Pages - Menu
Bienvenidos
¿Qué hay verdaderamente incondicional?
Una sociedad líquida
La sociedad "moderna líquida" es aquella en que las condiciones de actuación de sus miembros cambian antes de que las formas de actuar se consoliden en unos hábitos y en unas rutinas determinadas. La liquidez de la vida y la de la sociedad se alimentan y se refuerzan mutuamente. La vida líquida, como la sociedad moderna líquida, no puede mantener su forma ni su rumbo durante mucho tiempo.
En una sociedad moderna líquida, los logros individuales no pueden solidificarse en bienes duraderos porque los activos se convierten en pasivos y las capacidades en discapacidades en un abrir y cerrar de ojos. Las condiciones de la acción y las estrategias diseñadas para responder a ellas envejecen con rapidez y son ya obsoletas antes de que los agentes tengan siquiera opción de conocerlas adecuadamente. De ahí que haya dejado de ser aconsejable aprender de la experiencia para confiarse a estrategias y movimientos tácticos que fueron empleados con éxito en el pasado: las pruebas anteriores resultan inútiles para dar cuenta de lo vertiginosos e inútiles (en su mayor parte, y puede incluso que impredecibles) cambios de circunstancias. [...]
La irrupción del consumismo
![]() |
Imagen de un supermercado norteamericano en los años 70 |
La llegada cada vez más rápida de los objetos hacía retroceder el pasado. La gente ya no se preguntaba sobre su utilidad, simplemente quería poseerlos y sufrían por no ganar el suficiente dinero para poder conseguirlos inmediatamente. Se acostumbraban a rellenar cheques, descubrían las ‘facilidades de pago’, el crédito Sofinco. Se sentían a gusto con la novedad, orgullosos de servirse de una aspiradora y de un secador de pelo eléctrico. La curiosidad podía más que la desconfianza. Se descubrían los platos crudos y los flambeados, el ‘steak tartare’, la carne a la pimienta, las especias y el kétchup, el pescado empanado y el puré en copos, los guisantes congelados, los palmitos en lata, el ‘aftershave’, el Obao en la bañera y el Canigou para perros.
Las cooperativas iban dejando paso a los supermercados donde a los clientes les encantaba tocar la mercancía antes de comprarla. Nos sentíamos libres, no pedíamos nada a nadie. Cada tarde, las galerías Barbès acogían a los compradores con un ‘bufé rústico’ gratuito. Las jóvenes parejas de las clases medias compraban la distinción con una cafetera Hellem, con el Eau Sauvage de Dior, una radio con FM, una cadena hi-fi, estores venecianos y tela de saco para tapizar las paredes, un salón en madera de teca, un colchón Dunlopillo, un chifonier o un secreter, muebles cuyos nombres conocían sólo por las novelas. Visitaban los anticuarios, invitaban con salmón ahumado, aguacates con gambas, ‘fondue bourguignonne’, leían Playboy y Lui, Barbarella, Le Nouvel Observateur, Teilhard de Chardin, la revista Planète, soñaban leyendo los anuncios por palabras de pisos de ‘alto standing’, con vestidor, en ‘complejos residenciales’ (solo el nombre ya era un lujo), cogían el avión por primera vez ocultando su angustia y se emocionaban al ver unos cuadraditos verdes y dorados allá abajo, se ponían nerviosos porque aún no les habían puesto el teléfono que pidieron hace un año. Los demás no veían la utilidad de tenerlo y seguían yendo a Correos, donde el empleado de la ventanilla les marcaba el número y los mandaba a una cabina.
Estupiñá
![]() |
Tienda de ultramarinos en el Madrid del siglo XIX |
En la tienda de Arnaiz, junto a la reja que da a la calle de San Cristóbal, hay actualmente tres sillas de madera curva de Viena, las cuales sucedieron hace años a un banco sin respaldo forrado de hule negro, y este banco tuvo por antecesor a un arcón o caja vacía. Aquélla era la sede de la inmemorial tertulia de la casa. No había tienda sin tertulia, como no podía haberla sin mostrador y santo tutelar. Era un servicio suplementario que el comercio prestaba a la sociedad en tiempos en que no existían casinos, pues, aunque había sociedades secretas y clubs y cafés más o menos patrióticos, la gran mayoría de los ciudadanos pacíficos no iba a ellos, prefiriendo charlas en las tiendas. […] La tienda se transformaba, pero la tertulia era la misma en el curso lento de los años. Unos habladores se iban y venían otros. […]
… Estupiñá no era un buen dependiente. Al despachar, entretenía demasiado a los parroquianos, y si le mandaban con un recado o comisión a la Aduana, tardaba tanto en volver, que muchas veces creyó don Bonifacio (su jefe) que le habían llevado preso. La singularidad de que teniendo Plácido estas mañas no pudieran los dueños de la tienda prescindir de él, se explica por la ciega confianza que inspiraba, pues estando él al cuidado de la tienda y de la caja, ya podían Arnaiz y su familia echarse a dormir. Era su fidelidad tan grande como su humildad, pues ya le podían reñir y decirle cuantas perrerías quisieran sin que se incomodase. Por esto sintió mucho Arnaiz que Estupiñá dejara la casa en 1837, cuando se le antojó establecerse con los dineros de una pequeña herencia. Su principal, que le conocía bien, hacía lúgubres profecías del porvenir comercial de Plácido trabajando por su cuenta.
Prometíaselas él muy felices en la tienda de bayetas y paños del Reino que estableció en la Plaza Mayor, junto a la panadería. No puso dependientes porque la cortedad del negocio no lo consentía; pero su tertulia fue la más animada y dicharachera de todo el barrio. Y ved aquí el secreto de lo poco que dio de sí el establecimiento y la justificación de los vaticinios de don Bonifacio.
Nostalgia de la solidaridad
![]() |
Imagen del Pripyat en los años 80, antes de la explosión de Chernóbil. |
- Cuando vivíamos en el socialismo, nos prometieron que había sitio para todos bajo el sol. Ahora nos dicen que sólo si vivimos de acuerdo con las leyes de Darwin podremos comer del cuerno de la abundancia. Que la abundancia es sólo para los más fuertes. Y yo... Yo soy de las débiles. Yo no soy una luchadora... Yo tenía un esquema muy básico y vivía de acuerdo con él. Un orden: la escuela, los estudios superiores, la familia. Mi marido y yo ahorrábamos para comprar un apartamento en régimen cooperativo y después ahorraríamos para comprar un coche... Cuando nos arrojaron al capitalismo, me rompieron ese esquema... Soy ingeniero de profesión y trabajaba en un instituto de investigación que llamaban «instituto femenino», porque todas éramos mujeres. Nos pasábamos el día allí sentaditas ordenando papeles. Me gustaba tenerlos siempre ordenados formando montoncitos uniformes. Me habría podido pasar la vida allí. Pero las reducciones de personal no se hicieron esperar... A los pocos hombres que había, a las madres solteras y a quienes les faltaban uno o dos años para la jubilación los dejaron en paz. Colgaron unas listas con los nombres de quienes iban a ser despedidos y mi nombre aparecía en una de ellas. ¿Cómo iba a sobrevivir? Me sentí perdida. A mí no me habían enseñado a vivir de acuerdo con las leyes de Darwin
Tardé mucho en perder la esperanza de encontrar un trabajo adecuado a mi formación. Era una idealista y desconocía cuál era mi lugar en la sociedad y cuál mi verdadero precio Todavía hoy echo de menos a las chicas de nuestro departamento, nuestras charlas en confianza. Para nosotras el trabajo siempre permaneció en segundo plano. Lo primero era el trato que nos dispensábamos unas a otras, las charlas íntimas que manteníamos. Interrumpíamos el trabajo tres veces al día para tomar té y hablar de nuestras cosas. No nos ahorrábamos la celebración de todas las fiestas nacionales y nuestros cumpleaños... Y míreme ahora… Acudo a la oficina de empleo sin éxito. Buscan pintores y yeseros… Una amiga con la que estudié en la universidad se ha colocado en casa de una mujer de negocios. Limpia la casa y pasea al perro. Una criada. Me contó que al principio la humillación la hacía llorar cada día. Ahora ya se ha acostumbrado. Pero yo no podría.
Svetlana Aleksievich. El fin del homo Sovieticus




