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Aquí encontrarás una selección accidental de textos literarios pertenecientes a obras clásicas de la Literatura universal. Sin otro criterio que el gusto y el azar seguidos por el profesor de Lengua Rafael Bermúdez Ortiz, el alumnado tiene la oportunidad de acercarse a algunos de los títulos y autores más célebres del canon literario occidental mediante este catálogo de citas, páginas y recortes. Ojalá disfruten tanto como el autor de su lectura.
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Una mentira pública y una verdad privada


El general Antonio Imbert, a la derecha, uno de los supervivientes del atentado que terminó con la vida del dictador Rafael Leónidas Trujillo en 1961, en la República Dominicana

Había sido ese malestar de tantos años, pensar una cosa y hacer a diario algo que la contradecía, lo que lo llevó, siempre en el secreto de su mente, a sentenciar a muerte a Trujillo, a convencerse de que, mientras viviera, él y muchísimos dominicanos estarían condenados a esa horrible desazón y desagrado de sí mismos, a mentirse a cada instante y engañar a todos, a ser dos en uno, una mentira pública y una verdad privada prohibida de expresarse.

Esta decisión le hizo bien; le levantó la moral. Su vida dejó de ser ese bochorno, esa duplicación, cuando pudo compartir con alguien sus verdaderos sentimientos. La amistad con Salvador Estrella Sadhalá resultó como enviada del cielo. Ante el Turco podía explayarse a sus anchas contra todo lo que lo rodeaba; con su integridad moral y la honestidad con que procuraba ajustar su conducta a la religión que profesaba con una entrega que Tony no había visto en nadie, se convirtió en su modelo, además de su mejor amigo.

¿Hay deleite sin compañía?


Portada de la edición de La Celestina publicada en 150 (ca.)


PARMENO.- Mucho segura es la mansa pobreza.

CELESTINA.-Mas di, como Marón (Publio Virgilio Marón), que la fortuna ayuda a los osados. Y demás de esto, ¿quién es que tenga bienes en la república que escoja vivir sin amigos? Pues, loado Dios, bienes tienes. ¿Y no sabes que has menester amigos para los conservar? Y no pienses que tu privanza con este señor te hace seguro; que cuanto mayor es la fortuna, tanto es menos segura. Y por tanto, en los infortunios el remedio es a (está en) los amigos. ¿Y a dónde puedes ganar mejor este deudo que donde las tres maneras de amistad concurren, conviene a saber: por bien y provecho y deleite? Por bien, mira la voluntad de Sempronio conforme a la tuya, y la gran similitud que tú y él en la virtud tenéis. Por provecho, en la mano está, si sois concordes. Por deleite, semejable es, como seáis en edad dispuestos para todo linaje de placer, en que más los mozos que los viejos se juntan: así como para jugar, para vestir, para burlar, para comer y beber, para negociar amores, juntos de compañía. ¡Oh, si quisieses, Pármeno, qué vida gozaríamos! Sempronio ama a Elicia, prima de Areúsa.

La temporada de las tartas


(Fue) la última Navidad que pasamos juntos.

La vida nos separa. Los Enterados deciden que mi lugar está en un colegio militar. Y a partir de ahí se sucede una desdichada serie de cárceles a toque de corneta, de sombríos campamentos de verano a toque de diana. Tengo además otra casa. Pero no cuenta. Mi casa está allí donde se encuentra mi amiga, y jamás la visito.

Y ella sigue allí, rondando por la cocina. Con Queenie como única compañía. Luego sola. («Querido Buddy -me escribe con su letra salvaje, difícil de leer-, el caballo de Jim Macy le dio ayer una horrible coz a Queenie. Demos gracias de que ella no llegó a enterarse del dolor. La envolví en una sábana de hilo, y la llevé en el carricoche al prado de Simpson, para que esté rodeada de sus Huesos...») Durante algunos noviembres sigue preparando sus tartas de frutas sin nadie que la ayude; no tantas como antes, pero unas cuantas: y, por supuesto, siempre me envía «la mejor de todas». Además, me pone en cada carta una moneda de diez centavos acolchada con papel higiénico: «Vete a ver una película y cuéntame la historia» Poco a poco, sin embargo, en sus cartas tiende a confundirme con su otro amigo, el Buddy que murió en los años ochenta del siglo pasado; poco a poco, los días trece van dejando de ser los únicos días en que no se levanta de la cama: llega una mañana de noviembre, una mañana sin hojas ni pájaros que anuncia el invierno, y esa mañana ya no tiene fuerzas para darse ánimos exclamando:

Amigos desconocidos

¿Para quiénes son [1]?

Para nuestros amigos. No necesariamente amigos de la vecindad: de hecho, la mayor parte las hemos hecho para personas con las que quizá sólo hemos hablado una vez, o ninguna. Gente de la que nos hemos encaprichado. Como el presidente Roosevelt. Como el reverendo J. C. Lucey y señora, misioneros baptistas en Borneo, que el pasado invierno dieron una conferencia en el pueblo. o el pequeño afilador que pasa por aquí dos veces al año. O Abner Packer, el conductor del autobús de la seis que, cuando llega de Mobile, nos saludo con la mano cada día al pasar delante de casa envuelto en un torbellino de polvo. O los Winston, una joven pareja californiana cuyo automóvil se averió una tarde ante nuestro portal, y que pasó una agradable hora charlando con nosotros (el joven Winston nos sacó una foto, la única que nos han sacado en nuestra vida). ¿Es debido a que mi amiga siente timidez ante todo el mundo, excepto los desconocidos, que esos desconocidos, y otras personas a quienes apenas hemos tratado, son para nosotros nuestros más auténticos amigos? Creo que sí. además, los cuadernos en donde conservamos las notas de agradecimiento con membrete de la Casa Blanca, las ocasionales comunicaciones que nos llegan de California y Borneo, las postales de un centavo firmadas por el afilador, hacen que nos sintamos relacionados con unos mundos rebosantes de acontecimientos, situados muy lejos de la cocina y de su precaria vista de un cielo recortado.

Págs. 144-145. Un recuerdo navideño (1956). Truman Capote. Anagrama




[1] Las tartas que elaboran cada noviembre los dos protagonistas.