Bienvenidos

Aquí encontrarás una selección accidental de textos literarios pertenecientes a obras clásicas de la Literatura universal. Sin otro criterio que el gusto y el azar seguidos por el profesor de Lengua Rafael Bermúdez Ortiz, el alumnado tiene la oportunidad de acercarse a algunos de los títulos y autores más célebres del canon literario occidental mediante este catálogo de citas, páginas y recortes. Ojalá disfruten tanto como el autor de su lectura.
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De repente, para siempre


Plano de la película Marie Antoniette (2006), de Sofía Coppola

Hasta mediodía, la corte de Versalles nada sospecha del peligro de mil cabezas que marcha sobre ella. Como todos los días, el rey ha hecho ensillar su caballo de caza y ha salido a los bosques de Meudon; la reina, a su vez, se ha ido por la mañana temprano, a pie, a Trianón. ¿Qué va a hacer en Versalles, ese gigantesco palacio del que hace mucho han huido la corte y sus mejores amigos y adonde, al lado mismo, en la Asamblea Nacional, los factieux presentan todos los días nuevas y odiosas propuestas en su contra? Oh, está cansada de todas esas amarguras, ese luchar en el vacío, cansada del género humano, cansada incluso de ser reina. ¡Tan solo descansar, sentarse tranquila por unas horas, sin gente, muy lejos de toda la política, en el parque otoñal a cuyas hojas el sol de octubre da un tono cobrizo! Tan sólo coger las últimas flores de los macizos antes de que llegue el invierno, terrible, y quizá además dar de comer a las gallinas y a los peces chinos del pequeño estanque. Y luego descansar, descansar al fin de todas esas emociones  y trastornos; no hacer nada, no querer nada más que sentarse con las manos relajadas en la gruta, vestida con un sencillo traje de mañana, con un libro abierto sobre el banco, sin leerlo, sentir el gran cansancio de la naturaleza y el otoño en su propio corazón.

Así pues la reina está sentada en la gruta, en un banco de piedra -hace mucho que ha olvidado que antaño se la llamó la "gruta del amor"-, cuando ve venir por el camino a una paje con una carta en la mano. Se levanta y avanza a su encuentro. La carta es del ministro Saint-Priest y anuncia que el populacho marcha hacia Versalles, la reina debe regresar inmediatamente a palacio. Rápidamente coge su sombrero y corre, con un paso que sigue siendo joven y ligero, probablemente tan aprisa que ya no vuelve la vista hacia el pequeño y querido palacio, y el paisaje artificial creado construido con tanto esfuerzo juguetón. ¡Cómo puede sospechar que ha visto por última vez en su vida esas suaves praderas, esas delicadas colinas con el templo del amor y el estanque artificial, su Hameau, su Trianón, que ésta ha sido la despedida para siempre!

Así empieza la guerra


Visita de la infanta Isabel de Borbón al balneario gallego de Mondariz en 1914

El verano de 1914 seguiría siendo igualmente inolvidable sin el cataclismo que descendió sobre tierra europea, porque pocas veces he vivido un verano tan exuberante, hermoso y casi diría... veraniego. El cielo, de un azul sedoso noche y día; el aire, dulce y sensual; los prados, fragantes y cálidos; los bosques, oscuros y frondosos, con su joven verdor; todavía hoy, al pronunciar la palabra "verano", automáticamente me vienen a la memoria aquellos radiantes días de julio que pasé en Baden, cerca de Viena. Me había retirado a esa pequeña y romántica ciudad que con tanta frecuencia había escogido Beethoven como residencia veraniega, para concentrarme durante todo el mes en el trabajo y luego pasar el resto del verano con mi venerado amigo Verhaeren en una villa de Bélgica. En Baden no hace falta salir del núcleo urbano para disfrutar del paisaje. El hermoso bosque quebrado por colinas se interna imperceptiblemente entre las casas bajas estilo biedermeier que han conservado la sencillez y el encanto de los tiempos de Beethoven. Uno se puede sentar en las terrazas de los cafés y restaurantes que abundan por doquier, y siempre que quiera se pued emezclar con la alegre clientela de los balnearios que desfila en sus carruajes por el parque o se pierde por caminos solitarios.

La trama de la vida

A veces, con sólo levantar la barbilla penetraba la mente de él como un filo cortante. Ciertas imágenes de ella en ciertos momentos fortuitos e insignificantes relampagueaban ante sus ojos: Muriel sentada a la mesa de su cocina, rellenando el formulario de un concurso que sorteaba un viaje a Hollywood con todos los gastos pagados. Muriel diciéndole a su espejo: «Parezco la ira de Dios», una especie de ritual de despedida. Muriel lavando los platos con sus grandes guantes de goma rosa con uñas pintadas carmesí, levantando un plato jabonoso y pasándolo al agua de aclarar mientras entonaba a pleno pulmón una de sus canciones favoritas («La guerra también es un infierno en el frente doméstico» o «Me pregunto si a Dios le gusta la música country»); desde luego, a ella sí le gustaba esa música: las baladas largas y quejumbrosas sobre el tortuoso camino de la vida, las frías paredes grises de la cárcel, el corazón podrido y adulador de un hombre traicionero. Y Muriel junto a la ventana del hospital, como de hecho no la había visto nunca, con un fregasuelos en la mano, mirando llegar a los accidentados.

Entonces supo que lo que importaba era la trama de su vida; que, aunque no la amaba, amaba la sorpresa que había en ella, y también la sorpresa de sí mismo cuando estaba con ella.


Págs. 277-278. El turista accidental (1985). Anne Tyler. Punto de Lectura.