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Aquí encontrarás una selección accidental de textos literarios pertenecientes a obras clásicas de la Literatura universal. Sin otro criterio que el gusto y el azar seguidos por el profesor de Lengua Rafael Bermúdez Ortiz, el alumnado tiene la oportunidad de acercarse a algunos de los títulos y autores más célebres del canon literario occidental mediante este catálogo de citas, páginas y recortes. Ojalá disfruten tanto como el autor de su lectura.
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Así empieza la guerra


Visita de la infanta Isabel de Borbón al balneario gallego de Mondariz en 1914

El verano de 1914 seguiría siendo igualmente inolvidable sin el cataclismo que descendió sobre tierra europea, porque pocas veces he vivido un verano tan exuberante, hermoso y casi diría... veraniego. El cielo, de un azul sedoso noche y día; el aire, dulce y sensual; los prados, fragantes y cálidos; los bosques, oscuros y frondosos, con su joven verdor; todavía hoy, al pronunciar la palabra "verano", automáticamente me vienen a la memoria aquellos radiantes días de julio que pasé en Baden, cerca de Viena. Me había retirado a esa pequeña y romántica ciudad que con tanta frecuencia había escogido Beethoven como residencia veraniega, para concentrarme durante todo el mes en el trabajo y luego pasar el resto del verano con mi venerado amigo Verhaeren en una villa de Bélgica. En Baden no hace falta salir del núcleo urbano para disfrutar del paisaje. El hermoso bosque quebrado por colinas se interna imperceptiblemente entre las casas bajas estilo biedermeier que han conservado la sencillez y el encanto de los tiempos de Beethoven. Uno se puede sentar en las terrazas de los cafés y restaurantes que abundan por doquier, y siempre que quiera se pued emezclar con la alegre clientela de los balnearios que desfila en sus carruajes por el parque o se pierde por caminos solitarios.

Vicente Damián Rodríguez


Francisco de Goya. El 3 de mayo en Madrid o "Los fusilamientos"

Es una torre de hombre este Vicente Damián Rodríguez, que tiene treinta y cinco años, que carga bolsas en el puerto, que pesado y todo como es juega al fútbol, que guarda algo de infantil en su humanidad gritona y descontenta, que aspira a más de lo que puede, que tiene mala suerte, que terminará mordiendo el pasto de un potrero y pidiendo desesperado que lo maten, que terminen de matarlo, sorbiendo a grandes tragos la muerte que no acaba de inundarlo por los ridículos agujeros que le hacen las balas de los máuseres.

Hubiera querido ser algo en la vida Vicente Rodríguez. Está lleno de grandes ideas, de grandes ademanes, de grandes apalabras. Pero la vida es feroz con gente como él. Solamente ganarla será una permanente cuesta arriba. Y perderla, un interminable trámite.

Se ha casado, tiene tres chicos y los quiere, pero es claro, hay que darles de comer y mandarlos al colegio. Y esa casa pobrísima que alquila, rodeada de ese paredón sucio, con ese terreno inculto donde picotean las gallinas, no es lo que él imaginaba.

La sensación de poder que le dan sus músculos vigorosos nunca puede verla cabalmente trasladada al mundo objetivo. En alguna época, es cierto, actúa en su sindicato y hasta llega a delegado, pero luego todo eso se derrumba. Ya no hay sindicato ni hay delegado. Entonces comprende que él es nadie, que el mundo pertenece a los doctores. El signo de su derrota es muy claro. En su barrio hay un club, en el club una biblioteca. Acudirá allí, en busca de esa fuente milagrosa -los libros- de donde parece fluir el poder.

Operación Masacre. Rodolfo Walsh

El cine de los sábados


Cine de Nueva York (1939). Edward Hopper

Era tan emocionante entrar en el Midwood los sábados por la mañana, con las luces de la sala todavía encendidas, mientras una pequeña multitud compraba golosinas y hacía cola y algún disco popular sonaba en el fondo para evitar que los asistentes se amotinaran hasta que bajaran las luces... “I’ll get by” por Harry James. Los apliques tenían pantallas rojas, las molduras eran de bronce dorado, las moquetas eran rojas. Por fin, se apagaban las luces, se abría el telón y la pantalla plateada se iluminaba con un logotipo que te hacía salivar el corazón (…) Yo las veía todas: cada comedia, cada película de vaqueros, cada historia de amor, cada película de piratas, cada filme de guerra. 

Muchas décadas más tarde, mientras paseaba con Dick Cavett por una calle donde en otra época había una majestuosa sala de cine y en ese momento solo un espacio baldío, los dos nos quedamos contemplando aquel solar despojado y recordamos cómo, en otros tiempos, él y yo nos sentábamos en medio de aquel terreno y nos dejábamos transportar a ciudades extranjeras llenas de intriga, a desiertos rodeados de románticos beduinos, en barcos, en trincheras, a palacios y reservas indias. Pronto construirán allí un edificio de apartamentos, en el mismo sitio donde tiempo atrás habían demolido el Rick’s Café.

A propósito de nada. Woody Allen

Bajo el sol endémico de Sicilia

Paisaje desde las ruinas de Segesta. Sicilia, 2017. Rafael Bermúdez

La lluvia había llegado, la lluvia había vuelto a marcharse; y el sol se alzaba otra vez sobre su trono como un rey absoluto que las barricadas de sus súbditos han alejado durante una semana y luego regresa para seguir reinando, lleno de ira pero moderado por las normas constitucionales. El calor estimulaba sin quemar, la luz era violenta pero no mataba los colores, en la tierra brotaban tréboles y cautelosas mentas; en los rostros, inciertas esperanzas.

(…) Al príncipe, las jornadas de caza le deparaban un placer que no dependía tanto de la abundancia del botín como de una multitud de pequeños episodios. Nacía mientras se afeitaba en el cuarto aún en sombras y la luz de la vela confería un aire teatral a sus movimientos al proyectarlos sobre las arquitecturas pintadas en el techo: crecía mientras atravesaba los dormidos salones y, alumbrado por la llama vacilante, iba esquivando las mesas, donde, entre naipes en desorden, fichas y copas vacías, asomaba el caballo de espadas augurándole viriles hazañas; mientras recorría el jardín inmóvil bajo la luz gris y los primeros pájaros de la madrugada agitaban las plumas para sacudirse el rocío; mientras escapaba, en definitiva; luego salía al camino, inmaculado en la claridad del alba, e iba a reunirse con don Ciccio, quien, sonriendo entre los amarillentos bigotes, soltaba afectuosas maldiciones contra los perros, cada vez más excitados y con los músculos temblorosos bajo la piel suavísima; húmeda y transparente como un grano de uva sin hollejo; Venus brillaba y parecía estar oyendo el estrépito del carro solar que ya subía la cuesta al otro lado del horizonte; pronto alcanzaban los primeros rebaños, lentas mareas que pastores calzados con pieles iban guiando a pedradas, mientras la aurora ponía un halo de rosada suavidad en los vellones; después les tocaba dirimir oscuras disputas de precedencia entre los perros de los pastores y los quisquillosos sabuesos; una vez concluido ese intermedio ensordecedor, subían por una pendiente y de pronto desembocaban en el silencio primigenio de la Sicilia pastoril. Todo se volvía lejano, en el espacio y en el tiempo. […]


Luces de invierno


Fotograma de Fanny y Alexander (1982), film de Ingmar Bergman basado en sus recuerdos de infancia.

(...) Yo viví lo mejor de mi infancia en casa de mi abuela. Me trataba con áspera ternura e intuitiva comprensión. Habíamos creado, entre otras cosas, un ritual que ella jamás traicionó. Antes de la cena nos sentábamos en su sofá verde. Allí «dialogábamos» durante una hora más o menos. Abuela hablaba del Mundo, de la Vida y también de la Muerte (que ocupaba bastante mis pensamientos). Quería saber lo que yo pensaba, me escuchaba atentamente, se saltaba mis pequeñas mentiras o las apartaba con amable ironía. Me dejaba hablar como una persona auténtica, completamente real, sin disfraces. 

Nuestros «diálogos» están siempre envueltos en atardecer, confianza, noche invernal.

Un cinematógrafo por Navidad


Escena de Fanny y Alexander (1982), película autobiográfica dirigida por Ingmar Bergman.

La Navidad era una explosión de regocijo. Mi madre dirigía la fiesta con mano firme. Tuvo que haber habido una considerable organización detrás de aquella orgía de hospitalidad, comidas, parientes que llegaban, regalos y ceremonias religiosas.
            
En nuestra casa, la Nochebuena era un acontecimiento bastante tranquilo que empezaba con la oración de Navidad en la iglesia a las cinco y seguía luego con una comida alegre, pero mesurada. Después se iluminaba el árbol, se leía el evangelio de Navidad y nos íbamos pronto a la cama porque teníamos que levantarnos a tiempo para la misa del alba que en aquella época era de verdad al alba. No se repartía ningún regalo, pero la noche era animada, un prólogo excitante de los festejos del día de Navidad. Para entonces mi padre ya había cumplido sus obligaciones profesionales y cambiaba la sotana por el batín. Solía desplegar su mejor humor y pronunciaba un improvisado discurso en verso para los invitados, cantaba canciones especialmente compuestas para la fiesta, brindaba con aguardiente, imitaba a sus colegas y hacía reír a todo el mundo. A veces pienso en su alegre ligereza, su despreocupación, su ternura, su amabilidad, su temeridad. Pienso en todo aquello que las tinieblas, la pesadez, la brutalidad y el distanciamiento borraron con tanta facilidad. Creo que muchas veces he sido muy injusto con mi padre en mis recuerdos.

La calle Singleton


Snow route, Williamsburg (2014). Luis Pérez

Al conducir por el laberinto de calles oscuras y sucias del sur de la ciudad, Macon se preguntó cómo podía Muriel sentirse segura viviendo en esos barrios. Había demasiados callejones lóbregos, huecos de escalera llenos de basura y portales cubiertos de jirones de carteles. Los comercios, cerrados con rejas, ofrecían unos servicios sospechosos en rótulos ineptamente escritos: PAGAMOS CHEQUES SIN HACER PREGUNTAS. IMPUESTO SOBRE LA RENTA DE TINY BUBBA. PINTAMOS COCHES EN EL DÍA. aun a esa hora avanzada de una fría noche de noviembre, había grupos de personas acechando en las sombras: hombres jóvenes que bebían de botellas envueltas en papel marrón, mujeres de mediana edad discutiendo bajo la marquesina de un cine que rezaba CERRADO.

Iniciación a la vida de Charles Bovary

En las hermosas noches de verano, cuando las calles tibias se vacían de transeúntes y los criados salen a jugar al volante a la puerta de las casas, abría la ventana y se asomaba, apoyado de codos sobre el alféizar. El río, que hace de ese barrio de Rouen una especie de vil Venecia en miniatura, discurría allí abajo, amarillo, violeta, azul, entre puentes y pretiles. Unos obreros, en cuclillas, se lavaban los brazos en sus márgenes. En unas pértigas que sobresalían en lo alto de las buhardillas se veían madejas de algodón tendidas a secar. Y enfrente, al otro lado de los tejados, se extendía el cielo puro con el sol encarnado ocultándose. ¡Qué bien se debía de estar allá! ¡Qué sensación de frescura en los bosques de hayas! Y ensanchaba las aletas de la nariz como para aspirar aquel buen olor del campo que no llegaba hasta allí.

Moon River


Escena de Desayuno con diamantes (1961, Blake Edwards), la versión cinematográfica del libro 
de Truman Capote y que estuvo protagonizada por la actriz Audrey Hepburn.
La banda sonora correspondió al músico Henry Mancini.

Pero si Miss Golightly no llegó a enterarse de mi existencia, excepto en mi calidad de práctico portero, a lo largo del aquel verano yo acabé convirtiéndome en todo una autoridad sobre la suya. Descubrí, observando la papelera que dejaba junto a su puerta, que sus lecturas normales eran la prensa popular, los folletos de viajes y las cartas astrales; que fumaba unos pitillos esotéricos de la marca Picayune; que sobrevivía base de requesón y tostaditas; que su cabello multicolor no era obra de la naturaleza. La misma fuente de información me permitió saber que recibía montones de cartas del frente. siempre estaban rotas a tiras alargadas, como registros. A veces me llevaba uno de esos registros para utilizarlos en mis lecturas. Recuerdo y te echo de menos y llueve y escribe, por favor, y maldita y condenada eran las palabras que más a menudo se repetían en esas tiras de papel; éstas, y soledad y re quiero.

La soledad de Ana Ozores


Le déjeuner (1876), de Gustave Caillebotte.

Ana Ozores no era de los que se resignaban. Todos los años, al oír las campanas doblar tristemente el día de los Santos, por la tarde, sentía una angustia nerviosa que encontraba pábulo en los objetos exteriores, y sobre todo en la perspectiva ideal de un invierno, de otro invierno húmedo, monótono, interminable, que empezaba con el clamor de aquellos bronces.
            
Aquel año la tristeza había aparecido a la hora de siempre.
            
Estaba Ana sola en el comedor. Sobre la mesa quedaban la cafetera de estaño, la taza y la copa en que había tomado café y anís don Víctor, que ya estaba en el Casino jugando al ajedrez. Sobre el platillo de la taza yacía medio puro apagado, cuya ceniza formaba repugnante amasijo impregnado del café frío derramado. Todo esto miraba la Regenta con pena, como si fuesen ruinas de un mundo. La insignificancia de aquellos objetos que contemplaba le partía el alma; se le figuraba que eran símbolo del universo, que era así, ceniza, frialdad, un cigarro abandonado a la mitad por el hastío del fumador. Además, pensaba en el marido incapaz de fumar un puro entero y de querer por entero a una mujer. Ella era también como aquel cigarro, una cosa que no había servido para uno y que ya no podía servir para otro. […]

Aquellas tardes con Edward


Además, Edward no era un mal perro, en el fondo; sólo un poco revoltoso. Era simpático, le tenía cariño a Macon y lo seguía a todas partes. Tenía en la frente un surco en forma de uve doble que le daba un aire circunspecto. Sus grandes orejas, puntiagudas y aterciopeladas, parecían más expresivas que las de otros perros; cuando estaba contento le sobresalían a ambos lados de la cabeza como las alas de un avión. Su olor era sorprendentemente agradable, el olor dulzón que toma un jersey favorito cuando se ha guardado en un cajón sin antes lavarlo.

Y había sido de Ethan.

El tiempo y el amor perdidos



La llanura Briard (1871-78). Gustave Cailllebotte

El padre de Emma quiso que fueran en su carricoche y él mismo los acompañó hasta Vassonville. Allí abrazó a su hija por última vez, se apeó y emprendió el camino de regreso. Se detuvo a unos cien pasos y, mirando alejarse el carricoche con las ruedas levantando nubes de polvo, lanzó un profundo suspiro. Empezó a acordarse de su propia boda, de aquel tiempo lejano, del primer embarazo de su mujer. También él estaba muy ufano el día en que la sacó de casa de su padre para llevársela a la suya. Iban los dos montados a caballo, ella a la grupa, trotando sobre la nieve, porque eran vísperas de Navidad y el campo estaba completamente blanco. Ella se sujetaba a él con un brazo y en el otro llevaba su cesta; el viento le agitaba los encajes de su tocado regional, que a veces le rozaban a él la boca. Y si volvía la cabeza, la veía allí, tan cerca, apoyando en su hombros aquella carita sonrosada que le sonreía en silencio bajo el bonete dorado. De vez en cuando, para calentarse un poco los dedos, se los metía a él por entre el pecho. ¡Qué antiguo era ya todo aquello! Treinta años habría cumplido ahora su hijo. Y en ese momento miró hacia atrás y ya no vio nada en el camino. Se sintió triste como una casa de la que se han llevado los muebles, y en su mente, nublada por los vapores del jolgorio, los recuerdos dulces se entremezclaban con las ideas negras, así que le dieron ganas de ir a darse una vuelta por la iglesia. Pero tuvo miedo de que aquella visita le pusiera más triste todavía, de manera que se volvió directamente a casa.


Págs. 32 y 33. Madame Bovary (1856). Gustave Flaubert. EL MUNDO, Biblioteca Millenium.

La muerte da sentido a la vida


Panorámica del barrio de Alfama, en Lisboa (Portugal).

Sostiene Pereira que le conoció un día de verano. Una magnífica jornada veraniega, soleada y aireada, y Lisboa resplandecía. Parece que Pereira se hallaba en la redacción, sin saber qué hacer, el director estaba de vacaciones, él se encontraba en el aprieto de organizar la página cultural, porque el Lisboa contaba ya con una página cultural, y se la habían encomendado a él. Y él, Pereira, reflexionaba sobre la muerte. En aquel hermoso día de verano, con aquella brisa atlántica que acariciaba las copas de los árboles y un sol resplandeciente, y con una ciudad que refulgía, que literalmente refulgía bajo su ventana, y un azul, un azul nunca visto, sostiene Pereira, de una nitidez que casi hería los ojos, él se puso a pensar en la muerte. ¿Por qué? Eso, a Pereira le resulta imposible decirlo. Sería porque su padre, cuando él era pequeño, tenía una agencia de pompas fúnebres que se llamaba Pereira La Dolorosa, sería porque su mujer había muerto de tisis unos años antes, sería porque él estaba gordo, sufría del corazón y tenía la presión alta, y el médico le había dicho que de seguir así no duraría mucho, pero el hecho es que Pereira se puso a pensar en la muerte, sostiene. Y por casualidad, por pura casualidad, se puso a hojear una revista. Era una revista literaria pero que tenía una sección de filosofía. Una revista de vanguardia quizá, de eso Pereira no está seguro, pero que contaba con muchos colaboradores católicos. Y Pereira era católico, o al menos en aquel momento se sentía católico, un buen católico, pero en una cosa no conseguía creer, en la resurrección de la carne. En el alma, sí, claro, porque estaba seguro de poseer un alma, pero toda su carne, aquella chicha que circundaba su alma, pues bien, eso no, no volvería a renacer, y además ¿para qué?, se preguntaba Pereira. Todo aquel sebo que le acompañaba diariamente, el sudor, el jadeo al subir las escaleras, ¿para qué iban a renacer? No, no quería nada de aquello en la otra vida, para toda la eternidad, Pereira, y no quería creer en la resurrección de la carne. Así que se puso a hojear aquella revista, con indolencia, porque se estaba aburriendo, sostiene, y encontró un artículo que decía: «La siguiente reflexión acerca de la muerte procede de una tesina leía el mes pasado en la Universidad de Lisboa. Su autor es Francisco Monteiro Rossi, que se ha licenciado en filosofía con las más altas calificaciones; se trata únicamente de un fragmento de su ensayo, aunque quizá colabore nuevamente en el futuro con nosotros».

Enamorarse del misterio



Fotograma de Las vírgenes suicidas (1999), película dirigida por Sofía Coppola.

Ellos se habían conocido en una fiesta. Los dos tenían entonces diecisiete años. Era una especie de reunión de camaradería que agrupaba a jóvenes de diversos centros de enseñanza. Incluso a esa edad a Macon ya le desagradaban las fiestas, pero como secretamente estaba deseando enamorarse, había asistido a ésa, aunque luego se había quedado apartado en un rincón, con aire indiferente -eso esperaba-, bebiendo a sorbos su ginger ale. Era en 1958. El resto de los presentes iba con camisas de cuello abotonado, pero Macon llevaba un jersey negro de cuello alto, pantalones negros y sandalias. (Estaba pasando por su fase de poeta.) Y Sarah, una chica burbujeante con un cabello rizado castaño cobrizo, una cara redonda, grandes ojos azules, un labio inferior carnoso... Sarah vestía algo color de rosa, recordaba él, que daba un tono radiante a su piel. Estaba rodeada de un círculo de admiradores. Era baja, de figura armoniosa, y había cierta valentía en la forma en que se tenía firmemente sobre sus menudas pantorrillas bronceadas, como decidida a no dejarse intimidar por aquel rebaño gigante de estrellas del baloncesto y del fútbol. Macon renunció a ella en el acto. No, ni siquiera eso... , ni siquiera se planteó por un momento posibilidad alguna, sino que miró tras ella, hacia otras chicas más asequibles. Así que tuvo que ser Sarah la que diese el primer laso. Se acercó a él y le preguntó por qué se daba aquellos aires de superioridad.

La casa que soy


Desde el puente de Williamsburg (1928). Edward Hopper.

Siempre me siento atraído por los lugares en donde he vivido, por las casas y los barrios. Por ejemplo, hay un edificio de roja piedra arenisca en la zona de las Setenta Este donde, durante los primeros años de la guerra, tuve mi primer apartamento neoyorquino. Era una sola habitación atestada de muebles de trastero, un sofá y unas obesas butacas tapizadas de ese especial y rasposo terciopelo rojo que solemos asociar a los trenes en día caluroso. Tenía las paredes estucadas, de un color tirando a esputo de tabaco mascado. Por todas partes, incluso en el baño, había grabados de ruinas romanas que el tiempo había salpicado de pardas manchas. La única ventana daba a la escalera de incendios. A pesar de estos inconvenientes, me embargaba una tremenda alegría cada vez que notaba en el bolsillo la llave de este apartamento; por muy sombrío que fuese, era, de todos modos, mi casa, mía y de nadie más, y la primera, y tenía allí mis libros, y botes llenos de lápices por afilar, todo cuanto necesitaba, o eso me parecía, para convertirme en el escritor que quería ser.


Pág. 9. Desayuno en Tiffany's (1958). Truman Capote. Anagrama

Oda a la vida retirada


Joachim Patinir. Paisaje con san Jerónimo (1516-17)

¡Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruïdo,
y sigue la escondida
senda, por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido;

Que no le enturbia el pecho
de los soberbios grandes el estado,
ni del dorado techo
se admira, fabricado
del sabio Moro, en jaspe sustentado!

No cura si la fama canta
con voz su nombre pregonera
no cura si encarama
la lengua lisonjera
lo que condena la verdad sincera.

¿Qué presta a mi contento
si soy del vano dedo señalado;
si, en busca de este viento,
ando desalentado,
con ansias vivas, con mortal cuidado?

¡Oh monte, oh fuente, oh río!
¡Oh secreto seguro, deleitoso!
Roto casi el navío,
a vuestro almo reposo
huyo de aqueste (este) mar tempestuoso.

Vetusta


La heroica ciudad dormía la siesta. El viento sur, caliente y perezoso, empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el Norte. En las calles no había más ruido que el rumor estridente de los remolinos de polvo, trapos, pajas y papeles que iban de arroyo en arroyo, de acera en acera, de esquina en esquina revolando y persiguiéndose, como mariposas que se buscan y huyen y que el aire envuelve en sus pliegues invisibles. Cual turbas de pilluelos, aquellas migajas de la basura, aquellas sobras de todo se juntaban en un montón, parábanse como dormidas un momento y brincaban de nuevo sobresaltadas, dispersándose, trepando unas por las paredes hasta los cristales temblorosos de los faroles, otras hasta los carteles de papel mal pegado a las esquinas, y había pluma que llegaba a un tercer piso, y arenilla que se incrustaba para días, o para años, en la vidriera de un escaparate, agarrada a un plomo.

El banquete nupcial de Emma Bovary


Boda en Normandía.

El cortejo, compacto al iniciarse, como una cinta de color que iba serpenteando por el campo a lo largo del estrecho y sinuoso sendero entre los verdes trigales, pronto se fue estirando y se escindió en grupos diferentes que se iban quedando rezagados para charlar. En cabeza iba el músico tocando su violín con penachos de cimas rematadas por borlas; detrás iban los novios y los padres, los amigos campando por sus respetos, y a la zaga de rodas, los niños, que se entretenían arrancando campanillas de los sembrados o enzarzándose en peleas sin ser vistos. El vestido de Emma le estaba demasiado largo y le arrastraba un poco; de vez en cuando ella se paraba para recogérselo y aprovechaba para desprenderle delicadamente con sus manos enguantadas los hierbajos espinosos y los cardos que se le habían pegado, mientras Charles, con las manos colgando, esperaba a que ella terminara su labor. El padre de Emma, con sombrero nuevo de seda y las bocamangas de su traje negro tapándole las manos hasta las uñas, daba el brazo a madame Bovary madre. Por lo que respecta a monsieur Bovary padre, como en el fondo despreciaba a toda aquella gente, había venido a la boda vestido con una simple levita de corte militar y de una sola fila de botones y se dedicaba a piropear en plan tabernario a una joven campesina rubia. Ella se inclinaba, se ponía colorada, no sabía qué contestar. Los demás hablaban de sus asuntos o se hacían burlas por la espalda, preparándose de antemano para la animación. Y, si se prestaba oído, no dejaba de escucharse el «chinchín» del rascatripas que seguía tocando según caminaba a campo traviesa. A veces caía en la cuenta de que los invitados se le habían quedado atrás y entonces se paraba para reponer fuerzas, enceraba meticulosamente el arco con resma para que las cuerdas le chirriasen y reemprendía la marcha, subiendo y bajando alternativamente el mango del violín para irse marcando el compás. El ruido del instrumento espantaba desde lejos a los pajaritos.

El amor imperfecto

La actriz Audrey Hepburn interpretó el papel de Holly Golightly para en la película Desayuno con diamantes (1963).


Oh, no vayas a creer que es mi tipo ideal. Dice mentirijillas y siempre anda preocupado por lo que pueda pensar la gente, y se baña unas cincuenta veces al día: los hombres deberían oler, un poco. Es demasiado mojigato, demasiado prudente para ser mi hombre ideal; siempre se vuelve de espaldas para desnudarse, y hace demasiado ruido al comer y no me gusta verle correr porque corre de una forma un tanto ridícula. Si tuviese la libertad de elegir una persona de entre todas las que hay en el mundo, chasquear los dedos y decir eh, tú, ven para acá, no elegiría a José. Nehru se aproxima bastante más a lo que yo pido. O Wendell Wilkie [1]. Me conformaría también con la Garbo. ¿Por qué no? Tendríamos que poder casarnos con hombres o mujeres o... Mira, si me dijeras que pensabas liarte con un buque de guerra, yo respetaría tus sentimientos. No, hablo en serio. Habría que permitir toda clase de amor. Soy absolutamente partidaria de eso. Sobre todo ahora que ya me he hecho una idea bastante aproximada de lo que es. Porque sí, quiero a José; dejaría de fumar si me lo pidiese. Se porta como un amigo, es capaz de provocarme la risa hasta incluso cuando tengo la malea, aunque ahora ya no me viene casi nunca, sólo a veces, e incluso esas veces no es tan espantosa como para que me dé por tragarme frascos de Seconal o por ir a Tiffany's: llevo un traje a la tintorería, o preparo unas setas rellenas, y ya me siento bien, en forma. Otra cosa, he tirado todos los horóscopos. Debo de haberme gastado un dólar por cada una de las malditas estrellas que hay en el maldito planetario. Es un fastidio, pero la solución consiste en saber que sólo nos ocurren cosas buenas si somos buenos. ¿Buenos? Más bien quería decir honestos. No me refiero a la honestidad en cuanto a las leyes (podría robar una tumba, hasta le arrancaría los ojos a un muerto si creyese que así me alegraría un día), sino a ser honesto con uno mismo. Me da igual ser cualquier cosa, menos cobarde, falsa, tramposa en cuestión de sentimientos, o puta: prefiero tener el cáncer que un corazón deshonesto. y esto no significa que sea una beata. Soy simplemente una persona práctica. De cáncer se muere a veces; de lo otro, siempre. Oh, a la mierda con este asunto. Anda, pásame la guitarra, voy a cantarte un fado en un portugués perfecto.

Fermín de Pas sube a las alturas


Uno de los recreos solitarios de don Fermín de Pas consistía en subir a las alturas. Era montañés, y por instinto buscaba las cumbres de los montes y los campanarios de las iglesias. En todos los países que había visitado había subido a la montaña más alta, y si no las había, a la más soberbia torre. No se daba por enterado de cosa que no viese a vista de pájaro, abarcándola por completo y desde arriba. Cuando iba a las aldeas acompañando al Obispo en su visita, siempre había de emprender, a pie o a caballo, como se pudiera, una excursión a lo más empingorotado. En la provincia, cuya capital era Vetusta, abundaban por todas partes montes de los que se pierden entre nubes; pues a los más arduos y elevados ascendía el Magistral, dejando atrás al más robusto andarín, al más experto montañés. Cuanto más subía más ansiaba subir; en vez de fatiga sentía fiebre que les daba vigor de acero a las piernas y aliento de fragua a los pulmones. Llegar a lo más alto era un triunfo voluptuoso para De Pas. Ver muchas leguas de tierra, columbrar el mar lejano, contemplar a sus pies los pueblos como si fueran juguetes, imaginarse a los hombres como infusorios, ver pasar un águila o un milano, según los parajes, debajo de sus ojos, enseñándole el dorso dorado por el sol, mirar las nubes desde arriba, eran intensos placeres de su espíritu altanero que De Pas se procuraba siempre que podía. Entonces sí que en sus mejillas había fuego y en sus ojos dardos: En Vetusta no podía saciar esta pasión; tenía que contentarse con subir algunas veces a la torre de la catedral. Solía hacerlo a la hora del coro, por la mañana o por la tarde, según le convenía […] Vetusta era su pasión y su presa. Mientras los demás le tenían por sabio teólogo, filósofo y jurisconsulto, él estimaba sobre todas su ciencia de Vetusta. La conocía palmo a palmo, por dentro y por fuera, por el alma y por el cuerpo, había escudriñado los rincones de las conciencias y los rincones de las casas. Lo que sentía en presencia de la heroica ciudad era gula; hacía su anatomía, no como el fisiólogo, que sólo quiere estudiar, sino como el gastrónomo que busca los bocados apetitosos; no aplicaba el escalpelo, sino el trinchante. […]