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Aquí encontrarás una selección accidental de textos literarios pertenecientes a obras clásicas de la Literatura universal. Sin otro criterio que el gusto y el azar seguidos por el profesor de Lengua Rafael Bermúdez Ortiz, el alumnado tiene la oportunidad de acercarse a algunos de los títulos y autores más célebres del canon literario occidental mediante este catálogo de citas, páginas y recortes. Ojalá disfruten tanto como el autor de su lectura.
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La soledad de Ana Ozores


Le déjeuner (1876), de Gustave Caillebotte.

Ana Ozores no era de los que se resignaban. Todos los años, al oír las campanas doblar tristemente el día de los Santos, por la tarde, sentía una angustia nerviosa que encontraba pábulo en los objetos exteriores, y sobre todo en la perspectiva ideal de un invierno, de otro invierno húmedo, monótono, interminable, que empezaba con el clamor de aquellos bronces.
            
Aquel año la tristeza había aparecido a la hora de siempre.
            
Estaba Ana sola en el comedor. Sobre la mesa quedaban la cafetera de estaño, la taza y la copa en que había tomado café y anís don Víctor, que ya estaba en el Casino jugando al ajedrez. Sobre el platillo de la taza yacía medio puro apagado, cuya ceniza formaba repugnante amasijo impregnado del café frío derramado. Todo esto miraba la Regenta con pena, como si fuesen ruinas de un mundo. La insignificancia de aquellos objetos que contemplaba le partía el alma; se le figuraba que eran símbolo del universo, que era así, ceniza, frialdad, un cigarro abandonado a la mitad por el hastío del fumador. Además, pensaba en el marido incapaz de fumar un puro entero y de querer por entero a una mujer. Ella era también como aquel cigarro, una cosa que no había servido para uno y que ya no podía servir para otro. […]

El día de visita a los presos


Compartimento C (1938). Edward Hopper

- Todas las visitas hacen lo posible por tener un buen aspecto, y es muy emocionante, preciosos, ver a las mujeres que se ponen lo mejor que tienen, quiero decir que incluso las viejas y las que son muy pobres también hacen todo cuando está en su mano por ir bien vestidas y oler bien, y están adorables. También me encantan los críos, sobre todo los negros. Me refiero a los que llevan las esposas. Puede parecer triste eso de ver a unos niños en un lugar así, pero no lo es, llevan cintas en el pelo y los zapatos relucientes de betún, casi parece que vayan a celebrar algo: y a veces el locutorio parece precisamente eso, una fiesta. En fin, que no es como en las películas, nada de sombríos murmullos a través de una reja. No hay rejas, sólo un mostrador que te separa de ellos, y dejan que las mujeres suban a los críos encima, para que ellos puedan darles un abrazo. Si quieres besar a alguien, basta con inclinarte hacia adelante. Lo que más me gusta es lo felices que son cuando vuelven a verse, tienen tantísimas cosas guardadas de las que hablar, no hay modo de aburrirse, se pasan el rato riendo y cogiéndose de las manos. Después es diferente -dijo-. Las veo en el tren. Se quedan sentadas, en silencio, viendo pasar el río. -Se estiró un mechón de pelo hasta metérselo en la boca, y empezó a mordisquearlo meditativamente-. No te dejo dormir. Anda, duérmete.


Págs. 25 y 26. Desayuno en Tiffany's. Truman Capote. Anagrama