Plano de la película documental Ser y tener (2002), de Nicholas Philibert |
Pages - Menu
Bienvenidos
Los juegos son algo serio
El paisaje de la memoria
![]() |
Fotograma de El espíritu de la colmena (19739, de Víctor Erice |
Hay en el adolescente una repugnancia o una ternura hacia su infancia reciente, y en aquel monte había estado yo en los domingos de la infancia, cuando las excursiones familiares, y ahora podía ver, desde lo alto, la fábrica de harinas del abuelo (o donde trabajaba el abuelo), ya parada y muerta, y trataba de distinguir entre las huertas de allá abajo la huerta donde antaño jugábamos, sintiendo con dolor que ya no existía, que el tiempo la había borrado, que seguramente era un erial, como si me hubiesen robado una pieza de mi pasado, y también veía el río, lejano, ancho y luminoso, y el puente, y la larga carretera por la que veníamos andando todos los domingos, excepto cuando había algún enfermo o cojo en la familia, y entonces tomábamos el autobús. Pero ya la carretera no era tan larga, y la visión geográfica de mi vida, con monte y valles, con ríos y nubes, con cielos y caminos, era, al fin y al cabo, la única visión que podía tener de ella y de mí mismo, pues a medida que el tiempo se nos pierde y huye, se va trocando en geografía, y no es verdad que no deje nada, el paso del tiempo, sino que nos deja unos paisajes, unos lugares, unos colores y unas luces que son el cuajarón de ese pasar, de ese tiempo que creemos perdido, paisajes y lugares, colores y luces que antes no teníamos, porque los leíamos de otra forma o ni siquiera los leíamos. El tiempo, sí, se transmuta en geografía, y lo que perdemos en tiempo lo ganamos en espacio, y las horas perdidas de la infancia están ahí, en las copas de los árboles, y quizá son esos hilos de plata, de luz, que brillan de rama en rama, de hoja a hoja, porque en esos árboles, en esa arboleda cuaja algo que entonces no había, y ahora somos más dueños de todo, ya que todos nos habla, nos enriquece y nos habita. Así, el canal largo y curvo que cruzaba los campos de mi infancia, aquel canal lento y limpio, como un río mejor trazado, y por donde el cielo iba más claro, el aire más limpio y la tarde más hermosa.
Las ninfas. Francisco UMBRAL
Primer amor
![]() |
Fotograma de la película Los juncos salvajes (1994), de André Techiné |
El caso era que Hans Castorp se había fijado en el tal Pribislav desde hacía tiempo; le había elegido entre la multitud de conocidos y desconocidos del patio de colegio, se interesaba por él, le seguía con la mirada… ¿podría decirse que le admiraba? Sea como fuese, le observaba con especial atención y, ya de camino al colegio, se ilusionaba con la idea de verle con sus compañeros de clase, verle hablar, verle reír y distinguir de lejos su voz, que siempre tenía agradablemente tomada, como velada y un poco ronca. Cierto es que no había razón suficiente para tal interés, como no fueran aquel nombre pagano, aquella cualidad de alumno modélico (lo cual, desde luego, no significaba nada), o finalmente aquellos ojos de tártaro -unos ojos que, cuando miraba de reojo, de una manera muy especial, que no tenía por objeto ver nada, se tornaban misteriosos bajo una sombra tan oscura como seductora-. Pero tampoco era menos cierto que Hans Castorp no se preocupaba demasiado en justificar racionalmente sus sensaciones y, menos aún, del nombre que hubiera podido dárseles.
Luces de invierno
![]() |
Fotograma de Fanny y Alexander (1982), film de Ingmar Bergman basado en sus recuerdos de infancia. |
Nuestros «diálogos» están siempre envueltos en atardecer, confianza, noche invernal.
El beso de buenas noches no volverá
![]() |
Boy and Moon (sin fechar). Edward Hopper |
El primer sueño
Mucho tiempo he estado acostándome temprano. A veces, nada más apagada la vela, mis ojos se cerraban tan deprisa que no tenía tiempo de decirme: «Ya me duermo». Y media hora después me despertaba la idea de que ya era hora de buscar el sueño: quería dejar el libro que aún creía tener en las manos y matar mi luz; no había dejado de reflexionar sobre lo que acababa de leer mientras dormía, pero esas reflexiones habían tomado un giro algo peculiar: me parecía ser yo mismo aquello de que hablaba la obra: una iglesia, un cuarteto, la rivalidad entre Francisco I y Carlos Quinto. Esa creencia sobrevivía unos segundos a mi despertar: no chocaba a mi razón, pero pesaba como escamas sobre mis ojos y les impedía darse cuenta de que la vela ya no estaba encendida. Empezaba luego a volvérseme ininteligible, como los pensamientos de una existencia anterior después de la metempsícosis; el asunto del libro se desprendía de mí, y yo era libre de aplicarme o no a él; enseguida recuperaba la visión y quedaba atónito al encontrar en torno mío una oscuridad dulce y sosegada para mis ojos, aunque más todavía quizá para mi mente, a la que se presentaba como algo sin causa, incomprensible, como algo verdaderamente oscuro. Me preguntaba qué hora podía ser; oía el pitido de los trenes que, más o menos lejano, como el canto de un pájaro en un bosque, determinando las distancias, me describía la extensión del campo desierto donde el viajero se apresura hacia la estación cercana; y el sendero que sigue ha de quedar grabado en su recuerdo por la excitación que debe a unos lugares nuevos, a unos hechos insólitos, a la reciente charla y la despedida bajo la lámpara extraña que todavía le siguen en el silencio de la noche, a la dulzura próxima del regreso.
La magdalena de Proust
Carta de despedida desde el gueto
![]() |
Imagen del gueto de Varsovia (Polonia). |








