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Aquí encontrarás una selección accidental de textos literarios pertenecientes a obras clásicas de la Literatura universal. Sin otro criterio que el gusto y el azar seguidos por el profesor de Lengua Rafael Bermúdez Ortiz, el alumnado tiene la oportunidad de acercarse a algunos de los títulos y autores más célebres del canon literario occidental mediante este catálogo de citas, páginas y recortes. Ojalá disfruten tanto como el autor de su lectura.
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Todo eso es una tontería


Ilustración de Miguel Navia para la edición de El fantasma de Canterville
publicada por la editorial Reino de Cordelia

De pronto, la señora Otis vio una mancha rojo mate en el suelo, junto a la chimenea, y, sin percatarse de lo que realmente significaba, le dijo a la señora Umney:

- Parece que algo se ha derramado ahí.

- Sí, señora -replicó en voz baja la vieja ama de llaves-, es sangre lo que se ha derramado en ese lugar.

- ¡Qué horror! -exclamó la señora Otis-. No me gustan en absoluto las manchas de sangre en el cuarto de estar. Hay que quitarla enseguida.

La anciana sonrió y contestó en el mismo y misterioso tono de voz.

- Se trata de la sangre de lady Eleanore de Canterville, asesinada ahí mismo por su propio marido, sir Simon de Canterville, en 1575. Sir Simon le sobrevivió nueve años y desapareció de repente en circunstancias muy misteriosas. Su cuerpo nunca fue hallado, pero su atormentado espíritu aún merodea por la mansión. La mancha de sangre ha sido muy admirada por los turistas y por otras personas, y no hay quien la quite.

- Todo eso es una tontería -exclamó Washington Otis-, el superdetergente quitamanchas "Campeón de Pinkerton" lo limpiará al instante- y, antes de que la aterrorizada ama de llaves pudiera intervenir, se había puesto de rodillas y estaba frotando vigorosamente el suelo con una barrita de lo que parecía un cosmético negro. En pocos instantes no quedaba ni rastro de la mancha.

La irrupción del consumismo


Imagen de un supermercado norteamericano en los años 70

La llegada cada vez más rápida de los objetos hacía retroceder el pasado. La gente ya no se preguntaba sobre su utilidad, simplemente quería poseerlos y sufrían por no ganar el suficiente dinero para poder conseguirlos inmediatamente. Se acostumbraban a rellenar cheques, descubrían las ‘facilidades de pago’, el crédito Sofinco. Se sentían a gusto con la novedad, orgullosos de servirse de una aspiradora y de un secador de pelo eléctrico. La curiosidad podía más que la desconfianza. Se descubrían los platos crudos y los flambeados, el ‘steak tartare’, la carne a la pimienta, las especias y el kétchup, el pescado empanado y el puré en copos, los guisantes congelados, los palmitos en lata, el ‘aftershave’, el Obao en la bañera y el Canigou para perros. 

Las cooperativas iban dejando paso a los supermercados donde a los clientes les encantaba tocar la mercancía antes de comprarla. Nos sentíamos libres, no pedíamos nada a nadie. Cada tarde, las galerías Barbès acogían a los compradores con un ‘bufé rústico’ gratuito. Las jóvenes parejas de las clases medias compraban la distinción con una cafetera Hellem, con el Eau Sauvage de Dior, una radio con FM, una cadena hi-fi, estores venecianos y tela de saco para tapizar las paredes, un salón en madera de teca, un colchón Dunlopillo, un chifonier o un secreter, muebles cuyos nombres conocían sólo por las novelas. Visitaban los anticuarios, invitaban con salmón ahumado, aguacates con gambas, ‘fondue bourguignonne’, leían Playboy y Lui, Barbarella, Le Nouvel Observateur, Teilhard de Chardin, la revista Planète, soñaban leyendo los anuncios por palabras de pisos de ‘alto standing’, con vestidor, en ‘complejos residenciales’ (solo el nombre ya era un lujo), cogían el avión por primera vez ocultando su angustia y se emocionaban al ver unos cuadraditos verdes y dorados allá abajo, se ponían nerviosos porque aún no les habían puesto el teléfono que pidieron hace un año. Los demás no veían la utilidad de tenerlo y seguían yendo a Correos, donde el empleado de la ventanilla les marcaba el número y los mandaba a una cabina.