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Aquí encontrarás una selección accidental de textos literarios pertenecientes a obras clásicas de la Literatura universal. Sin otro criterio que el gusto y el azar seguidos por el profesor de Lengua Rafael Bermúdez Ortiz, el alumnado tiene la oportunidad de acercarse a algunos de los títulos y autores más célebres del canon literario occidental mediante este catálogo de citas, páginas y recortes. Ojalá disfruten tanto como el autor de su lectura.
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El amor incondicional

Héctor Abad Gómez, autor de la epístola, con su hijo en brazos, Héctor Abad Faciolince.
"Mi adorado hijo: eso de las depresiones a tu edad es como más común de lo que parece. Yo recuerdo una muy fuerte en Minneapolis, Minnesota, cuando tenía unos veintiséis años y estuve a punto de quitarme la vida. Creo que el invierno, el frío, la falta de sol, para nosotros, seres tropicales, es un factor desencadenante. Y para decirte la verdad, eso de que de pronto desempaques aquí con tus maletas y dispuesto a mandar todo lo europeo para un carajo, nos pone a tu mamá y a mí en el colmo de la felicidad. Tú tienes más que ganado lo equivalente a cualquier 'título' universitario y tu tiempo lo has empleado tan bien en formarte cultural y personalmente que si te aburres en la universidad es apenas natural. Cualquier cosa que tú hagas de aquí en adelante, si escribes o no escribes, si te titulas o no titulas, si trabajas en la empresa de tu mamá, o en El Mundo o en La Inés, o dando clases en un colegio de Secundaria, o dictando conferencias como Estanislao Zuleta, o como psicoanalista de tus padres, hermanos y parientes, o siendo simplemente Héctor Abad Faciolince, estará bien; lo que importa es que no vayas a dejar de ser lo que has sido hasta ahora, una persona, que simplemente por el hecho de ser como es, no por lo que escriba o no escriba, o porque brille o porque figure, sino porque es como es, se ha ganado el cariño, el respeto, la aceptación, la confianza, el amor, de una gran mayoría de los que te conocen. Así queremos seguir viéndote, no como futuro gran escritor, o periodista o comunicador o profesor o poeta, sino como el hijo, el hermano, el pariente, el amigo, el humanista que entiende a los demás y que no aspira a ser entendido. Qué más da lo que crean de ti, qué más da el oropel, para los que sabemos quién eres tú.

Por Dios, nuestro querido Quinquín, cómo vas a pensar que 'te sostenemos' [...] porque 'ese muchacho puede llegar lejos'. Pero si es que ya has llegado muy lejos, más lejos que todos nuestros sueños, mejor que todo lo que imaginábamos para cualquiera de nuestros hijos.

Tú sabes muy bien que las ambiciones de mamá y yo no son de gloria, ni de dinero, ni siquiera de felicidad, esa palabra que suena tan lindo pero que se alcanza tan pocas veces y apenas por períodos tan cortos (y que tal vez por eso mismo se aprecia tanto), para todos nuestros hijos, sino que por lo menos adquieran bienestar, esa palabra más sólida, más perdurable, más posible, más alcanzable [...] Lo que nosotros queremos es que tú vivas. Y vivir significa muchas mejores cosas que ser famoso, alcanzar títulos o ganar premios. [...] Yo creo que las cosas son así de simples, después de darles tantas vueltas y de complicarlas tanto. Hay que matar esos amores a cosas tan etéreas como la fama, la gloria, el éxito...

Bueno, mi Quinquín, ya sabes lo que pienso de ti y tu futuro. No tienes por qué angustiarte. Vas muy bien y vas a ir mejor. Cada año mejor, y cuando llegues a mi edad o a la edad de tu abuelo y puedas disfrutar de los paisajes de esta parcela de La Inés que pienso dejarles a ustedes, con sol, con calor, con verdor, vas a ver que yo tenía razón. No aguantes más allá de lo que te creas capaz. Si quieres volver te recibiremos con los brazos abiertos. Y si te arrepientes y quieres regresar otra vez, tampoco nos faltará con qué comprarte el pasaje de ida y regreso. Sin que te olvides nunca que el más importante es este último. Te besa tu padre".


El olvido que seremos, Héctor Abad Faciolince. Seix Barral

La magdalena de Proust


El Museo de Proust que puede visitarse en la casa de su tía Léonie, donde el niño pasaba los veranos que luego evocó en su obra maestra, incluye esta mesita con los objetos descritos por el escritor en este pasaje.

Hacía ya muchos años que, de Combray, cuanto no fuera el teatro y el drama de acostarme había dejado de existir para mí, cuando un día de invierno, al volver a casa, mi madre, viendo que yo tenía frío, me propuso tomar, contra mi costumbre, un poco de té. Me negué al principio pero, no sé por qué, cambié de idea. Mandó a buscar uno de esos bollos cortos y rollizos llamados pequeñas magdalenas que parecen haber sido moldeados dentro de la valva acanalada de una vieira. Y acto seguido, maquinalmente, abrumado por aquella jornada sombría y la perspectiva de un triste día siguiente, me llevé a los labios una cucharilla de té donde había dejado empaparse un trozo de magdalena. Pero en el instante mismo en que el trago mezclado con migas del bollo tocó mi paladar, me estremecí, atento a algo extraordinario que dentro de mí se producía. Un placer delicioso me había invadido, aislado, sin que tuviese la noción de su causa. De improviso se me habían vuelto indiferentes las vicisitudes de la vida, inofensivos sus desastres, ilusoria su brevedad, de la misma forma que opera el amor, colmándome de una esencia preciosa; o mejor dicho, aquella esencia no estaba en mí, era yo mismo. Había dejado de sentirme mediocre, contingente, mortal. ¿De dónde había podido venirme aquel gozo tan potente? Lo sentía unido al sabor del té y del bollo, pero lo superaba infinitamente, no debía de ser de igual naturaleza. ¿De dónde venía? ¿Qué significaba? ¿Dónde cogerlo? Bebo un segundo sorbo donde no encuentro más que en el primero, un tercero que me aporta algo menos que el segundo. Es tiempo de parar, la virtud del brebaje parece disminuir. Es evidente que la verdad que busco no está en él, sino en mí. La ha despertado, pero no la conoce, y lo único que puede hacer es repetir indefinidamente, cada vez con menos fuerza, ese mismo testimonio que no sé interpretar y que quisiera al menos poder pedirle otra vez y encontrar intacto, a mi disposición dentro de poco, para un esclarecimiento decisivo. Dejo la taza y me vuelvo hacia mi espíritu. Es él quien debe hallar la verdad. Pero ¿cómo? Grave incertidumbre cada vez que el espíritu se siente superado por sí mismo, cuando él, el buscador, es juntamente el país oscuro donde debe buscar y donde todo su bagaje no ha de servirle para nada. ¿Buscar? Más aún: crear. Está frente a algo que todavía no existe y a lo que sólo él puede dar realidad, y luego hacerlo entrar en su luz.



Habitación de Marcel Proust en la casa de su tía en Combray. En ella pasó los veranos de su infancia que luego describió en su obra maestra En busca del tiempo perdido (1913). Obsérvese la magdalena sobre la mesilla de noche.
Pág. 43. Por el camino de Swann (1913). Marcel Proust. Valdemar.

Un baile bajo las estrellas


Marcello Mastroianni interpretó el personaje de Pereira en la película dirigida por Roberto Faena en 1995

Marta se quitó el sombrero y lo dejó sobre la mesa. Del sombrero salió una cascada de cabellos castaños con reflejos pelirrojos, sostiene Pereira, parecía tener algún año más que su compañero, veintiséis o veintisiete años quizá, de modo que le preguntó: y usted ¿a qué se dedica? Escribo cartas comerciales para una empresa de exportación e importación, respondió Marta, trabajo sólo por las mañanas, así que por la tarde puedo leer, pasear y ver de vez en cuando a Monteiro Rossi. Pereira sostiene que le pareció extraño que ella llamara al joven Monteiro Rossi por sus apellidos, como si fueran solamente colegas de trabajo, de todas formas no objetó nada y cambiando de tema dijo, por decir algo: Pensaba que era usted de las juventudes salazaristas. ¿Y usted?, replicó Marta. Bueno, dijo Pereira, mi juventud hace ya bastante que se esfumó, en lo que se refiere a la política, aparte de que no me interesa mucho, no me gustan las personas fanáticas, me parece que el mundo está lleno de fanáticos. Hay que distinguir entre fanatismo y fe, respondió Marta, porque uno puede tener ideales, por ejemplo que los hombres sean libres e iguales, e incluso hermanos; perdóneme, pero en el fondo me estoy limitando a recordar la revolución francesa, ¿cree usted en la revolución francesa? Teóricamente sí, respondió Pereira; y se arrepintió de ese teóricamente, porque hubiera querido decir: En la práctica, sí; pero en el fondo había dicho lo que pensaba. Y en aquel momento los viejecitos de la viola y la guitarra comenzaron a tocar un vals en fa, y Marta dijo: Señor Pereira, me gustaría bailar este vals con usted. Pereira se levantó, sostiene, le ofreció el brazo y la condujo hasta la pista de baile. Y bailó aquel vals casi con arrobamiento, como si su tripa y toda su carne hubieran desaparecido como por encanto. Y mientras tanto miraba al cielo por encima de los farolillos coloreados de la Praça da Alegria y se sintió minúsculo, confundido con el universo. Hay un hombre obeso y entrado en años que baila con una joven en una plaza cualquiera del universo, pensó, y entretanto los astros giran, el universo está en movimiento, y tal vez alguien nos esté mirando desde un observatorio infinito.

Págs. 25 y 26. Sostiene Pereira. Antonio Tabucchi. Anagrama


El día de visita a los presos


Compartimento C (1938). Edward Hopper

- Todas las visitas hacen lo posible por tener un buen aspecto, y es muy emocionante, preciosos, ver a las mujeres que se ponen lo mejor que tienen, quiero decir que incluso las viejas y las que son muy pobres también hacen todo cuando está en su mano por ir bien vestidas y oler bien, y están adorables. También me encantan los críos, sobre todo los negros. Me refiero a los que llevan las esposas. Puede parecer triste eso de ver a unos niños en un lugar así, pero no lo es, llevan cintas en el pelo y los zapatos relucientes de betún, casi parece que vayan a celebrar algo: y a veces el locutorio parece precisamente eso, una fiesta. En fin, que no es como en las películas, nada de sombríos murmullos a través de una reja. No hay rejas, sólo un mostrador que te separa de ellos, y dejan que las mujeres suban a los críos encima, para que ellos puedan darles un abrazo. Si quieres besar a alguien, basta con inclinarte hacia adelante. Lo que más me gusta es lo felices que son cuando vuelven a verse, tienen tantísimas cosas guardadas de las que hablar, no hay modo de aburrirse, se pasan el rato riendo y cogiéndose de las manos. Después es diferente -dijo-. Las veo en el tren. Se quedan sentadas, en silencio, viendo pasar el río. -Se estiró un mechón de pelo hasta metérselo en la boca, y empezó a mordisquearlo meditativamente-. No te dejo dormir. Anda, duérmete.


Págs. 25 y 26. Desayuno en Tiffany's. Truman Capote. Anagrama