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Aquí encontrarás una selección accidental de textos literarios pertenecientes a obras clásicas de la Literatura universal. Sin otro criterio que el gusto y el azar seguidos por el profesor de Lengua Rafael Bermúdez Ortiz, el alumnado tiene la oportunidad de acercarse a algunos de los títulos y autores más célebres del canon literario occidental mediante este catálogo de citas, páginas y recortes. Ojalá disfruten tanto como el autor de su lectura.
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¿De qué se quejan los ricos?


Plano de La cinta blanca (2009), de Michael Haneke

(Testimonios de soldados soviéticas que entraron con el Ejército Rojo para liberar Alemania de los nazis en 1945)

Llegué a Alemania...

Lo primero que vi al pisar suelo alemán fue una pancarta casera que habían puesto a un lado de la carretera: ¡Esta es la maldita tierra alemana! [...] 

Y todos esperaban ese momento... Lo veremos... Lo entenderemos... ¿De dónde procedían? ¿Cómo era su país? ¿Serían personas normales y corrientes? ¿Vivirían igual que nosotros? [...]

Por fin estábamos en su tierra... Lo primero que nos sorprendió fue la calidad de las carreteras. Unas casas de campesinos enormes... Macetas, cortinas bonitas incluso en los cobertizos. En las casas había manteles blancos. Una vajilla de calidad. Porcelana. Allí fue la primera vez que vi una lavadora. No lográbamos entenderlo: ¿si allí vivían tan bien, para qué hacer una guerra? Nuestra gente se cobijaba en chozas mientras ellos comían sobre manteles blancos. Pequeñas tacitas de café... Antes solo las había visto en los museos. Esas tacitas... Se me había olvidado contarle... Todos nos quedamos atónitos... Habíamos empezado el ataque, allí estaban las primeras trincheras alemanas... Las asaltamos y allí nos encontramos unos termos con café caliente. El olor a café... Las galletas. Las sábanas blancas. Las toallas limpias. El papel higiénico... Nosotros no teníamos nada de eso. ¿Qué sábanas? Si dormíamos sobre el heno, sobre las ramas de los árboles... En ocasiones nos pasábamos dos o tres días sin probar la comida caliente. Nuestros soldados acribillaron a tiros esos termos... Ese café...

En las casas alemanas también vi juegos de café fusilados. Macetas fusiladas. Almohadas... Carritos de bebé... Pero igualmente no éramos capaces de hacer lo que ellos habían hecho. Hacerles sufrir tanto como nosotros habíamos sufrido.

Nos costaba entender dónde se había originado su odio. El nuestro era comprensible. Pero ¿el suyo?

La guerra no tiene rostro de mujer. Svetlana Alexiévich

¿A qué llaman vivir?


Fotograma de la película Solo en casa (1990), de Chris Columbus

- [...] ¿Es que no le interesa el dinero?

- No, porque se ha convertido en meta y nos impide disfrutar del camino por donde vamos andando. Además, ni siquiera es bonito, como antes, cuando se gozaba de su tacto como el de una joya. [...] Ahora, el dinero son viles papeluchos arrugados. Yo, cuando tengo alguno, estoy deseando soltarlo.

- Todo lo que usted quiera -interrumpió el comisario-, pero hacen falta para vivir.

- Eso suele decirse, sí. Para vivir... ¿Pero a qué llaman vivir? Para mí, vivir es no tener prisa, contemplar las cosas, prestar oído a las cuitas ajenas, sentir curiosidad y compasión, no decir mentiras, compartir con los vivos un vaso de vino o un trozo de pan, acordarse con orgullo de la lección de los muertos, no permitir que nos humillen o nos engañen, no contestar que sí ni que no sin haber contado antes hasta cien como hacía el Pato Donald... Vivir es saber estar solo para aprender a estar en compañía, y vivir es explicarse y llorar... y vivir es reírse... He conocido a mucha gente a lo largo de mi vida, comisario, y, créame, en nombre de ganar dinero para vivir, se lo toman tan en serio que se olvidan de vivir. Precisamente ayer, paseando por Central Park más o menos a estas horas, me encontré con un hombre inmensamente rico que vive por allí cerca y entablamos conversación. Pues bueno, está desesperado y no sabe por qué. No le saca partido a nada ni le encuentra aliciente a la vida. Y claro, se obsesiones por tonterías. Al cabo de un rato, parecía yo la millonaria y él el mendigo.

Caperucita en Manhattan. Carmen MARTÍN GAITE

Tener o no tener


Póster de la película Mujercitas, de Mervyn LeRoy (1949)

Los Moffat eran gente realmente mundana, y la pobre Meg se sintió, en un primer momento, intimidada por la fastuosidad de la casa y la elegancia de sus inquilinos, pero como, a pesar de la vida frívola, eran personas muy amables, no tardaron mucho en conseguir que su huésped se sintiera cómoda. Quizá Meg intuyó, sin comprenderlo del todo, que no eran personas excesivamente cultas e inteligentes, y que debajo de tanto adorno, había gente hecha del mismo material corriente que todos. Era ciertamente agradable darse un banquete, pasear en coche, ponerse sus mejores galas todos los días y no hacer nada más que divertirse. Estas cosas iban a la perfección con su carácter y pronto empezó a imitar la manera de hablar y los modales de su nuevas compañías: a darse tono y usar frases en francés, a rizarse el pelo, ajustarse los trajes y a hablar, en cuanto tenía ocasión, de lo que estaba o no de moda. Y cuanto más veía las cosas bonitas de Annie Moffat, más la envidiaba y suspiraba por ser rica. Ahora, cuando pensaba en su casa, le parecía desnuda y triste, y el trabajo, más difícil que nunca. Se sentía desamparada y dolida, a pesar de sus dos pares de guantes y sus medias de seda.

A tuerto o a derecho, nuestra casa hasta el techo


La Celestina pintada por Picasso (1904)

Curioso discurso con el que Celestina pretende corromper la voluntad de Pármeno, criado del noble Calixto y su intermediario para lograr un buen negocio.

CELESTINA.- ¡Mala landre te mate! ¡Y cómo lo dice el desvergonzado! Dejadas burlas y pasatiempos, oye agora, mi hijo (dirigiéndose a Pármeno), y escucha, que aunque a un fin soy llamada, a otro so (soy) venida, y maguera (aunque) que contigo me haya hecho de nuevas, tú eres la causa. Hijo, bien sabes cómo tu madre, que Dios haya, te me dio viviendo tu padre. El cual, como de mí te fueses, con otra ansia no murió sino con la incertidumbre de tu vida y persona; por la cual ausencia algunos años de su vejez sufrió angustiosa y cuidadosa (preocupada) vida. Y al tiempo que de ella pasó (murió), envió por mí, y en su secreto te me encargó, y me dijo, sin otro testigo sino Aquel (Dios) que es testigo de todas las obras y pensamientos, y los corazones y entrañas escudriña, al cual puso entre él y mí, que te buscase y allegase y abrigase, y cuando de complida edad fueses, tal que en tu vivir supieses tener manera y forma, te descubriese adónde dejó encerrada tal copia (abundancia) de oro y plata que basta más que la renta de tu amo Calisto. Y porque gelo (se lo) prometí y con mi promesa llevó descanso, y la fe es de guardar más que a los vivos a los muertos, que no pueden hacer por sí, en pesquisa y seguimiento tuyo yo he gastado asaz tiempo y cuantías (dinero), hasta agora (ahora), que ha placido Aquel, que todos los cuidados tiene, y remedia las justas peticiones, y las piadosas obras endereza que te hallase aquí, donde solos ha tres días que sé que moras.

El discurso de las ilusiones perdidas


Honoré de Balzac (1759), escritor francés y autor de La Comedia Humana,
un conjunto de 80 libros que refleja las diferentes caras del ser humano en la primera mitad del siglo XIX.


Mi pobre amigo, yo llegué como usted, con el corazón lleno de ilusiones, movido por el amor al Arte, llevado por impulsos invencibles hacia la gloria; me he encontrado con las realidades del oficio, las dificultades del mundo de la edición y la cara amarga de la miseria. Mi exaltación, ahora contenida, y mi primera efervescencia me ocultaban cómo funciona el mundo; me ha sido preciso verlo, toparme con todos los engranajes, herirme con los pivotes, mancharme de grasa, oír el ruido de las cadenas y de las ruedas. Y lo mismo que yo, también usted llegará a saber que, debajo de todas esas hermosas cosas soñadas, se agitan hombres, pasiones y necesidades. Se verá mezclado forzosamente en luchas horribles, de obra contra obra, de hombre contra hombre, de partido contra partido, en las que hay que batirse sistemáticamente para no verse uno abandonado por los suyos. Estos innobles combates desencantan el alma, depravan el corazón y producen un cansancio sin provecho alguno; pues a menudo nuestros esfuerzos sirven para hacer coronar a un hombre al que se detesta, un talento de segundo orden, presentado, a pesar nuestro, corno un genio. La vida literaria tiene sus entre bastidores. Los éxitos injustificados o merecidos, esto es lo que aplaude la galería; los medios para conseguirlo, siempre repulsivos, los comparsas emperifollados, la claque y los mozos de turno, esto es lo que ocultan los entre bastidores. Está usted aún en el patio de butacas. Está todavía a tiempo, desista antes de poner un pie en el primer escalón del trono que tantas ambiciones se disputan y no se deshonre como lo hago yo para vivir. -Una lágrima asomó a los ojos de Étienne Lousteau-.