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Imagen del gueto de Varsovia (Polonia). |
Ania se despide de su
hijo Vitia desde un gueto ucraniano durante la Segunda Guerra Mundial.
Vitia, estoy segura de que mi carta te llegará, a pesar de
que estoy detrás de la línea del frente y detrás de las alambradas del gueto
judío. Yo no recibiré tu respuesta, puesto que ya no estaré en este mundo.
Quiero que sepas lo que han sido mis últimos días; con este pensamiento me será
más fácil dejar esta vida.
Es difícil,
Vitia, comprender realmente a los hombres... Los alemanes irrumpieron en la
ciudad el 7 de julio. En el parque la radio transmitía las noticias de última
hora. Salía de la policlínica, después de las consultas, y me detuve a escuchar
a la locutora, que leía en ucraniano un boletín sobre los últimos combates. Oí
un tiroteo a lo lejos. Luego algunas personas cruzaron corriendo el parque.
Seguí mi camino a casa, sin dejar de sorprenderme por no haber oído la señal de
alarma aérea. De repente vi un tanque y alguien gritó: «¡Los alemanes están
aquí!».
«No siembre
el pánico», le advertí. La víspera había ido a ver al secretario del sóviet de
la ciudad y le había planteado la cuestión de la evacuación; él montó en
cólera: «Todavía es pronto para hablar de eso; no hemos comenzado siquiera a
redactar las listas». En unas pocas palabras, los alemanes habían llegado.
Aquella noche los vecinos se la pasaron yendo de una habitación a otra; los únicos
en mantener la calma éramos los niños y yo. Había tomado una decisión: que me
suceda lo que haya de suceder a los demás. Al principio tuve un miedo
espantoso; comprendí que no te volvería a ver, y me entraron unas ganas locas
de volver a verte, de besarte la frente, los ojos una vez más. Entonces me di
cuenta de la suerte que tenía de que estuvieras a salvo.
