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Aquí encontrarás una selección accidental de textos literarios pertenecientes a obras clásicas de la Literatura universal. Sin otro criterio que el gusto y el azar seguidos por el profesor de Lengua Rafael Bermúdez Ortiz, el alumnado tiene la oportunidad de acercarse a algunos de los títulos y autores más célebres del canon literario occidental mediante este catálogo de citas, páginas y recortes. Ojalá disfruten tanto como el autor de su lectura.
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Iniciación a la vida de Charles Bovary

En las hermosas noches de verano, cuando las calles tibias se vacían de transeúntes y los criados salen a jugar al volante a la puerta de las casas, abría la ventana y se asomaba, apoyado de codos sobre el alféizar. El río, que hace de ese barrio de Rouen una especie de vil Venecia en miniatura, discurría allí abajo, amarillo, violeta, azul, entre puentes y pretiles. Unos obreros, en cuclillas, se lavaban los brazos en sus márgenes. En unas pértigas que sobresalían en lo alto de las buhardillas se veían madejas de algodón tendidas a secar. Y enfrente, al otro lado de los tejados, se extendía el cielo puro con el sol encarnado ocultándose. ¡Qué bien se debía de estar allá! ¡Qué sensación de frescura en los bosques de hayas! Y ensanchaba las aletas de la nariz como para aspirar aquel buen olor del campo que no llegaba hasta allí.

Amor y lujo


Interior de la Ópera Garnier de París, inaugurada en 1875, dos décadas después de la edición de Madame Bovary.

París, más inmenso que el mismo océano, espejeaba así a los ojos de Enma sumido en una atmósfera rojiza. La abundancia de vida que bullía en aquel tumulto estaba, sin embargo, dividida en parcelas y clasificada en escenas distintas. Emma no veía más que dos o tres de aquellos cuadros, que le ocultaban todos los demás y que para ella significaban por sí solos una representación de la humanidad entera. El mundo de los embajadores discurría sobre pavimentos lustrosos, en estancias tapizadas de espejos y alrededor de mesas ovaladas con tapetes de terciopelo orlado de oro. Se podían encontrar allí vestidos de cola, enormes misterios, angustias disfrazadas de sonrisa. Luego estaba la sociedad de los duques: allí la gente estaba pálida, se levantaba a las cuatro, las mujeres -¡pobrecitas!- llevaban enaguas rematadas por blonda inglesa y los hombres, con una capacidad insospechada y en apariencia fútil, reventaban sus caballos en excursiones de placer, se iban a veranear a Baden Baden y frisando los cuarenta acababan casándose con ricas herederas. En los reservados de los restaurantes donde se acostumbra a cenar pasada la medianoche, una muchedumbre abigarrada de actrices y de gente de letras se reía a la luz de los candelabros. Ellos, los escritores, eran pródigos como reyes y estaban llenos de ideales ambiciosos y de fantásticos delirios. Era una existencia por encima de lo corriente, entre el cielo y la tierra, metida en las tormentas, algo sublime. En cuanto al resto de la gente, andaba perdida, sin haber encontrado un lugar preciso, como si no existiera.