Bienvenidos

Aquí encontrarás una selección accidental de textos literarios pertenecientes a obras clásicas de la Literatura universal. Sin otro criterio que el gusto y el azar seguidos por el profesor de Lengua Rafael Bermúdez Ortiz, el alumnado tiene la oportunidad de acercarse a algunos de los títulos y autores más célebres del canon literario occidental mediante este catálogo de citas, páginas y recortes. Ojalá disfruten tanto como el autor de su lectura.
Mostrando entradas con la etiqueta Vejez. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Vejez. Mostrar todas las entradas

El paisaje como metáfora de la vida

Una hora más tarde, había salido ya de Saint-Pol y se dirigía a Tinques, que sólo dista cinco leguas de Arras.
¿Qué hacía durante este trayecto? ¿En qué pensaba? Lo mismo que por la mañana, miraba cómo pasaban los árboles, los tejados de las cabañas, los campos cultivados, la perspectiva del paisaje, que variaba a cada recodo del camino. Ésta es una contemplación que a veces satisface al alma, y que la dispensa casi de pensar. Ver mil objetos, por primera y última vez, ¿qué hay más melancólico y más profundo? Viajar es nacer y morir a cada instante. Quizás, en la región más vaga de su espíritu, comparaba aquellos horizontes variables con la existencia del hombre. Todas las cosas de la vida huyen perpetuamente delante de nosotros; se mezclan la claridad y las sombras: después de una viva luz, viene un eclipse; el hombre mira, corre, tiende la mano para coger lo que pasa; cada incidente es un recodo del camino; y, de repente, llega la vejez. Se siente como una sacudida, todo es negro; se distingue una puerta oscura, el sombrío caballo de la vida que nos arrastra se detiene súbitamente, y se ve a un ser, velado y desconocido, que lo desengancha en las tinieblas".

Págs. 238 y 239. Los miserables (1862). Víctor Hugo. El Mundo. 

La temporada de las tartas


(Fue) la última Navidad que pasamos juntos.

La vida nos separa. Los Enterados deciden que mi lugar está en un colegio militar. Y a partir de ahí se sucede una desdichada serie de cárceles a toque de corneta, de sombríos campamentos de verano a toque de diana. Tengo además otra casa. Pero no cuenta. Mi casa está allí donde se encuentra mi amiga, y jamás la visito.

Y ella sigue allí, rondando por la cocina. Con Queenie como única compañía. Luego sola. («Querido Buddy -me escribe con su letra salvaje, difícil de leer-, el caballo de Jim Macy le dio ayer una horrible coz a Queenie. Demos gracias de que ella no llegó a enterarse del dolor. La envolví en una sábana de hilo, y la llevé en el carricoche al prado de Simpson, para que esté rodeada de sus Huesos...») Durante algunos noviembres sigue preparando sus tartas de frutas sin nadie que la ayude; no tantas como antes, pero unas cuantas: y, por supuesto, siempre me envía «la mejor de todas». Además, me pone en cada carta una moneda de diez centavos acolchada con papel higiénico: «Vete a ver una película y cuéntame la historia» Poco a poco, sin embargo, en sus cartas tiende a confundirme con su otro amigo, el Buddy que murió en los años ochenta del siglo pasado; poco a poco, los días trece van dejando de ser los únicos días en que no se levanta de la cama: llega una mañana de noviembre, una mañana sin hojas ni pájaros que anuncia el invierno, y esa mañana ya no tiene fuerzas para darse ánimos exclamando: