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Times Square, Nueva York. Años 20 |
En Nueva York no hay manera de perder el tiempo. No hay cafés: no hay plazas ni paseos con bancos a la disposición del transeúnte. ¿Qué hacer cuando a uno le sobra media hora durante la jornada laborable? ¿Qué hacer para no hacer nada?.... En otras ciudades, el Municipio se ha preocupado de los vagos, de losetas, de los enfermos y de las personas de edad, creando para ellos plazas, parques y jardines. En algunas se les han hecho soportales para protegerlos de la lluvia y de la nieve. Esas ciudades tienen además el café, institución maravillosa donde, mediante un precio módico, se alquila un trozo de diván por un plazo ilimitado y se adquiere el derecho de perder el tiempo, mientras que en Nueva York solo existen bares para beber de pie.
Nueva York, realmente, más que una ciudad, es una fábrica gigantesca. Aquí se ha supuesto que no debe haber vagos, que no debe haber poetas, que no debe haber enfermos y que no debe haber personas de edad. Se ha supuesto, en fin, que no se debe perder el tiempo. Las mismas diversiones neoyorquinas exigen una energía prodigiosa y son una forma más de la actividad nacional. Tanto en los cabarets como en las reuniones particulares, no hay medio de quedarse sin hacer nada. Es preciso bailar unos bailes gimnásticos, concertar la atención en un espectáculo, jugar, oír una música estridente y violenta... Es preciso hacer algo continuamente.
Y esto es terrible, aunque no lo parezca, porque yo creo que toda la civilización se ha hecho a ratos perdidos y que su labor será interrumpida en cuanto la humanidad se niegue sistemáticamente a perder el tiempo. Yo creo que la civilización es precisamente obra de los vagos, de los enfermos, de los poetas y de las personas de edad, y los concejales de las ciudades europeas deben de creerlo también, cuando tanto se preocupan de estas diversas categorías sociales. Y yo les daría un consejo a las autoridades neoyorquinas: el de que fomentasen el ocio.
