Bienvenidos

Aquí encontrarás una selección accidental de textos literarios pertenecientes a obras clásicas de la Literatura universal. Sin otro criterio que el gusto y el azar seguidos por el profesor de Lengua Rafael Bermúdez Ortiz, el alumnado tiene la oportunidad de acercarse a algunos de los títulos y autores más célebres del canon literario occidental mediante este catálogo de citas, páginas y recortes. Ojalá disfruten tanto como el autor de su lectura.
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¡Es tan horrible ser pobre!


Escena de la adaptación cinematográfica de Mujercitas en 1949 por Mervyn Leroy

Las Navidades no serán Navidades sin ningún regalo -refunfuñó Jo, tumbada en la alfombra.

- ¡Es tan horrible ser pobre!- suspiró Meg, mirando su viejo vestido.

- No creo que sea justo que algunas chicas tengan montones de cosas bonitas y otras, nada de nada -añadió la pequeña Amy, con gesto ofendido.

- Tenemos a papá y a mamá, y nos tenemos las unas a las otras -dijo Beth tranquilamente desde su esquina.

Los rostros de las cuatro jóvenes resplandecieron al amor de la lumbre con estas reconfortantes palabras, pero volvieron a oscurecerse en cuanto Jo dijo tristemente:

- No tenemos a papá, y no lo tendremos en mucho tiempo.

No se atrevió a decir "quizá nunca", pero todos lo pensaron en silencio y recordaron a su padre lejos, allá donde se estaba luchando.

El abeto que quería ser mayor


Felicitación navideña ilustrada por Walter M. Dunk en 1916

- ¡Oh, ojalá fuera un árbol grande como los otros! - suspiraba el pequeño abeto-. Entonces podría extender mis ramas alrededor de la copa y ver el ancho mundo. Los pájaros construirían nidos en mis ramas y, cuando soplara el viento, me inclinaría aristocráticamente, como los otros.

- ¡Alégrate de tu juventud! -dijeron los rayos del sol-. ¡Alégrate de tus frescos brotes, de la vida joven que hay en ti!

[...] Cuando llegó la Navidad, talaron muchos árboles jóvenes, árboles que muchas veces ni siquiera tenían el tamaño o la edad de este abeto que nunca estaba satisfecho y que estaba siempre queriendo marcharse. Aquellos árboles jóvenes, que eran los más bellos de todos, siempre conservaban sus ramas, los colocaban en unos carros y unos caballos se los llevaban del bosque.

- ¿Adónde van? -preguntó el abeto-. No son más grandes que yo, uno era incluso más pequeño, ¿por qué no les quitan las ramas? ¿Adónde los llevan?

- ¡Lo sabemos, lo sabemos! -gorjearon los gorriones-. Allá abajo en la ciudad miramos los cristales. ¡Sabemos dónde los llevan! ¡Oh, van hacia el brillo y el esplendor más grande que uno pueda imaginarse! Hemos mirado por las ventanas y hemos visto que los plantan en medio de la caliente sala y los adornan con las cosas más preciosas: manzanas doradas, pastelillos de miel, juguetes y muchos cientos de velas.

- ¿Y luego...? -preguntó el abeto, temblando en todas sus ramas-. ¿Y luego? ¿Qué pasa luego?

Navidad en la calle


Grabado de la venta de pavos junto al mercado de los Mostenses en la Navidad de 1894 (Madrid)


Érales difícil a las tres mujeres andar aprisa, por la mucha gente que venía calle abajo, caminando presurosa con la querencia del hogar próximo. Los obreros llevaban el saquito con el jornal; las mujeres, algún comistrajo recién comprado; los chicos, con sus bufandas enroscadas en el cuello, cargaban rabeles, nacimientos de una tosquedad prehistórica o tambores que ya iban bien baqueteados antes de llegar a la casa. Las niñas iban en grupos de dos o tres, envuelta la cabeza en toquillas, charlando cada una por siete. Cuál llevaba una botella de vino, cuál el jarrito con leche de almendra; otras salían de las tiendas de comestibles con dando brincos o se paraban a ver los puestos de panderetas, dándoles con disimulo un par de golpecitos para que sonaran. 

En los puestos de pescado, los maragatos limpiaban los besugos, arrojando las escamas sobre los transeúntes, mientras un ganapán, vestido con los calzonazos negros y el mandil verde rayado, berreaba fuera de la puerta: “Al vivo de hoy, al vivito!...” Enorme farolón con los cristales muy limpios alumbraba las pilas de lenguados, sardinas y pajeles, y las canastas de almejas. En las carnicerías sonaban los machetazos con sorda trepidación, y los platillos de las pesas, subiendo y bajando sin cesar, hacían contra el mármol del mostrador los ruidos más extraños, notas de misteriosa alegría.

 

Mercadillo de Navidad


Al pie de la escalinata que conduce a la explanada de la catedral, se distribuían, como siempre (o siempre desde que yo podía recordar el mundo) los puestos de musgo y corcho y serrín y muérdago y ortiga (pero no de árboles de Navidad, que llegaron después procedentes del extranjero e impuestos por la moda, y representaron una especie de traición, un hundimiento de nuestro sueño infantil), y además de una gran diversidad de verde para adornar los belenes, todo amontonado, creando formas de cuento de hadas: piñas forradas de plata y ramitas que tenían ondulaciones de columnas salomónicas y montones de hierbas que despedían un perfume de montaña asesinada. 

Después de venían las figuritas, que representaban para nosotros un hechizo permanente. Para empezar, vagábamos entre aquella imaginería tan bien dispuesta sin fijarnos en ningún elemento individual, captando solamente la sensación única -la impresión que no se parecía a ninguna otra- de algo que estaba mucho más allá de cualquier representación racional que el mundo de los mayores quería o podía ofrecernos. Después nos entregábamos al ensueño, recostando el mentón sobre los tenderetes, rodeados de otros niños, y poníamos los ojos al pie de las figuritas (las figuritas estaban al colocadas sobre un pequeño soporte de color terroso que después, una vez situadas en el belén, desaparecía bajo el musgo o la arena según se tratara del desierto o la montaña o la orilla de un río) y venía el mirarlas una a una y colocarlas imaginariamente en cualquier lugar preciso e inamovible del gran paisaje que crearíamos al llegar a casa. 

Y estallaba entonces la toponimia de un belén soñado y que nunca podíamos hacer: el gran belén con agua y luces de verdad y palacios inmensos y grandes espacios: montaña, río, desierto, Oriente, casa solariega, masía catalana, la cueva nevada, niños-jesús, camellos, pavos, casas, puentes, estrellas [...], Reyes a caballo, Reyes adorando (poca gente tenía los Reyes adorando) y vacas suizas y el cura del paraguas y el hombre que caga y palmeras y la Anunciación y papel de plata que nos salía en el chocolate -con él haremos el río y el lago- y la cueva, que siempre se guarda de un año para otro y va cambiando de estilo con los años. [...] Y una nueva ojeada a las figuras y sentirlas, recordarlas, perderlas al querer recordar otras, mezclarlas todas...

El día que murió Marilyn. Terencio Moix, Biblioteca El Mundo

Un cinematógrafo por Navidad


Escena de Fanny y Alexander (1982), película autobiográfica dirigida por Ingmar Bergman.

La Navidad era una explosión de regocijo. Mi madre dirigía la fiesta con mano firme. Tuvo que haber habido una considerable organización detrás de aquella orgía de hospitalidad, comidas, parientes que llegaban, regalos y ceremonias religiosas.
            
En nuestra casa, la Nochebuena era un acontecimiento bastante tranquilo que empezaba con la oración de Navidad en la iglesia a las cinco y seguía luego con una comida alegre, pero mesurada. Después se iluminaba el árbol, se leía el evangelio de Navidad y nos íbamos pronto a la cama porque teníamos que levantarnos a tiempo para la misa del alba que en aquella época era de verdad al alba. No se repartía ningún regalo, pero la noche era animada, un prólogo excitante de los festejos del día de Navidad. Para entonces mi padre ya había cumplido sus obligaciones profesionales y cambiaba la sotana por el batín. Solía desplegar su mejor humor y pronunciaba un improvisado discurso en verso para los invitados, cantaba canciones especialmente compuestas para la fiesta, brindaba con aguardiente, imitaba a sus colegas y hacía reír a todo el mundo. A veces pienso en su alegre ligereza, su despreocupación, su ternura, su amabilidad, su temeridad. Pienso en todo aquello que las tinieblas, la pesadez, la brutalidad y el distanciamiento borraron con tanta facilidad. Creo que muchas veces he sido muy injusto con mi padre en mis recuerdos.

El tiempo y el amor perdidos



La llanura Briard (1871-78). Gustave Cailllebotte

El padre de Emma quiso que fueran en su carricoche y él mismo los acompañó hasta Vassonville. Allí abrazó a su hija por última vez, se apeó y emprendió el camino de regreso. Se detuvo a unos cien pasos y, mirando alejarse el carricoche con las ruedas levantando nubes de polvo, lanzó un profundo suspiro. Empezó a acordarse de su propia boda, de aquel tiempo lejano, del primer embarazo de su mujer. También él estaba muy ufano el día en que la sacó de casa de su padre para llevársela a la suya. Iban los dos montados a caballo, ella a la grupa, trotando sobre la nieve, porque eran vísperas de Navidad y el campo estaba completamente blanco. Ella se sujetaba a él con un brazo y en el otro llevaba su cesta; el viento le agitaba los encajes de su tocado regional, que a veces le rozaban a él la boca. Y si volvía la cabeza, la veía allí, tan cerca, apoyando en su hombros aquella carita sonrosada que le sonreía en silencio bajo el bonete dorado. De vez en cuando, para calentarse un poco los dedos, se los metía a él por entre el pecho. ¡Qué antiguo era ya todo aquello! Treinta años habría cumplido ahora su hijo. Y en ese momento miró hacia atrás y ya no vio nada en el camino. Se sintió triste como una casa de la que se han llevado los muebles, y en su mente, nublada por los vapores del jolgorio, los recuerdos dulces se entremezclaban con las ideas negras, así que le dieron ganas de ir a darse una vuelta por la iglesia. Pero tuvo miedo de que aquella visita le pusiera más triste todavía, de manera que se volvió directamente a casa.


Págs. 32 y 33. Madame Bovary (1856). Gustave Flaubert. EL MUNDO, Biblioteca Millenium.

La temporada de las tartas


(Fue) la última Navidad que pasamos juntos.

La vida nos separa. Los Enterados deciden que mi lugar está en un colegio militar. Y a partir de ahí se sucede una desdichada serie de cárceles a toque de corneta, de sombríos campamentos de verano a toque de diana. Tengo además otra casa. Pero no cuenta. Mi casa está allí donde se encuentra mi amiga, y jamás la visito.

Y ella sigue allí, rondando por la cocina. Con Queenie como única compañía. Luego sola. («Querido Buddy -me escribe con su letra salvaje, difícil de leer-, el caballo de Jim Macy le dio ayer una horrible coz a Queenie. Demos gracias de que ella no llegó a enterarse del dolor. La envolví en una sábana de hilo, y la llevé en el carricoche al prado de Simpson, para que esté rodeada de sus Huesos...») Durante algunos noviembres sigue preparando sus tartas de frutas sin nadie que la ayude; no tantas como antes, pero unas cuantas: y, por supuesto, siempre me envía «la mejor de todas». Además, me pone en cada carta una moneda de diez centavos acolchada con papel higiénico: «Vete a ver una película y cuéntame la historia» Poco a poco, sin embargo, en sus cartas tiende a confundirme con su otro amigo, el Buddy que murió en los años ochenta del siglo pasado; poco a poco, los días trece van dejando de ser los únicos días en que no se levanta de la cama: llega una mañana de noviembre, una mañana sin hojas ni pájaros que anuncia el invierno, y esa mañana ya no tiene fuerzas para darse ánimos exclamando: