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Aquí encontrarás una selección accidental de textos literarios pertenecientes a obras clásicas de la Literatura universal. Sin otro criterio que el gusto y el azar seguidos por el profesor de Lengua Rafael Bermúdez Ortiz, el alumnado tiene la oportunidad de acercarse a algunos de los títulos y autores más célebres del canon literario occidental mediante este catálogo de citas, páginas y recortes. Ojalá disfruten tanto como el autor de su lectura.
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La hora de la verdad


El triunfo de la Muerte (1562), de Pieter Brueghel el Viejo

Y esta pestilencia fue más virulenta porque prendía de los enfermos en los sanos con los que se comunicaban no de otro modo a como lo hace el fuego sobre las cosas secas o grasientas cuando se le acercan mucho. Y el mal fue aún mucho más allá porque no sólo el hablar y el tratar con los enfermos les producía a los sanos la enfermedad o les causaba el mismo tipo de muerte, sino que el tocar las ropas o cualquier otra cosa tocada o usada por los enfermos parecía transportar consigo la enfermedad al que tocaba. Lo que voy a decir es tan asombroso de oír que, si los ojos de muchos y los míos no lo hubiesen visto, apenas me atrevería a creerlo, y menos a escribirlo, aunque lo hubiese oído de alguien digno de fe. Digo que el tipo de pestilencia descrita fue de tal virulencia al contagiarse de unos a otros, que no solamente se transmitía de hombre a hombre, sino, lo que es más, y esto ocurrió muchas veces y de manera visible, si la cosa del hombre que había estado enfermo o había muerto de esta enfermedad la tocaba otro animal distinto a la especie humana, no sólo le contagiaba la enfermedad, sino que en muy poco tiempo lo mataba. 

De lo cual mis ojos, como se acaba de decir, tuvieron un día, entre otros, semejante experiencia: que estando tirados los harapos de un pobre muerto de esa enfermedad en la vía pública y al tropezarse con ellos dos cerdos y estos, según acostumbran, cogiéndolos primero con el hocico y luego con los dientes y sacudiéndoselos con el morro, poco tiempo después, tras algunas convulsiones, como si hubiesen tomado veneno, ambos cayeron muertos al suelo sobre los funestos harapos.

Una sociedad líquida


Times Square, Nueva York

La sociedad "moderna líquida" es aquella en que las condiciones de actuación de sus miembros cambian antes de que las formas de actuar se consoliden en unos hábitos y en unas rutinas determinadas. La liquidez de la vida y la de la sociedad se alimentan y se refuerzan mutuamente. La vida líquida, como la sociedad moderna líquida, no puede mantener su forma ni su rumbo durante mucho tiempo.

En una sociedad moderna líquida, los logros individuales no pueden solidificarse en bienes duraderos porque los activos se convierten en pasivos y las capacidades en discapacidades en un abrir y cerrar de ojos. Las condiciones de la acción y las estrategias diseñadas para responder a ellas envejecen con rapidez y son ya obsoletas antes de que los agentes tengan siquiera opción de conocerlas adecuadamente. De ahí que haya dejado de ser aconsejable aprender de la experiencia para confiarse a estrategias y movimientos tácticos que fueron empleados con éxito en el pasado: las pruebas anteriores resultan inútiles para dar cuenta de lo vertiginosos e inútiles (en su mayor parte, y puede incluso que impredecibles) cambios de circunstancias. [...]

¿Qué pensaría un extraterrestre de nuestras urgencias?


William Hurt y Geena Davis protagonizaron la versión cinematográfica de El turista accidental (1988).

- Cuando te paras a pensarlo es gracioso -dijo ella-. Todo el tiempo que Alexander estuvo en la clínica parecía horrible, parecía que no iba a terminar nunca, pero ahora, cuando lo recuerdo, casi lo echo de menos. Tenía algo de acogedor, ahora lo veo. Pienso en las enfermeras cotilleando en la sala de enfermeras y en las hileras de camas con niños pequeños durmiendo. Era invierno y a veces me ponía a mirar por una ventana y me alegraba de estar segura y caliente. Veía la entrada de urgencias, un poco más abajo, y miraba llegar las ambulancias. ¿Te has preguntado alguna vez qué pensaría un marciano si aterrizase cerca de una sala de urgencias? Vería llegar una ambulancia a toda velocidad y que todo el mundo sale corriendo a recibirla, abren frenéticamente las puertas, agarran entre todos la camilla y se la llevan dentro a toda prisa. «Vaya -diría-, qué planeta tan solícito, qué criaturas tan amables y bondadosas.» No se maginaría que no siempre somos así; que tenemos que, bueno, dejar de lado nuestra forma de ser habitual para hacerlo. «Qué raza de seres tan bondadosos», diría un marciano. ¿No estás de acuerdo?


Págs. 234-235. El turista accidental (1985). Anne Tyler. Punto de Lectura.

Carta de despedida desde el gueto



Imagen del gueto de Varsovia (Polonia).

Ania se despide de su hijo Vitia desde un gueto ucraniano durante la Segunda Guerra Mundial.

Vitia, estoy segura de que mi carta te llegará, a pesar de que estoy detrás de la línea del frente y detrás de las alambradas del gueto judío. Yo no recibiré tu respuesta, puesto que ya no estaré en este mundo. Quiero que sepas lo que han sido mis últimos días; con este pensamiento me será más fácil dejar esta vida.

Es difícil, Vitia, comprender realmente a los hombres... Los alemanes irrumpieron en la ciudad el 7 de julio. En el parque la radio transmitía las noticias de última hora. Salía de la policlínica, después de las consultas, y me detuve a escuchar a la locutora, que leía en ucraniano un boletín sobre los últimos combates. Oí un tiroteo a lo lejos. Luego algunas personas cruzaron corriendo el parque. Seguí mi camino a casa, sin dejar de sorprenderme por no haber oído la señal de alarma aérea. De repente vi un tanque y alguien gritó: «¡Los alemanes están aquí!».

«No siembre el pánico», le advertí. La víspera había ido a ver al secretario del sóviet de la ciudad y le había planteado la cuestión de la evacuación; él montó en cólera: «Todavía es pronto para hablar de eso; no hemos comenzado siquiera a redactar las listas». En unas pocas palabras, los alemanes habían llegado. Aquella noche los vecinos se la pasaron yendo de una habitación a otra; los únicos en mantener la calma éramos los niños y yo. Había tomado una decisión: que me suceda lo que haya de suceder a los demás. Al principio tuve un miedo espantoso; comprendí que no te volvería a ver, y me entraron unas ganas locas de volver a verte, de besarte la frente, los ojos una vez más. Entonces me di cuenta de la suerte que tenía de que estuvieras a salvo.