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Aquí encontrarás una selección accidental de textos literarios pertenecientes a obras clásicas de la Literatura universal. Sin otro criterio que el gusto y el azar seguidos por el profesor de Lengua Rafael Bermúdez Ortiz, el alumnado tiene la oportunidad de acercarse a algunos de los títulos y autores más célebres del canon literario occidental mediante este catálogo de citas, páginas y recortes. Ojalá disfruten tanto como el autor de su lectura.
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El paisaje de la memoria


Fotograma de El espíritu de la colmena (19739, de Víctor Erice

Hay en el adolescente una repugnancia o una ternura hacia su infancia reciente, y en aquel monte había estado yo en los domingos de la infancia, cuando las excursiones familiares, y ahora podía ver, desde lo alto, la fábrica de harinas del abuelo (o donde trabajaba el abuelo), ya parada y muerta, y trataba de distinguir entre las huertas de allá abajo la huerta donde antaño jugábamos, sintiendo con dolor que ya no existía, que el tiempo la había borrado, que seguramente era un erial, como si me hubiesen robado una pieza de mi pasado, y también veía el río, lejano, ancho y luminoso, y el puente, y la larga carretera por la que veníamos andando todos los domingos, excepto cuando había algún enfermo o cojo en la familia, y entonces tomábamos el autobús. Pero ya la carretera no era tan larga, y la visión geográfica de mi vida, con monte y valles, con ríos y nubes, con cielos y caminos, era, al fin y al cabo, la única visión que podía tener de ella y de mí mismo, pues a medida que el tiempo se nos pierde y huye, se va trocando en geografía, y no es verdad que no deje nada, el paso del tiempo, sino que nos deja unos paisajes, unos lugares, unos colores y unas luces que son el cuajarón de ese pasar, de ese tiempo que creemos perdido, paisajes y lugares, colores y luces que antes no teníamos, porque los leíamos de otra forma o ni siquiera los leíamos. El tiempo, sí, se transmuta en geografía, y lo que perdemos en tiempo lo ganamos en espacio, y las horas perdidas de la infancia están ahí, en las copas de los árboles, y quizá son esos hilos de plata, de luz, que brillan de rama en rama, de hoja a hoja, porque en esos árboles, en esa arboleda cuaja algo que entonces no había, y ahora somos más dueños de todo, ya que todos nos habla, nos enriquece y nos habita. Así, el canal largo y curvo que cruzaba los campos de mi infancia, aquel canal lento y limpio, como un río mejor trazado, y por donde el cielo iba más claro, el aire más limpio y la tarde más hermosa.

Las ninfas. Francisco UMBRAL

¿Recuerdo o realidad?


Teatro Morosco. Nueva York, 1963

Absorto en estos pensamientos, dio en la radio del coche con una emisora de clásicos de siempre, donde sonaban Cole Porter, George Gershwin e Irving Berlin. Ojalá hubiera vivido los años veinte y treinta, cuando Manhattan tenía el glamur que Hollywood había ensalzado en tantas películas. En sus fantasías de color de rosa, soñaba con vivir en un Manhattan donde los hombres llegaban a casa del trabajo, se ponían el esmoquin, y las bellas esposas, sus vestidos caros. Recibían a unos cuantos amigos igual de engalanados para tomar un cóctel y entablar conversaciones interesantes, y si salían después, era para acudir al Twenty-One o El Morocco, o cualquier estreno del Booth o el Morosco, en lugar de circular por la oscuridad total de los caminos rurales, donde lo más normal era atropellar a un ciervo. Se preguntaba si esa Nueva York existió de verdad o solo en las películas de la Metro.

[...] Baum se fue a dormir y [...] tuvo un sueño bastante agradable. En él, sus padres celebraban el aniversario de bodas y Baum estaba muy feliz al verlos besarse y tan enamorados como el primer día. Soñó que les regalaba un aparato de radio de los antiguos y que, cuando lo encendían, aún funcionaba, aunque solo emitía programas y melodías de un tiempo ya desaparecido y, mientras dormía, se le dibujaba una leve sonrisa al evocar a sus padres abrazados frente a aquella radio Philco sintonizada en el programa musical Make Believe Ballroom.

¿Qué pasa con Baum? Woody Allen

Esperando al pasado


El escritor Antonio Tabucchi (1943-2012)

- Digamos que hay personas que esperan cartas desde el pasado, ¿le parece algo plausible en lo que creer? [...] Es simple -murmuró el abogado-, cartas del pasado que nos expliquen un tiempo de nuestra vida que nunca entendimos, que nos den una explicación cualquiera que nos haga aprehender el significado de tantos años transcurridos, de aquello que entonces se nos escapó, usted es joven, usted espera cartas del futuro, pero suponga que existen personas que esperen cartas del pasado, y que quizás soy una de esas personas y que incluso me aventuro a imaginar que un día llegarán. [...] ¿Y sabe cómo me imagino que llegarán? [...] Pues bien, [...] en un paquetito atado con una cinta rosa, justamente así, y perfumado de violetas, como en las peores novelas de folletín. Y ese día yo acercaré esta horrible narizota mía al paquetito, desharé el lazo rosa, abriré las cartas y comprenderé con claridad meridiana una historia que nunca antes pude comprender, una historia única y fundamental, repito, única y fundamental, algo que puede sucedernos solo una vez en la vida, que los dioses conceden que suceda una sola vez en nuestra vida y a lo cual no prestamos la debida atención en su momento precisamente porque éramos unos idiotas presuntuosos.

La cabeza perdida de Damasceno Monteiro. Antonio Tabucchi

Perder el tiempo


Times Square, Nueva York. Años 20


En Nueva York no hay manera de perder el tiempo. No hay cafés: no hay plazas ni paseos con bancos a la disposición del transeúnte. ¿Qué hacer cuando a uno le sobra media hora durante la jornada laborable? ¿Qué hacer para no hacer nada?.... En otras ciudades, el Municipio se ha preocupado de los vagos, de losetas, de los enfermos y de las personas de edad, creando para ellos plazas, parques y jardines. En algunas se les han hecho soportales para protegerlos de la lluvia y de la nieve. Esas ciudades tienen además el café, institución maravillosa donde, mediante un precio módico, se alquila un trozo de diván por un plazo ilimitado y se adquiere el derecho de perder el tiempo, mientras que en Nueva York solo existen bares para beber de pie.


Nueva York, realmente, más que una ciudad, es una fábrica gigantesca. Aquí se ha supuesto que no debe haber vagos, que no debe haber poetas, que no debe haber enfermos y que no debe haber personas de edad. Se ha supuesto, en fin, que no se debe perder el tiempo. Las mismas diversiones neoyorquinas exigen una energía prodigiosa y son una forma más de la actividad nacional. Tanto en los cabarets como en las reuniones particulares, no hay medio de quedarse sin hacer nada. Es preciso bailar unos bailes gimnásticos, concertar la atención en un espectáculo, jugar, oír una música estridente y violenta... Es preciso hacer algo continuamente.

Y esto es terrible, aunque no lo parezca, porque yo creo que toda la civilización se ha hecho a ratos perdidos y que su labor será interrumpida en cuanto la humanidad se niegue sistemáticamente a perder el tiempo. Yo creo que la civilización es precisamente obra de los vagos, de los enfermos, de los poetas y de las personas de edad, y los concejales de las ciudades europeas deben de creerlo también, cuando tanto se preocupan de estas diversas categorías sociales. Y yo les daría un consejo a las autoridades neoyorquinas: el de que fomentasen el ocio.

 

Bajo el sol endémico de Sicilia

Paisaje desde las ruinas de Segesta. Sicilia, 2017. Rafael Bermúdez

La lluvia había llegado, la lluvia había vuelto a marcharse; y el sol se alzaba otra vez sobre su trono como un rey absoluto que las barricadas de sus súbditos han alejado durante una semana y luego regresa para seguir reinando, lleno de ira pero moderado por las normas constitucionales. El calor estimulaba sin quemar, la luz era violenta pero no mataba los colores, en la tierra brotaban tréboles y cautelosas mentas; en los rostros, inciertas esperanzas.

(…) Al príncipe, las jornadas de caza le deparaban un placer que no dependía tanto de la abundancia del botín como de una multitud de pequeños episodios. Nacía mientras se afeitaba en el cuarto aún en sombras y la luz de la vela confería un aire teatral a sus movimientos al proyectarlos sobre las arquitecturas pintadas en el techo: crecía mientras atravesaba los dormidos salones y, alumbrado por la llama vacilante, iba esquivando las mesas, donde, entre naipes en desorden, fichas y copas vacías, asomaba el caballo de espadas augurándole viriles hazañas; mientras recorría el jardín inmóvil bajo la luz gris y los primeros pájaros de la madrugada agitaban las plumas para sacudirse el rocío; mientras escapaba, en definitiva; luego salía al camino, inmaculado en la claridad del alba, e iba a reunirse con don Ciccio, quien, sonriendo entre los amarillentos bigotes, soltaba afectuosas maldiciones contra los perros, cada vez más excitados y con los músculos temblorosos bajo la piel suavísima; húmeda y transparente como un grano de uva sin hollejo; Venus brillaba y parecía estar oyendo el estrépito del carro solar que ya subía la cuesta al otro lado del horizonte; pronto alcanzaban los primeros rebaños, lentas mareas que pastores calzados con pieles iban guiando a pedradas, mientras la aurora ponía un halo de rosada suavidad en los vellones; después les tocaba dirimir oscuras disputas de precedencia entre los perros de los pastores y los quisquillosos sabuesos; una vez concluido ese intermedio ensordecedor, subían por una pendiente y de pronto desembocaban en el silencio primigenio de la Sicilia pastoril. Todo se volvía lejano, en el espacio y en el tiempo. […]


Queda la música


Miro el instante que ha fijado
la fotografía,
ríes con la timidez de quien
le avergüenza la risa.
Quince años que sujeto entre mis brazos
al compás del último disco robado.
Nada queda en ese trozo de papel,
todo es alquimia;
veo que es la prueba más veraz
de que todo es mentira.
Esos rostros ya no llevan nuestros nombres,
son dos máscaras perdidas en la noche,
pero, queda la música...

Siento que ese tiempo que se fue
no ha sido nunca nuestro,
como cuando te miro y no logro
recordar tu cuerpo;
no eras tú aquella insolencia de latido
que encendía mis deseos más prohibidos.
Creo que tú y yo no somos más
que dos desconocidos,
otros, dos extraños que en el tiempo
se han hecho asesinos
de esos dos niños de la fotografía
que, abrazados, van bailando por la vida,
pero, queda la música...

Autorretratos Vol.1 (2003). Luis Eduardo Aute

No me reconozco en el pasado


Fotograma de Fanny y Alexander (1982), de Ingmar Bergman.

En la compañía (de teatro) reinaba una suave promiscuidad. Durante un breve período todo el mundo tuvo piojos y alguna vez hubo escenas de celos. Nuestro hogar era evidentemente el teatro, pero por lo demás estábamos todos un poco descentrados y hambrientos de camaradería.

Sin haber pensado realmente en ello, Ellen y yo habíamos iniciado una relación que inmediatamente acabó en un embarazo, En Navidades, a Else le dieron permiso para salir del sanatorio. Nos encontramos en Estocolmo en casa de su madre. Le conté lo que había pasado y que quería separarme  y que pensaba vivir con Ellen. Noté que la cara de Else quedaba petrificaba por el dolor. Estaba sentada a la mesa de la cocina con las mejillas enrojecidas por la enfermedad y la boca infantil férreamente apretada. Entonces me dijo con absoluta serenidad: «Tendrás que pasarme una pensión de alimentos, ¿cómo vas a poder hacerlo, pobretón?». Contesté con acritud: «Si he podido pagar ochocientas coronas al mes por tu jodido sanatorio, creo que podré pagarte también los alimentos. No te preocupes».

No reconozco a la persona que era yo hace cuarenta años. Mi desagrado es tan grande y el mecanismo de rechazo ha funcionado con tanta eficacia, que difícilmente puedo vislumbrar la imagen. A este respecto, las fotografías no ayudan demasiado. Solamente nos muestran una persona disfrazada, alguien bien atrincherado. Si mes sentía atacado, respondía mordiendo como un perro asustado. No confiaba en nadie, no amaba a nadie, no echaba de menos a nadie. Estaba dominado por una sexualidad que me obligaba a incesantes infidelidades y acciones compulsivas, torturado constantemente por el deseo, el miedo, la angustia y la mala conciencia.

La linterna mágica (1987). Ingmar Bergman

El tiempo de Alicia


Ilustración de John Tenniel para la primera edición de Alicia en el País de las Maravillas (1865), de Lewis Carroll.


‘Alicia en el País de las Maravillas’ es una novela que combina juegos de lógica, dobles sentidos y situaciones absurdas entre personajes como el Gato de Cheshire, la Liebre de Marzo, la Reina de Corazones, la Tortuga Artificial y el Conejo Blanco. Todo comienza cuando Alicia, sentada junto a su hermana en un árbol, siente curiosidad por un conejo blanco vestido con chaqueta y chaleco que corre mirando su reloj de bolsillo. Decide seguirlo y entrar en su madriguera, lo que la conducirá por un pozo infinito hasta un mundo absurdo y extraño. En el fragmento que vas a leer asistimos a una de las situaciones ilógicas que se producen en el libro. En esta ocasión, el Sombrerero y la Liebre de Marzo mantienen una conversación con Alicia sobre su amigo el Tiempo.

Y, ¿has encontrado la solución a la adivinanza? —preguntó el Sombrerero, dirigiéndose de nuevo a Alicia.
—No. Me doy por vencida. ¿Cuál es la solución?
—No tengo la menor idea —dijo el Sombrerero.
—Ni yo —dijo la Liebre de Marzo. Alicia suspiró fastidiada.
—Creo que ustedes podrían encontrar mejor manera de matar el tiempo —dijo— que ir proponiendo adivinanzas sin solución.
—Si conocieras al Tiempo tan bien como lo conozco yo —dijo el Sombrerero—, no hablarías de matarlo. ¡El Tiempo es todo un personaje!
—No sé lo que usted quiere decir —protestó Alicia.
—¡Claro que no lo sabes! —dijo el Sombrerero, arrugando la nariz en un gesto de desprecio—. ¡Estoy seguro de que ni siquiera has hablado nunca con el Tiempo!
—Creo que no —respondió Alicia con cautela—. Pero en la clase de música tengo que marcar el tiempo con palmadas.
—¡Ah, eso lo explica todo! —dijo el Sombrerero—. El Tiempo no tolera que le den palmadas. En cambio, si estuvieras en buenas relaciones con él, haría todo lo que tú quisieras con el reloj. Por ejemplo, supón que son las nueve de la mañana, justo la hora de empezar las clases, pues no tendrías más que susurrarle al Tiempo tu deseo y el Tiempo en un abrir y cerrar de ojos haría girar las agujas de tu reloj. ¡La una y media! ¡Hora de comer! (“¡Cómo me gustaría que lo fuera ahora!”, se dijo la Liebre de Marzo para síen un susurro.)

El beso de buenas noches no volverá


Boy and Moon
(sin fechar). Edward Hopper

Mi padre me negaba constantemente permisos que se me habían consentido en los pactos más generosos otorgados por mi madre y por la abuela, porque él no se preocupaba de los «principios» y con él no existía el «Derecho de gentes». Por un motivo totalmente circunstancial, o, incluso sin motivo, en el último momento me anulaba determinado paseo tan habitual, tan consagrado que era imposible privarme de él sin perjurio, o bien, como había hecho aquella misma noche, mucho antes de la hora ritual me decía: «Vamos, sube a acostarte, sin explicaciones». Pero, como no tenía principios (en el sentido de la abuela), propiamente hablando tampoco era intransigente. Me miró un instante con aire atónito y enojado, y luego, cuando mamá le explicó con unas cuantas palabras confusas lo que había ocurrido, le dijo: «Pues vete entonces con él, ya que según decías hace un momento no tienes ganas de dormir, quédate un rato en su cuarto, no necesito nada.

- Pero, querido, -respondió tímidamente mi madre-, tenga o no tengas ganas de dormir, eso no cambia nada, no se puede acostumbrar a este niño... 

- No se trata de acostumbrar -dijo mi padre, encogiéndose de hombros-, ya ves que el pequeño sufre, parece desolado el pobre niño; ¡vamos, no somos verdugos! Si por tu culpa se pone malo, no adelantas nada. Como hay dos camas en su cuarto, dile a Françoise que te prepare la grande y por esta noche acuéstate a su lado. Venga, buena, noches, yo que no soy tan nervioso como vosotros, voy a acostarme».

¿Quién aleja el tiempo de la felicidad?


Dalias: El jardín de Gennevilliers
(1895). Gustave Caillebotte


El día siguiente se hizo interminable. Emma se paseó por el jardincillo, recorrió una vez y otra los mismos senderos, se paró delante de los arriates, delante del emparrado, delante de la estatuilla del cura de escayola, y contemplaba atónita todas aquellas cosas de antes, que se sabía de memoria. ¡Qué lejos le parecía ya lo del baile! Y ¿quién alejaba a tanta distancia la mañana de anteayer, apartándola así de la tarde de hoy? El viaje a La Vaubyessard había abierto una zanja en su vida, a la manera de esas grandes grietas que en una sola noche cava a veces la tormenta en las montañas. Pero acabó por resignarse: guardó en la cómoda devotamente su precioso atavío y los zapatitos de raso cuya suela se había amarilleado al frotarse contra el suelo encerado y resbaladizo. Su corazón era como aquellos zapatos: al frotarse con la riqueza se le había pegado por debajo algo cuya huella jamás desaparecería ya.

Sociedades que desaparecen con el tiempo


Portraits à la campagne (1876). Gustave Caillebotte

¡Cuántas cosas acaban en este mundo como los amores de mi tía!, ¡tururú!

Mi abuela confiaba a su hermana los quehaceres de la casa. Comía a las once de la mañana, hacía la siesta; a la una se despertaba; la llevaban a las terrazas inferiores del jardín, bajo los sauces de la fuente, donde hacía calceta, rodeada de su hermana, de sus hijos y nietos. En aquel tiempo, la vejez era una dignidad; hoy es una carga. A las cuatro, volvían a llevar a mi abuela a su salón; Pierre, el criado, preparaba una mesa de juego; mademoiselle de Boisteilleul golpeaba las tenazas contra la plancha de la chimenea, e instantes después se veía entrar a otras tres viejas solteronas que salían de la casa vecina a la llamada de mi tía. Estas tres hermanas eran conocidas como las señoritas Vildéneux; hijas de un noble empobrecido, en vez de repartirse su exigua herencia, habían optado por disfrutarla en común, sin haberse separado nunca ni haber salido jamás de su pueblo natal. Unidas desde su infancia a mi abuela, vivían puerta con puerta e iban todos los días, a la señal convenida de la chimenea, a echar la partida de cuatrillo con su amiga. Apenas comenzado el juego, las buenas señoras se peleaban: éste era el único acontecimiento de sus vidas, el único momento en que su humor invariable se veía alterado. La cena, a las ocho, traía de nuevo la serenidad. Mi tío De Bedée, con su hijo y sus tres hijas, asistía a menudo a la cena de la abuela. Ésta contaba mil historias de los viejos tiempos; mi tío, a su vez, relataba la batalla de Fontenoy, en la que había tomado parte, y ponía el broche final a sus jactancias con historias un tanto subidas de tono que hacían morirse de risa a las honestas señoritas. A las nueve, una vez terminada la cena, entraban los criados; se arrodillaban, y mademoiselle de Boisteilleul decía la plegaria en voz alta. A las diez, todos en la casa dormían, a excepción de mi abuela, que le pedía a su doncella que le leyera hasta la una de la noche.

Coplas por la muerte de su padre


Caronte cruza la Laguna Estigia (1510), de Joachim Patinar. La parte izquierda representa el cielo y la derecha, el infierno. En la barca de Caronte hay un personaje pequeño y que representa el alma de un pecador que mira con miedo hacia el infierno, adonde parece dirigirse la barca.

I
Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando;
cuán presto se va el placer;
cómo después de acordado
da dolor;
cómo a nuestro parecer
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.

III
Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir:
allí van los señoríos,
derechos a se acabar
y consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
y más chicos;
y llegados, son iguales
los que viven por sus manos
y los ricos.

El tiempo y el amor perdidos



La llanura Briard (1871-78). Gustave Cailllebotte

El padre de Emma quiso que fueran en su carricoche y él mismo los acompañó hasta Vassonville. Allí abrazó a su hija por última vez, se apeó y emprendió el camino de regreso. Se detuvo a unos cien pasos y, mirando alejarse el carricoche con las ruedas levantando nubes de polvo, lanzó un profundo suspiro. Empezó a acordarse de su propia boda, de aquel tiempo lejano, del primer embarazo de su mujer. También él estaba muy ufano el día en que la sacó de casa de su padre para llevársela a la suya. Iban los dos montados a caballo, ella a la grupa, trotando sobre la nieve, porque eran vísperas de Navidad y el campo estaba completamente blanco. Ella se sujetaba a él con un brazo y en el otro llevaba su cesta; el viento le agitaba los encajes de su tocado regional, que a veces le rozaban a él la boca. Y si volvía la cabeza, la veía allí, tan cerca, apoyando en su hombros aquella carita sonrosada que le sonreía en silencio bajo el bonete dorado. De vez en cuando, para calentarse un poco los dedos, se los metía a él por entre el pecho. ¡Qué antiguo era ya todo aquello! Treinta años habría cumplido ahora su hijo. Y en ese momento miró hacia atrás y ya no vio nada en el camino. Se sintió triste como una casa de la que se han llevado los muebles, y en su mente, nublada por los vapores del jolgorio, los recuerdos dulces se entremezclaban con las ideas negras, así que le dieron ganas de ir a darse una vuelta por la iglesia. Pero tuvo miedo de que aquella visita le pusiera más triste todavía, de manera que se volvió directamente a casa.


Págs. 32 y 33. Madame Bovary (1856). Gustave Flaubert. EL MUNDO, Biblioteca Millenium.

¿Cómo sobrevivir a un hijo?


Inicio de la película El turista accidental (1988), de Lawrence Kasdan

-¡Macon! ¿Qué haces aquí? Él le entregó la carta.
Ella la cogió y la abrió con ambas manos [...]. Leyó y luego levantó la vista hacia él.
Macon vio que lo había hecho todo mal.
-El año pasado -dijo- perdí... sufrí una .. pérdida, sí, perdí a mi...
Ella continuó mirándolo a la cara.

-Perdí a mi hijo -concluyó Macon-. Estaba... fue a una hamburguesería y entonces... llegó un atracador y le disparó. ¡No puedo ir a cenar con gente! ¡No puedo dar conversación a sus niños! No insistas. No quiero ser brusco contigo, pero es que no me siento con fuerzas, ¿entiendes?

Y si los muertos envejeciesen...


Imagen de los años 50.

Y si los muertos envejeciesen, ¿no sería una consuelo? Pensar en Ethan haciéndose mayor en el cielo -con catorce años ahora en vez de doce- mitigaba un poco la pena. Ah, era su inmunidad al paso del tiempo lo que daba tanta congoja de los muertos. (Mira, por ejemplo, al marido que muere joven y la esposa que envejece sin él; qué tristeza imaginar al marido que regresa y la encuentra tan cambiada.) Macon miró por la ventanilla, meditando la idea. Sintió una especie de impulso interior, como una corriente hacia adelante. La verdadera aventura, pensó, es el fluir del tiempo; hay en ello tanta aventura como se pueda desear. Y si imaginaba a Ethan formando parte de ese fluir -en algún otro lugar, por inalcanzable que fuese-, creía poder ser capaz de soportarlo, después de todo.


Págs. 462-463. El turista accidental (1985). Anne Tyler. Punto de Lectura.

¿Cómo aceptar la muerte de un ser querido?


Arado de campo (1820-30), Caspar David Friedrich.

Cuando perdí a mi mujer, que en paz descanse, me iba a andar por el campo para estar completamente solo. Me echaba al pie de un árbol, lloraba, clamaba a Dios y le decía tonterías, hubiera querido ser un topo, estar cubierto de gusanos, morirme, en una palabra. Y cuando me acordaba de que otros, en aquel mismo momento, estarían con sus mujercitas y las tendrían abrazadas contra su pecho, me ponía a dar golpes en el suelo con el bastón; estuve a punto de volverme loco, ni ganas de comer tenía, no se lo podrá creer, pero la sola idea de ir al café me horrorizaba. Pues bueno, poquito a poco, un día detrás de otro, primavera tras invierno y otoño tras verano, aquello se fue pasando gota a gota, grano a grano; se ha disipado, ha cesado, o mejor dicho, ha decrecido, porque queda algo siempre, claro, ahí en el fondo, no sé cómo decirle, una especie de peso aquí encima del pecho. Pero ya sé que ésa ha de ser la suerte de todos, y tampoco hay que entregarse a la desesperación ni desear uno morirse porque se mueran los demás... [...] Se fue acordando cada vez menos, a medida que se iba habituando a vivir solo. El nuevo incentivo de la independencia pronto le hizo más soportable la soledad. Ahora podía comer a las horas que quería, entrar y salir sin dar cuentas a nadie, y cuando estaba muy cansado, tenderse en la cama cuan largo era con todo el sitio para él. Se mimaba a sí mismo, se daba la buena vida y aceptaba todos los consuelos que recibía.


Págs. 24-25. Madame Bovary (1856). Gustave Flaubert. EL MUNDO, Biblioteca Millenium.