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Aquí encontrarás una selección accidental de textos literarios pertenecientes a obras clásicas de la Literatura universal. Sin otro criterio que el gusto y el azar seguidos por el profesor de Lengua Rafael Bermúdez Ortiz, el alumnado tiene la oportunidad de acercarse a algunos de los títulos y autores más célebres del canon literario occidental mediante este catálogo de citas, páginas y recortes. Ojalá disfruten tanto como el autor de su lectura.
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¿Recuerdo o realidad?


Teatro Morosco. Nueva York, 1963

Absorto en estos pensamientos, dio en la radio del coche con una emisora de clásicos de siempre, donde sonaban Cole Porter, George Gershwin e Irving Berlin. Ojalá hubiera vivido los años veinte y treinta, cuando Manhattan tenía el glamur que Hollywood había ensalzado en tantas películas. En sus fantasías de color de rosa, soñaba con vivir en un Manhattan donde los hombres llegaban a casa del trabajo, se ponían el esmoquin, y las bellas esposas, sus vestidos caros. Recibían a unos cuantos amigos igual de engalanados para tomar un cóctel y entablar conversaciones interesantes, y si salían después, era para acudir al Twenty-One o El Morocco, o cualquier estreno del Booth o el Morosco, en lugar de circular por la oscuridad total de los caminos rurales, donde lo más normal era atropellar a un ciervo. Se preguntaba si esa Nueva York existió de verdad o solo en las películas de la Metro.

[...] Baum se fue a dormir y [...] tuvo un sueño bastante agradable. En él, sus padres celebraban el aniversario de bodas y Baum estaba muy feliz al verlos besarse y tan enamorados como el primer día. Soñó que les regalaba un aparato de radio de los antiguos y que, cuando lo encendían, aún funcionaba, aunque solo emitía programas y melodías de un tiempo ya desaparecido y, mientras dormía, se le dibujaba una leve sonrisa al evocar a sus padres abrazados frente a aquella radio Philco sintonizada en el programa musical Make Believe Ballroom.

¿Qué pasa con Baum? Woody Allen

El cine de los sábados


Cine de Nueva York (1939). Edward Hopper

Era tan emocionante entrar en el Midwood los sábados por la mañana, con las luces de la sala todavía encendidas, mientras una pequeña multitud compraba golosinas y hacía cola y algún disco popular sonaba en el fondo para evitar que los asistentes se amotinaran hasta que bajaran las luces... “I’ll get by” por Harry James. Los apliques tenían pantallas rojas, las molduras eran de bronce dorado, las moquetas eran rojas. Por fin, se apagaban las luces, se abría el telón y la pantalla plateada se iluminaba con un logotipo que te hacía salivar el corazón (…) Yo las veía todas: cada comedia, cada película de vaqueros, cada historia de amor, cada película de piratas, cada filme de guerra. 

Muchas décadas más tarde, mientras paseaba con Dick Cavett por una calle donde en otra época había una majestuosa sala de cine y en ese momento solo un espacio baldío, los dos nos quedamos contemplando aquel solar despojado y recordamos cómo, en otros tiempos, él y yo nos sentábamos en medio de aquel terreno y nos dejábamos transportar a ciudades extranjeras llenas de intriga, a desiertos rodeados de románticos beduinos, en barcos, en trincheras, a palacios y reservas indias. Pronto construirán allí un edificio de apartamentos, en el mismo sitio donde tiempo atrás habían demolido el Rick’s Café.

A propósito de nada. Woody Allen

Un cinematógrafo por Navidad


Escena de Fanny y Alexander (1982), película autobiográfica dirigida por Ingmar Bergman.

La Navidad era una explosión de regocijo. Mi madre dirigía la fiesta con mano firme. Tuvo que haber habido una considerable organización detrás de aquella orgía de hospitalidad, comidas, parientes que llegaban, regalos y ceremonias religiosas.
            
En nuestra casa, la Nochebuena era un acontecimiento bastante tranquilo que empezaba con la oración de Navidad en la iglesia a las cinco y seguía luego con una comida alegre, pero mesurada. Después se iluminaba el árbol, se leía el evangelio de Navidad y nos íbamos pronto a la cama porque teníamos que levantarnos a tiempo para la misa del alba que en aquella época era de verdad al alba. No se repartía ningún regalo, pero la noche era animada, un prólogo excitante de los festejos del día de Navidad. Para entonces mi padre ya había cumplido sus obligaciones profesionales y cambiaba la sotana por el batín. Solía desplegar su mejor humor y pronunciaba un improvisado discurso en verso para los invitados, cantaba canciones especialmente compuestas para la fiesta, brindaba con aguardiente, imitaba a sus colegas y hacía reír a todo el mundo. A veces pienso en su alegre ligereza, su despreocupación, su ternura, su amabilidad, su temeridad. Pienso en todo aquello que las tinieblas, la pesadez, la brutalidad y el distanciamiento borraron con tanta facilidad. Creo que muchas veces he sido muy injusto con mi padre en mis recuerdos.

A la luz de la linterna mágica



Linterna mágica de Marcel Proust, expuesta en el museo dedicado al escritor en Combray.

A mi familia se le había ocurrido, para distraerme aquellas noches que me veían con aspecto más tristón, regalarme un linterna mágica; y mientras llegaba la hora de cenar, la instalábamos en la lámpara de mi cuarto; y la linterna, al modo de los primitivos arquitectos y maestros vidrieros de la época gótica, substituida la opacidad de las paredes por irisaciones impalpables, por sobrenaturales apariciones multicolores, donde se dibujaban las leyendas como en un vitral fugaz y tembloroso. Pero con eso mi tristeza se acrecía más aún porque bastaba con el cambio de iluminación para destruir la costumbre que yo ya tenía de mi cuarto, y gracias a la cual me era soportable la habitación, excepto en el momento de acostarme. A la luz de la linterna no reconocía mi alcoba, y me sentía desosegado, como en un cuarto de fonda o de «chalet» donde me hubiera alojado por vez primera al bajar del tren.

Truffaut: el cine o la vida


François Truffaut (izquierda) y Jean-Pierre Léaud, director y actor de La noche americana, durante un rodaje en 1970.

Las películas son más armoniosas que la vida, Alphonse. No hay atascos en los films, no hay tiempos muertos. Las películas avanzan como los trenes, ¿lo comprendes?, igual que los trenes en la noche. 

Las gentes como tú, como yo, estamos hechas para ser felices en el trabajo... en nuestro trabajo de cine.


Película: La nuit americaine (1973). François Truffaut.