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Aquí encontrarás una selección accidental de textos literarios pertenecientes a obras clásicas de la Literatura universal. Sin otro criterio que el gusto y el azar seguidos por el profesor de Lengua Rafael Bermúdez Ortiz, el alumnado tiene la oportunidad de acercarse a algunos de los títulos y autores más célebres del canon literario occidental mediante este catálogo de citas, páginas y recortes. Ojalá disfruten tanto como el autor de su lectura.
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Estupiñá


Tienda de ultramarinos en el Madrid del siglo XIX

En la tienda de Arnaiz, junto a la reja que da a la calle de San Cristóbal, hay actualmente tres sillas de madera curva de Viena, las cuales sucedieron hace años a un banco sin respaldo forrado de hule negro, y este banco tuvo por antecesor a un arcón o caja vacía. Aquélla era la sede de la inmemorial tertulia de la casa. No había tienda sin tertulia, como no podía haberla sin mostrador y santo tutelar. Era un servicio suplementario que el comercio prestaba a la sociedad en tiempos en que no existían casinos, pues, aunque había sociedades secretas y clubs y cafés más o menos patrióticos, la gran mayoría de los ciudadanos pacíficos no iba a ellos, prefiriendo charlas en las tiendas. […] La tienda se transformaba, pero la tertulia era la misma en el curso lento de los años. Unos habladores se iban y venían otros. […]

 

… Estupiñá no era un buen dependiente. Al despachar, entretenía demasiado a los parroquianos, y si le mandaban con un recado o comisión a la Aduana, tardaba tanto en volver, que muchas veces creyó don Bonifacio (su jefe) que le habían llevado preso. La singularidad de que teniendo Plácido estas mañas no pudieran los dueños de la tienda prescindir de él, se explica por la ciega confianza que inspiraba, pues estando él al cuidado de la tienda y de la caja, ya podían Arnaiz y su familia echarse a dormir. Era su fidelidad tan grande como su humildad, pues ya le podían reñir y decirle cuantas perrerías quisieran sin que se incomodase. Por esto sintió mucho Arnaiz que Estupiñá dejara la casa en 1837, cuando se le antojó establecerse con los dineros de una pequeña herencia. Su principal, que le conocía bien, hacía lúgubres profecías del porvenir comercial de Plácido trabajando por su cuenta.

 

Prometíaselas él muy felices en la tienda de bayetas y paños del Reino que estableció en la Plaza Mayor, junto a la panadería. No puso dependientes porque la cortedad del negocio no lo consentía; pero su tertulia fue la más animada y dicharachera de todo el barrio. Y ved aquí el secreto de lo poco que dio de sí el establecimiento y la justificación de los vaticinios de don Bonifacio. 

Al amor por la palabra


Fuego en el cuerpo
(1981), de Lawrence Kasdan


Las dos hermanas habían tenido ya sus experiencias amorosas cuando estalló la guerra y las obligaron a regresar a casa apresuradamente. Ninguna de las dos se había enamorado de un joven a menos que hubiese buena comunicación verbal. O sea, a menos que los dos se hubieran sentido profundamente interesados HABLÁNDOSE. La asombrosa, la honda, la increíble emoción consistía en conversar apasionadamente con algún joven en verdad inteligente, hora tras hora, y reanudar esa conversación día tras día durante meses…, ¡de esto no se habían dado cuante hasta que sucedió! Jamás se formuló la promesa paradisíaca: ¡Tendrás hombres con quienes hablar! Antes de que se diesen cuenta de lo maravillosa que era la promesa, se había cumplido ya.
 
Y si después de surgir la intimidad con estas discusiones vivas y animadas se hacía más o menos inevitable el acto sexual, entonces accedían. Ello marcaba el fin de un capítulo. Tenía su propia emoción también: era una emoción extraña, vibrante, dentro del cuerpo, un espasmo final de autoafirmación, como la última palabra, excitante y muy parecida a la fila de asteriscos que se pone para indicar el fin de un párrafo y un cambio de tema.


David Herbert Lawrence. El amante de Lady Chatterley