Bienvenidos

Aquí encontrarás una selección accidental de textos literarios pertenecientes a obras clásicas de la Literatura universal. Sin otro criterio que el gusto y el azar seguidos por el profesor de Lengua Rafael Bermúdez Ortiz, el alumnado tiene la oportunidad de acercarse a algunos de los títulos y autores más célebres del canon literario occidental mediante este catálogo de citas, páginas y recortes. Ojalá disfruten tanto como el autor de su lectura.
Mostrando entradas con la etiqueta Memoria. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Memoria. Mostrar todas las entradas

El mejor recuerdo, el olvido


Imagen de un joven Marcel Proust en la playa

Porque los recuerdos de amor no son una excepción de las leyes generales de la memoria, leyes dominadas por las generales de la costumbre. Y como la costumbre lo debilita todo, precisamente lo que mejor nos recuerda a un ser es lo que teníamos olvidado (justamente porque era cosa insignificante y no le quitamos ninguna fuerza). Porque la mejor parte de nuestra memoria está fuera de nosotros, en una brisa húmeda de lluvia, en el olor a cerrado de un cuarto o en el perfume de una primera llamarada: allí dondequiera que encontremos esa parte de nosotros mismos de que no dispuso, que desdeñó nuestra inteligencia, esa postrera reserva del pasado, la mejor, la que nos hace llorar una vez más cuando parecía agotado todo el llanto. ¿Fuera de nosotros? No, en nosotros, por mejor decir; pero oculta a nuestras propias miradas, sumida en un olvido más o menos hondo. Y gracias a ese olvido podemos de vez en cuando encontrarnos con el ser que fuimos y situarnos frente a las cosas lo mismo que él; sufrir de nuevo porque ya no somos nosotros, sino él, y él amaba eso que ahora no es indiferente. En la plena luz de la memoria habitual las imágenes de lo pasado van palideciendo poco a poco, se borran, no dejan rastro, ya no las podremos encontrar. 

Marcel PROUST. A la sombra de las muchachas en flor. Alianza Editorial

El otro


Carnicería fotografiada en 1895

Una de mis preocupaciones constantes es el comprender cómo es posible que otra gente existe, cómo es que hay almas que no sean la mía, conciencias extrañas a mi conciencia que, por ser conciencia, me parece ser la única. Comprendo bien que el hombre que está delante de mí, y me habla con palabras iguales a las mías, y me ha hecho gestos que son como los que yo hago o podría hacer, sea de algún modo mi semejante. Lo mismo, sin embargo, me sucede con los grabados que sueño de las ilustraciones, con los personajes que veo de las novelas, con los personajes dramáticos que en el escenario pasan a través de los actores que los representan.

Nadie, supongo, admite verdaderamente la existencia real de otra persona. Puede conceder que esa persona está viva, que sienta y piense como él; pero habrá siempre un elemento anónimo de diferencia, una desventaja materializada. Hay figuras de tiempos idos, imágenes espíritus en libros, que son para nosotros realidades mayores que esas indiferencias encarnadas que hablan con nosotros por cima de los mostradores, o nos miran por casualidad en los tranvías, o nos rozan, transeúntes, en el acaso muerto de las calles. Los demás no son para nosotros más que paisaje y, casi siempre, paisaje invisible de calle conocida. [...]

El paisaje de la memoria


Fotograma de El espíritu de la colmena (19739, de Víctor Erice

Hay en el adolescente una repugnancia o una ternura hacia su infancia reciente, y en aquel monte había estado yo en los domingos de la infancia, cuando las excursiones familiares, y ahora podía ver, desde lo alto, la fábrica de harinas del abuelo (o donde trabajaba el abuelo), ya parada y muerta, y trataba de distinguir entre las huertas de allá abajo la huerta donde antaño jugábamos, sintiendo con dolor que ya no existía, que el tiempo la había borrado, que seguramente era un erial, como si me hubiesen robado una pieza de mi pasado, y también veía el río, lejano, ancho y luminoso, y el puente, y la larga carretera por la que veníamos andando todos los domingos, excepto cuando había algún enfermo o cojo en la familia, y entonces tomábamos el autobús. Pero ya la carretera no era tan larga, y la visión geográfica de mi vida, con monte y valles, con ríos y nubes, con cielos y caminos, era, al fin y al cabo, la única visión que podía tener de ella y de mí mismo, pues a medida que el tiempo se nos pierde y huye, se va trocando en geografía, y no es verdad que no deje nada, el paso del tiempo, sino que nos deja unos paisajes, unos lugares, unos colores y unas luces que son el cuajarón de ese pasar, de ese tiempo que creemos perdido, paisajes y lugares, colores y luces que antes no teníamos, porque los leíamos de otra forma o ni siquiera los leíamos. El tiempo, sí, se transmuta en geografía, y lo que perdemos en tiempo lo ganamos en espacio, y las horas perdidas de la infancia están ahí, en las copas de los árboles, y quizá son esos hilos de plata, de luz, que brillan de rama en rama, de hoja a hoja, porque en esos árboles, en esa arboleda cuaja algo que entonces no había, y ahora somos más dueños de todo, ya que todos nos habla, nos enriquece y nos habita. Así, el canal largo y curvo que cruzaba los campos de mi infancia, aquel canal lento y limpio, como un río mejor trazado, y por donde el cielo iba más claro, el aire más limpio y la tarde más hermosa.

Las ninfas. Francisco UMBRAL

Cómo aceptar un origen popular


Annie Ernaux, cuando tenía 8 o 9 años, con su padre

Mi padre entró en la categoría de gente sencilla o buena gente. Ya no se se atrevía a contarme historias de su infancia. Yo ya no le hablaba de mis estudios. Salvo el latín, porque había ayudado a misa, le resultaban incomprensibles y se negaba incluso a hacer como que se interesaba, a diferencia de mi madre. Se enfadaba cuando me quejaba de tener mucho trabajo o criticaba las clases. La palabra "profe" le molestaba, y también "dire" o hasta "libraco". Y siempre el miedo O QUIZÁS EL DESEO de que yo no lo consiguiera.

Le ponía nervioso verme todo el día con la cabeza hundida en los libros y los culpaba de mi cara inexpresiva y de mi mal humor. Cuando por las noches veía la luz por debajo de la puerta de mi habituación, decía que estaba consumiéndome la salud. Los estudios, un obligado sufrimiento para llegar a una buena situación y no acabar con un obrero. Pero que me gustara romperme la cabeza le parecía sospechoso. 

Mercadillo de Navidad


Al pie de la escalinata que conduce a la explanada de la catedral, se distribuían, como siempre (o siempre desde que yo podía recordar el mundo) los puestos de musgo y corcho y serrín y muérdago y ortiga (pero no de árboles de Navidad, que llegaron después procedentes del extranjero e impuestos por la moda, y representaron una especie de traición, un hundimiento de nuestro sueño infantil), y además de una gran diversidad de verde para adornar los belenes, todo amontonado, creando formas de cuento de hadas: piñas forradas de plata y ramitas que tenían ondulaciones de columnas salomónicas y montones de hierbas que despedían un perfume de montaña asesinada. 

Después de venían las figuritas, que representaban para nosotros un hechizo permanente. Para empezar, vagábamos entre aquella imaginería tan bien dispuesta sin fijarnos en ningún elemento individual, captando solamente la sensación única -la impresión que no se parecía a ninguna otra- de algo que estaba mucho más allá de cualquier representación racional que el mundo de los mayores quería o podía ofrecernos. Después nos entregábamos al ensueño, recostando el mentón sobre los tenderetes, rodeados de otros niños, y poníamos los ojos al pie de las figuritas (las figuritas estaban al colocadas sobre un pequeño soporte de color terroso que después, una vez situadas en el belén, desaparecía bajo el musgo o la arena según se tratara del desierto o la montaña o la orilla de un río) y venía el mirarlas una a una y colocarlas imaginariamente en cualquier lugar preciso e inamovible del gran paisaje que crearíamos al llegar a casa. 

Y estallaba entonces la toponimia de un belén soñado y que nunca podíamos hacer: el gran belén con agua y luces de verdad y palacios inmensos y grandes espacios: montaña, río, desierto, Oriente, casa solariega, masía catalana, la cueva nevada, niños-jesús, camellos, pavos, casas, puentes, estrellas [...], Reyes a caballo, Reyes adorando (poca gente tenía los Reyes adorando) y vacas suizas y el cura del paraguas y el hombre que caga y palmeras y la Anunciación y papel de plata que nos salía en el chocolate -con él haremos el río y el lago- y la cueva, que siempre se guarda de un año para otro y va cambiando de estilo con los años. [...] Y una nueva ojeada a las figuras y sentirlas, recordarlas, perderlas al querer recordar otras, mezclarlas todas...

El día que murió Marilyn. Terencio Moix, Biblioteca El Mundo

Cena familiar



El director de cine sueco Ingmar Bergman (aquí fotografiado en los años 60), autor de este texto.

Las bombillitas eléctricas de la araña de bronce difunden una sucia luz amarilla sobre la mesa. Junto a la puerta de la antecocina está el pesado aparador, recargado de objetos de plata, en el lado opuesto un piano, con la odiada lección abierta en el atril. En el suelo de parquet una alfombra, oriental. En las ventanas pesados cortinajes, oscuros cuadros de Arborelius en las paredes.
            
La cena se inicia con entrante: arenque en escabeche y patatas cocidas o sardinas en escabeche y patatas cocidas o un puding de jamón y patatas cocidas. Mi padre bebe con esto una copita de aguardiente y cerveza. Mi madre toca un timbre eléctrico que hay escondido debajo del tablero de la mesa y aparece la doncella vestida de negro. Recoge los platos y cubiertos, luego sirve el segundo plato, en el mejor de los casos albóndigas y en el peor macarrones gratinados. Las salchichas y las hojas de col rellenas se pueden comer, el pescado es odioso, pero uno se cuida de expresar su descontento. Hay que comer de todo, hay que terminarlo todo.

El primer sueño


Mucho tiempo he estado acostándome temprano. A veces, nada más apagada la vela, mis ojos se cerraban tan deprisa que no tenía tiempo de decirme: «Ya me duermo». Y media hora después me despertaba la idea de que ya era hora de buscar el sueño: quería dejar el libro que aún creía tener en las manos y matar mi luz; no había dejado de reflexionar sobre lo que acababa de leer mientras dormía, pero esas reflexiones habían tomado un giro algo peculiar: me parecía ser yo mismo aquello de que hablaba la obra: una iglesia, un cuarteto, la rivalidad entre Francisco I y Carlos Quinto. Esa creencia sobrevivía unos segundos a mi despertar: no chocaba a mi razón, pero pesaba como escamas sobre mis ojos y les impedía darse cuenta de que la vela ya no estaba encendida. Empezaba luego a volvérseme ininteligible, como los pensamientos de una existencia anterior después de la metempsícosis; el asunto del libro se desprendía de mí, y yo era libre de aplicarme o no a él; enseguida recuperaba la visión y quedaba atónito al encontrar en torno mío una oscuridad dulce y sosegada para mis ojos, aunque más todavía quizá para mi mente, a la que se presentaba como algo sin causa, incomprensible, como algo verdaderamente oscuro. Me preguntaba qué hora podía ser; oía el pitido de los trenes que, más o menos lejano, como el canto de un pájaro en un bosque, determinando las distancias, me describía la extensión del campo desierto donde el viajero se apresura hacia la estación cercana; y el sendero que sigue ha de quedar grabado en su recuerdo por la excitación que debe a unos lugares nuevos, a unos hechos insólitos, a la reciente charla y la despedida bajo la lámpara extraña que todavía le siguen en el silencio de la noche, a la dulzura próxima del regreso.

Donde habite el olvido


Memoria del Macizo de los Gigantes (1835), Caspar David Friedrich.

Donde habite el olvido,
En los vastos jardines sin aurora; 

Donde yo sólo sea 

Memoria de una piedra sepultada entre ortigas 

Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.

Donde mi nombre deje 

Al cuerpo que designa en brazos de los siglos, 

Donde el deseo no exista.

En esa gran región donde el amor, ángel terrible, 

No esconda como acero 

En mi pecho su ala, 

Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.

Allí donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya, 

Sometiendo a otra vida su vida, 

Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.

Donde penas y dichas no sean más que nombres, 

Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo; 

Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo, 

Disuelto en niebla, ausencia, 

Ausencia leve como carne de niño.

Allá, allá lejos;
Donde habite el olvido.


Luis Cernuda. Donde habite el olvido (1933).

¿Qué seríamos sin la memoria?


Escritorio de Chateaubriand en La Vallée-Aux-Loups.

Me he visto obligado a pararme: mi corazón latía hasta el punto de desplazar la mesa en que escribo. Los recuerdos que se despiertan en mi memoria me abruman con su fuerza y tumultuosidad: y, sin embargo, ¿qué son para el resto de la gente? (Pág. 59) […] Una cosa me humilla: la memoria es a menudo un rasgo distintivo de la necedad; es propia generalmente de los espíritus lerdos, a los que vuelve más pesados aún por el bagaje con que los sobrecarga. Y ello no obstante, ¿qué seríamos sin la memoria? Olvidaríamos nuestras amistades nuestros amores, nuestros placeres, nuestras ocupaciones; el genio no podría reunir sus ideas; el corazón más afectuoso perdería su ternura si dejara de recordar; nuestra existencia se vería reducida a los momentos sucesivos de un presente que discurre sin cesar; no habría ya pasado. ¡Oh, miserables de nosotros! Tan vana es nuestra vida que no es más que un reflejo de nuestra memoria.


Págs. 68. Memorias de ultratumba (1848). Chateubriand. Editorial Acantilado

La magdalena de Proust


El Museo de Proust que puede visitarse en la casa de su tía Léonie, donde el niño pasaba los veranos que luego evocó en su obra maestra, incluye esta mesita con los objetos descritos por el escritor en este pasaje.

Hacía ya muchos años que, de Combray, cuanto no fuera el teatro y el drama de acostarme había dejado de existir para mí, cuando un día de invierno, al volver a casa, mi madre, viendo que yo tenía frío, me propuso tomar, contra mi costumbre, un poco de té. Me negué al principio pero, no sé por qué, cambié de idea. Mandó a buscar uno de esos bollos cortos y rollizos llamados pequeñas magdalenas que parecen haber sido moldeados dentro de la valva acanalada de una vieira. Y acto seguido, maquinalmente, abrumado por aquella jornada sombría y la perspectiva de un triste día siguiente, me llevé a los labios una cucharilla de té donde había dejado empaparse un trozo de magdalena. Pero en el instante mismo en que el trago mezclado con migas del bollo tocó mi paladar, me estremecí, atento a algo extraordinario que dentro de mí se producía. Un placer delicioso me había invadido, aislado, sin que tuviese la noción de su causa. De improviso se me habían vuelto indiferentes las vicisitudes de la vida, inofensivos sus desastres, ilusoria su brevedad, de la misma forma que opera el amor, colmándome de una esencia preciosa; o mejor dicho, aquella esencia no estaba en mí, era yo mismo. Había dejado de sentirme mediocre, contingente, mortal. ¿De dónde había podido venirme aquel gozo tan potente? Lo sentía unido al sabor del té y del bollo, pero lo superaba infinitamente, no debía de ser de igual naturaleza. ¿De dónde venía? ¿Qué significaba? ¿Dónde cogerlo? Bebo un segundo sorbo donde no encuentro más que en el primero, un tercero que me aporta algo menos que el segundo. Es tiempo de parar, la virtud del brebaje parece disminuir. Es evidente que la verdad que busco no está en él, sino en mí. La ha despertado, pero no la conoce, y lo único que puede hacer es repetir indefinidamente, cada vez con menos fuerza, ese mismo testimonio que no sé interpretar y que quisiera al menos poder pedirle otra vez y encontrar intacto, a mi disposición dentro de poco, para un esclarecimiento decisivo. Dejo la taza y me vuelvo hacia mi espíritu. Es él quien debe hallar la verdad. Pero ¿cómo? Grave incertidumbre cada vez que el espíritu se siente superado por sí mismo, cuando él, el buscador, es juntamente el país oscuro donde debe buscar y donde todo su bagaje no ha de servirle para nada. ¿Buscar? Más aún: crear. Está frente a algo que todavía no existe y a lo que sólo él puede dar realidad, y luego hacerlo entrar en su luz.



Habitación de Marcel Proust en la casa de su tía en Combray. En ella pasó los veranos de su infancia que luego describió en su obra maestra En busca del tiempo perdido (1913). Obsérvese la magdalena sobre la mesilla de noche.
Pág. 43. Por el camino de Swann (1913). Marcel Proust. Valdemar.

A la luz de la linterna mágica



Linterna mágica de Marcel Proust, expuesta en el museo dedicado al escritor en Combray.

A mi familia se le había ocurrido, para distraerme aquellas noches que me veían con aspecto más tristón, regalarme un linterna mágica; y mientras llegaba la hora de cenar, la instalábamos en la lámpara de mi cuarto; y la linterna, al modo de los primitivos arquitectos y maestros vidrieros de la época gótica, substituida la opacidad de las paredes por irisaciones impalpables, por sobrenaturales apariciones multicolores, donde se dibujaban las leyendas como en un vitral fugaz y tembloroso. Pero con eso mi tristeza se acrecía más aún porque bastaba con el cambio de iluminación para destruir la costumbre que yo ya tenía de mi cuarto, y gracias a la cual me era soportable la habitación, excepto en el momento de acostarme. A la luz de la linterna no reconocía mi alcoba, y me sentía desosegado, como en un cuarto de fonda o de «chalet» donde me hubiera alojado por vez primera al bajar del tren.