereira, dijo la portera, le he preparado una chuleta frita para cenar. Pereira le dio las gracias y subió lentamente la escalera, cogió la llave de casa de debajo del felpudo, donde la guardaba siempre, y entró. En el recibidor se detuvo delante de la estantería, donde estaba el retrato de su esposa. Aquella fotografía se la había hecho él, en mil novecientos veintisiete, había sido durante un viaje a Madrid y al fondo se veía el perfil macizo de El Escorial. Perdona si llego con un poco de retraso, dijo Pereira.