Bienvenidos

Aquí encontrarás una selección accidental de textos literarios pertenecientes a obras clásicas de la Literatura universal. Sin otro criterio que el gusto y el azar seguidos por el profesor de Lengua Rafael Bermúdez Ortiz, el alumnado tiene la oportunidad de acercarse a algunos de los títulos y autores más célebres del canon literario occidental mediante este catálogo de citas, páginas y recortes. Ojalá disfruten tanto como el autor de su lectura.
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El abeto que quería ser mayor


Felicitación navideña ilustrada por Walter M. Dunk en 1916

- ¡Oh, ojalá fuera un árbol grande como los otros! - suspiraba el pequeño abeto-. Entonces podría extender mis ramas alrededor de la copa y ver el ancho mundo. Los pájaros construirían nidos en mis ramas y, cuando soplara el viento, me inclinaría aristocráticamente, como los otros.

- ¡Alégrate de tu juventud! -dijeron los rayos del sol-. ¡Alégrate de tus frescos brotes, de la vida joven que hay en ti!

[...] Cuando llegó la Navidad, talaron muchos árboles jóvenes, árboles que muchas veces ni siquiera tenían el tamaño o la edad de este abeto que nunca estaba satisfecho y que estaba siempre queriendo marcharse. Aquellos árboles jóvenes, que eran los más bellos de todos, siempre conservaban sus ramas, los colocaban en unos carros y unos caballos se los llevaban del bosque.

- ¿Adónde van? -preguntó el abeto-. No son más grandes que yo, uno era incluso más pequeño, ¿por qué no les quitan las ramas? ¿Adónde los llevan?

- ¡Lo sabemos, lo sabemos! -gorjearon los gorriones-. Allá abajo en la ciudad miramos los cristales. ¡Sabemos dónde los llevan! ¡Oh, van hacia el brillo y el esplendor más grande que uno pueda imaginarse! Hemos mirado por las ventanas y hemos visto que los plantan en medio de la caliente sala y los adornan con las cosas más preciosas: manzanas doradas, pastelillos de miel, juguetes y muchos cientos de velas.

- ¿Y luego...? -preguntó el abeto, temblando en todas sus ramas-. ¿Y luego? ¿Qué pasa luego?

Tener o no tener


Póster de la película Mujercitas, de Mervyn LeRoy (1949)

Los Moffat eran gente realmente mundana, y la pobre Meg se sintió, en un primer momento, intimidada por la fastuosidad de la casa y la elegancia de sus inquilinos, pero como, a pesar de la vida frívola, eran personas muy amables, no tardaron mucho en conseguir que su huésped se sintiera cómoda. Quizá Meg intuyó, sin comprenderlo del todo, que no eran personas excesivamente cultas e inteligentes, y que debajo de tanto adorno, había gente hecha del mismo material corriente que todos. Era ciertamente agradable darse un banquete, pasear en coche, ponerse sus mejores galas todos los días y no hacer nada más que divertirse. Estas cosas iban a la perfección con su carácter y pronto empezó a imitar la manera de hablar y los modales de su nuevas compañías: a darse tono y usar frases en francés, a rizarse el pelo, ajustarse los trajes y a hablar, en cuanto tenía ocasión, de lo que estaba o no de moda. Y cuanto más veía las cosas bonitas de Annie Moffat, más la envidiaba y suspiraba por ser rica. Ahora, cuando pensaba en su casa, le parecía desnuda y triste, y el trabajo, más difícil que nunca. Se sentía desamparada y dolida, a pesar de sus dos pares de guantes y sus medias de seda.

No olvidarán

Nuestra vanidad concede una importancia excesiva al papel que desempeñamos en el mundo. El burgués de París se ríe del burgués de una pequeña ciudad; el noble de la corte se burla del noble de provincias; el hombre conocido desdeña al hombre ignorado, sin pensar que el tiempo hace justicia por igual a sus pretensiones, y que son todos igualmente ridículos o indiferentes a los ojos de las generaciones que se suceden.


Págs. 70. Memorias de ultratumba (1848). Chateubriand. Editorial Acantilado

¿Qué seríamos sin la memoria?


Escritorio de Chateaubriand en La Vallée-Aux-Loups.

Me he visto obligado a pararme: mi corazón latía hasta el punto de desplazar la mesa en que escribo. Los recuerdos que se despiertan en mi memoria me abruman con su fuerza y tumultuosidad: y, sin embargo, ¿qué son para el resto de la gente? (Pág. 59) […] Una cosa me humilla: la memoria es a menudo un rasgo distintivo de la necedad; es propia generalmente de los espíritus lerdos, a los que vuelve más pesados aún por el bagaje con que los sobrecarga. Y ello no obstante, ¿qué seríamos sin la memoria? Olvidaríamos nuestras amistades nuestros amores, nuestros placeres, nuestras ocupaciones; el genio no podría reunir sus ideas; el corazón más afectuoso perdería su ternura si dejara de recordar; nuestra existencia se vería reducida a los momentos sucesivos de un presente que discurre sin cesar; no habría ya pasado. ¡Oh, miserables de nosotros! Tan vana es nuestra vida que no es más que un reflejo de nuestra memoria.


Págs. 68. Memorias de ultratumba (1848). Chateubriand. Editorial Acantilado