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Aquí encontrarás una selección accidental de textos literarios pertenecientes a obras clásicas de la Literatura universal. Sin otro criterio que el gusto y el azar seguidos por el profesor de Lengua Rafael Bermúdez Ortiz, el alumnado tiene la oportunidad de acercarse a algunos de los títulos y autores más célebres del canon literario occidental mediante este catálogo de citas, páginas y recortes. Ojalá disfruten tanto como el autor de su lectura.
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El abeto que quería ser mayor


Felicitación navideña ilustrada por Walter M. Dunk en 1916

- ¡Oh, ojalá fuera un árbol grande como los otros! - suspiraba el pequeño abeto-. Entonces podría extender mis ramas alrededor de la copa y ver el ancho mundo. Los pájaros construirían nidos en mis ramas y, cuando soplara el viento, me inclinaría aristocráticamente, como los otros.

- ¡Alégrate de tu juventud! -dijeron los rayos del sol-. ¡Alégrate de tus frescos brotes, de la vida joven que hay en ti!

[...] Cuando llegó la Navidad, talaron muchos árboles jóvenes, árboles que muchas veces ni siquiera tenían el tamaño o la edad de este abeto que nunca estaba satisfecho y que estaba siempre queriendo marcharse. Aquellos árboles jóvenes, que eran los más bellos de todos, siempre conservaban sus ramas, los colocaban en unos carros y unos caballos se los llevaban del bosque.

- ¿Adónde van? -preguntó el abeto-. No son más grandes que yo, uno era incluso más pequeño, ¿por qué no les quitan las ramas? ¿Adónde los llevan?

- ¡Lo sabemos, lo sabemos! -gorjearon los gorriones-. Allá abajo en la ciudad miramos los cristales. ¡Sabemos dónde los llevan! ¡Oh, van hacia el brillo y el esplendor más grande que uno pueda imaginarse! Hemos mirado por las ventanas y hemos visto que los plantan en medio de la caliente sala y los adornan con las cosas más preciosas: manzanas doradas, pastelillos de miel, juguetes y muchos cientos de velas.

- ¿Y luego...? -preguntó el abeto, temblando en todas sus ramas-. ¿Y luego? ¿Qué pasa luego?

La muerte de los demás


Velatorio, ilusiones y realidades (1899). Felipe Abárzuza y Rodríguez de Arias. Museo Del Prado

El mayor tomento de Iván Ilich era la mentira, la mentira que por algún motivo todos aceptaban, según la cual él no estaba muriéndose, sino que sólo estaba enfermo, y que bastaba con que se mantuviera tranquilo y se atuviera a su tratamiento para que se pusiera bien del todo. Él sabía, sin embargo, que hiciesen lo que hiciesen, nada resultaría de ello, salvo padecimientos aún más agudas y la muerte. Y le atormentaba esa mentira, le atormentaba que no quisieran admitir que todos ellos sabían que era mentira y que él lo sabía también, y que le mintieran acerca de su horrible estado y se aprestaran -más aún, le obligaran- a participar en esa mentira. La mentira -esa mentira perpetrada sobre él en vísperas de su muerte- encaminada a rebajar el hecho atroz y solemne de su muerte al nivel de las visitas, las cortinas, el esturión de la comida… era un horrible tormento para Iván Ilich. 

Pastelillos en la guerra


Descanso en la marcha
(1876), de José Benlliure y Gil. Museo Del Prado

Entre los cañones emplazados en una altura, se veía al general, comandante de la retaguardia, que, con un oficial de su séquito, examinaban el paisaje con un anteojo. Unos cuantos pasos más atrás, Nesvitsky, a quien el general en jefe había mandado a la retaguardia, se hallaba sentado en el afuste de un cañón. El cosaco que acompañaba a Nesvitsky le había entregado un morral y una botella, y éste obsequiaba a los oficiales con unos pastelillos y con auténtico Kummel. Los oficiales le rodeaban alegres, unos de rodillas y otros sentados al estilo turco sobre la hierba húmeda.


- Verdaderamente, no era tonto el príncipe austríaco que construyó aquí su castillo. Es un lugar hermoso. ¿No comen ustedes, señores? -dijo Nesvitsky.


- Muchas gracias, príncipe -contestó uno de los oficiales, satisfechos de hablar con un personaje importante del Estado Mayor-. Es un lugar precioso. Hemos pasado delante del parque y hemos visto dos ciervos. ¡Qué casa tan magnífica!

Navidad en la calle


Grabado de la venta de pavos junto al mercado de los Mostenses en la Navidad de 1894 (Madrid)


Érales difícil a las tres mujeres andar aprisa, por la mucha gente que venía calle abajo, caminando presurosa con la querencia del hogar próximo. Los obreros llevaban el saquito con el jornal; las mujeres, algún comistrajo recién comprado; los chicos, con sus bufandas enroscadas en el cuello, cargaban rabeles, nacimientos de una tosquedad prehistórica o tambores que ya iban bien baqueteados antes de llegar a la casa. Las niñas iban en grupos de dos o tres, envuelta la cabeza en toquillas, charlando cada una por siete. Cuál llevaba una botella de vino, cuál el jarrito con leche de almendra; otras salían de las tiendas de comestibles con dando brincos o se paraban a ver los puestos de panderetas, dándoles con disimulo un par de golpecitos para que sonaran. 

En los puestos de pescado, los maragatos limpiaban los besugos, arrojando las escamas sobre los transeúntes, mientras un ganapán, vestido con los calzonazos negros y el mandil verde rayado, berreaba fuera de la puerta: “Al vivo de hoy, al vivito!...” Enorme farolón con los cristales muy limpios alumbraba las pilas de lenguados, sardinas y pajeles, y las canastas de almejas. En las carnicerías sonaban los machetazos con sorda trepidación, y los platillos de las pesas, subiendo y bajando sin cesar, hacían contra el mármol del mostrador los ruidos más extraños, notas de misteriosa alegría.

 

Estupiñá


Tienda de ultramarinos en el Madrid del siglo XIX

En la tienda de Arnaiz, junto a la reja que da a la calle de San Cristóbal, hay actualmente tres sillas de madera curva de Viena, las cuales sucedieron hace años a un banco sin respaldo forrado de hule negro, y este banco tuvo por antecesor a un arcón o caja vacía. Aquélla era la sede de la inmemorial tertulia de la casa. No había tienda sin tertulia, como no podía haberla sin mostrador y santo tutelar. Era un servicio suplementario que el comercio prestaba a la sociedad en tiempos en que no existían casinos, pues, aunque había sociedades secretas y clubs y cafés más o menos patrióticos, la gran mayoría de los ciudadanos pacíficos no iba a ellos, prefiriendo charlas en las tiendas. […] La tienda se transformaba, pero la tertulia era la misma en el curso lento de los años. Unos habladores se iban y venían otros. […]

 

… Estupiñá no era un buen dependiente. Al despachar, entretenía demasiado a los parroquianos, y si le mandaban con un recado o comisión a la Aduana, tardaba tanto en volver, que muchas veces creyó don Bonifacio (su jefe) que le habían llevado preso. La singularidad de que teniendo Plácido estas mañas no pudieran los dueños de la tienda prescindir de él, se explica por la ciega confianza que inspiraba, pues estando él al cuidado de la tienda y de la caja, ya podían Arnaiz y su familia echarse a dormir. Era su fidelidad tan grande como su humildad, pues ya le podían reñir y decirle cuantas perrerías quisieran sin que se incomodase. Por esto sintió mucho Arnaiz que Estupiñá dejara la casa en 1837, cuando se le antojó establecerse con los dineros de una pequeña herencia. Su principal, que le conocía bien, hacía lúgubres profecías del porvenir comercial de Plácido trabajando por su cuenta.

 

Prometíaselas él muy felices en la tienda de bayetas y paños del Reino que estableció en la Plaza Mayor, junto a la panadería. No puso dependientes porque la cortedad del negocio no lo consentía; pero su tertulia fue la más animada y dicharachera de todo el barrio. Y ved aquí el secreto de lo poco que dio de sí el establecimiento y la justificación de los vaticinios de don Bonifacio. 

¿Babuchas o pasión?


Escena de La Regenta (1995). Adaptación de TVE


El ideal de Bonis era soñar mucho y tener grandes pasiones; pero todo ello sin perjuicio de las buenas costumbres domésticas. Amaba el orden en el hogar; mirando las estampas de los libros, se quedaba embelesado ante una vieja pulcra y grave que hacía calceta al amor de la lumbre, mientras a sus pies, un gato, sobre la mullida piel, jugaba sin ruido con el ovillo de lana fuerte, tupida, símbolo de la defensa del burgués contra el invierno. Envidiaba el valor, la despreocupación de los artistas que no tienen casa, que acampan satisfechos en las cinco partes del mundo; pero esta admiración nacía del contraste con los propios gustos, con la invencible afición a la vida material tranquila, sedentaria, ordenada. Hasta para ser romántico de altos vuelos, con la imaginación completamente libre, le parecía indispensable, a lo menos para él, tener bien arreglada la satisfacción de las necesidades físicas, que tantas y tan complicadas son. El símbolo de estos sentimientos era, como va indicado más atrás, las zapatillas. 

 

Cuando en sus ensueños juveniles había ideado un castillo roquero, una hermosa nazarena asomada a la ojival ventana, una escala de seda, un laúd y un galán, que era él, que robaba a la virgen del castillo, siempre había tropezado con la inverosimilitud de huir a lejanos climas sin las babuchas. Y era claro que las babuchas eran incompatibles con el laúd. Además, no todo eran las zapatillas; había algo más en su cariño al hogar templado, dulce, sereno… la familia. ¡Oh, la familia honrada, sin adulteraciones, sin disturbios ni mezclas, era también su encanto! ¿Sería la familia incompatible con la pasión, como las babuchas con el laúd? Tal vez no, pero él no había encontrado la conjunción de estos dos bellos ideales. 


Leopoldo Alas 'Clarín'. Su único hijo

Iniciación a la vida de Charles Bovary

En las hermosas noches de verano, cuando las calles tibias se vacían de transeúntes y los criados salen a jugar al volante a la puerta de las casas, abría la ventana y se asomaba, apoyado de codos sobre el alféizar. El río, que hace de ese barrio de Rouen una especie de vil Venecia en miniatura, discurría allí abajo, amarillo, violeta, azul, entre puentes y pretiles. Unos obreros, en cuclillas, se lavaban los brazos en sus márgenes. En unas pértigas que sobresalían en lo alto de las buhardillas se veían madejas de algodón tendidas a secar. Y enfrente, al otro lado de los tejados, se extendía el cielo puro con el sol encarnado ocultándose. ¡Qué bien se debía de estar allá! ¡Qué sensación de frescura en los bosques de hayas! Y ensanchaba las aletas de la nariz como para aspirar aquel buen olor del campo que no llegaba hasta allí.

¿Quién aleja el tiempo de la felicidad?


Dalias: El jardín de Gennevilliers
(1895). Gustave Caillebotte


El día siguiente se hizo interminable. Emma se paseó por el jardincillo, recorrió una vez y otra los mismos senderos, se paró delante de los arriates, delante del emparrado, delante de la estatuilla del cura de escayola, y contemplaba atónita todas aquellas cosas de antes, que se sabía de memoria. ¡Qué lejos le parecía ya lo del baile! Y ¿quién alejaba a tanta distancia la mañana de anteayer, apartándola así de la tarde de hoy? El viaje a La Vaubyessard había abierto una zanja en su vida, a la manera de esas grandes grietas que en una sola noche cava a veces la tormenta en las montañas. Pero acabó por resignarse: guardó en la cómoda devotamente su precioso atavío y los zapatitos de raso cuya suela se había amarilleado al frotarse contra el suelo encerado y resbaladizo. Su corazón era como aquellos zapatos: al frotarse con la riqueza se le había pegado por debajo algo cuya huella jamás desaparecería ya.

La soledad de Ana Ozores


Le déjeuner (1876), de Gustave Caillebotte.

Ana Ozores no era de los que se resignaban. Todos los años, al oír las campanas doblar tristemente el día de los Santos, por la tarde, sentía una angustia nerviosa que encontraba pábulo en los objetos exteriores, y sobre todo en la perspectiva ideal de un invierno, de otro invierno húmedo, monótono, interminable, que empezaba con el clamor de aquellos bronces.
            
Aquel año la tristeza había aparecido a la hora de siempre.
            
Estaba Ana sola en el comedor. Sobre la mesa quedaban la cafetera de estaño, la taza y la copa en que había tomado café y anís don Víctor, que ya estaba en el Casino jugando al ajedrez. Sobre el platillo de la taza yacía medio puro apagado, cuya ceniza formaba repugnante amasijo impregnado del café frío derramado. Todo esto miraba la Regenta con pena, como si fuesen ruinas de un mundo. La insignificancia de aquellos objetos que contemplaba le partía el alma; se le figuraba que eran símbolo del universo, que era así, ceniza, frialdad, un cigarro abandonado a la mitad por el hastío del fumador. Además, pensaba en el marido incapaz de fumar un puro entero y de querer por entero a una mujer. Ella era también como aquel cigarro, una cosa que no había servido para uno y que ya no podía servir para otro. […]

Viajando sobre el mapa


Mapa de París a finales del siglo XIX.

Emma vivía en Tostes. El vizconde ahora estaría en París, allí, tan lejos. ¿Cómo sería el París ese? iQué nombre tan inconmensurable! Se lo repetía ella entre dientes, como para degustarlo, y sonaba en sus oídos como la campana de una catedral, aparecía deslumbrante delante de sus ojos hasta escrito en la etiqueta de sus frascos de pomada.
            
Por la noche, cuando los pescadores pasaban debajo de su ventana montados en carretas y enconando La Marjolaine, el rumor de aquel cántico la despertaba y se quedaba escuchando el ruido de las ruedas forradas de hierro que se iba después amortiguando sobre la tierra, en cuanto las carretas salían del pueblo.
            
-¡Mañana ya habrán llegado allí! -se decía.
            
Y los iba siguiendo con la imaginación, subiendo y bajando cuestas, enfilando aprisa la carretera general bajo la luz de las estrellas. Pero siempre, al cabo de una distancia que no podía precisar, se topaba con un lugar confuso en donde el sueño se desvanecía.
            
Se compró un plano de París y allí, con la punta del dedo sobre el mapa, hacía excursiones por la gran ciudad. Subía por los bulevares arriba, se paraba en todas las esquinas, en las encrucijadas de las calles, delante de los rectángulos blancos que representaban los edificios. Acababa cerrando los párpados porque se le cansaban los ojos, pero aun en el seno de aquella penumbra veía oscilar a merced del viento la llama de gas de las farolas y oía cómo se desplegaban con gran estruendo los estribos de las carrozas al detenerse delante del pórtico de los teatros.


Págs. 55 y 56. Madame Bovary (1856). Gustave Flaubert. EL MUNDO, Biblioteca Millenium.

El discurso de las ilusiones perdidas


Honoré de Balzac (1759), escritor francés y autor de La Comedia Humana,
un conjunto de 80 libros que refleja las diferentes caras del ser humano en la primera mitad del siglo XIX.


Mi pobre amigo, yo llegué como usted, con el corazón lleno de ilusiones, movido por el amor al Arte, llevado por impulsos invencibles hacia la gloria; me he encontrado con las realidades del oficio, las dificultades del mundo de la edición y la cara amarga de la miseria. Mi exaltación, ahora contenida, y mi primera efervescencia me ocultaban cómo funciona el mundo; me ha sido preciso verlo, toparme con todos los engranajes, herirme con los pivotes, mancharme de grasa, oír el ruido de las cadenas y de las ruedas. Y lo mismo que yo, también usted llegará a saber que, debajo de todas esas hermosas cosas soñadas, se agitan hombres, pasiones y necesidades. Se verá mezclado forzosamente en luchas horribles, de obra contra obra, de hombre contra hombre, de partido contra partido, en las que hay que batirse sistemáticamente para no verse uno abandonado por los suyos. Estos innobles combates desencantan el alma, depravan el corazón y producen un cansancio sin provecho alguno; pues a menudo nuestros esfuerzos sirven para hacer coronar a un hombre al que se detesta, un talento de segundo orden, presentado, a pesar nuestro, corno un genio. La vida literaria tiene sus entre bastidores. Los éxitos injustificados o merecidos, esto es lo que aplaude la galería; los medios para conseguirlo, siempre repulsivos, los comparsas emperifollados, la claque y los mozos de turno, esto es lo que ocultan los entre bastidores. Está usted aún en el patio de butacas. Está todavía a tiempo, desista antes de poner un pie en el primer escalón del trono que tantas ambiciones se disputan y no se deshonre como lo hago yo para vivir. -Una lágrima asomó a los ojos de Étienne Lousteau-. 

El tiempo y el amor perdidos



La llanura Briard (1871-78). Gustave Cailllebotte

El padre de Emma quiso que fueran en su carricoche y él mismo los acompañó hasta Vassonville. Allí abrazó a su hija por última vez, se apeó y emprendió el camino de regreso. Se detuvo a unos cien pasos y, mirando alejarse el carricoche con las ruedas levantando nubes de polvo, lanzó un profundo suspiro. Empezó a acordarse de su propia boda, de aquel tiempo lejano, del primer embarazo de su mujer. También él estaba muy ufano el día en que la sacó de casa de su padre para llevársela a la suya. Iban los dos montados a caballo, ella a la grupa, trotando sobre la nieve, porque eran vísperas de Navidad y el campo estaba completamente blanco. Ella se sujetaba a él con un brazo y en el otro llevaba su cesta; el viento le agitaba los encajes de su tocado regional, que a veces le rozaban a él la boca. Y si volvía la cabeza, la veía allí, tan cerca, apoyando en su hombros aquella carita sonrosada que le sonreía en silencio bajo el bonete dorado. De vez en cuando, para calentarse un poco los dedos, se los metía a él por entre el pecho. ¡Qué antiguo era ya todo aquello! Treinta años habría cumplido ahora su hijo. Y en ese momento miró hacia atrás y ya no vio nada en el camino. Se sintió triste como una casa de la que se han llevado los muebles, y en su mente, nublada por los vapores del jolgorio, los recuerdos dulces se entremezclaban con las ideas negras, así que le dieron ganas de ir a darse una vuelta por la iglesia. Pero tuvo miedo de que aquella visita le pusiera más triste todavía, de manera que se volvió directamente a casa.


Págs. 32 y 33. Madame Bovary (1856). Gustave Flaubert. EL MUNDO, Biblioteca Millenium.

¿Cómo aceptar la muerte de un ser querido?


Arado de campo (1820-30), Caspar David Friedrich.

Cuando perdí a mi mujer, que en paz descanse, me iba a andar por el campo para estar completamente solo. Me echaba al pie de un árbol, lloraba, clamaba a Dios y le decía tonterías, hubiera querido ser un topo, estar cubierto de gusanos, morirme, en una palabra. Y cuando me acordaba de que otros, en aquel mismo momento, estarían con sus mujercitas y las tendrían abrazadas contra su pecho, me ponía a dar golpes en el suelo con el bastón; estuve a punto de volverme loco, ni ganas de comer tenía, no se lo podrá creer, pero la sola idea de ir al café me horrorizaba. Pues bueno, poquito a poco, un día detrás de otro, primavera tras invierno y otoño tras verano, aquello se fue pasando gota a gota, grano a grano; se ha disipado, ha cesado, o mejor dicho, ha decrecido, porque queda algo siempre, claro, ahí en el fondo, no sé cómo decirle, una especie de peso aquí encima del pecho. Pero ya sé que ésa ha de ser la suerte de todos, y tampoco hay que entregarse a la desesperación ni desear uno morirse porque se mueran los demás... [...] Se fue acordando cada vez menos, a medida que se iba habituando a vivir solo. El nuevo incentivo de la independencia pronto le hizo más soportable la soledad. Ahora podía comer a las horas que quería, entrar y salir sin dar cuentas a nadie, y cuando estaba muy cansado, tenderse en la cama cuan largo era con todo el sitio para él. Se mimaba a sí mismo, se daba la buena vida y aceptaba todos los consuelos que recibía.


Págs. 24-25. Madame Bovary (1856). Gustave Flaubert. EL MUNDO, Biblioteca Millenium.

Una mayoría mediocre


Edición francesa de César Birotteau, de Honoré de Balzac.

Mientras estuvo en funciones, supo componerse un lenguaje atiborrado de tópicos, salpicado de axiomas y de mañas expresados en frases con buena caída que, dichas despaciosamente, sonaban elocuentes a las personas superficiales. Y así fue cómo agradó a esa mayoría mediocre por naturaleza, condenada a perpetuidad a las tareas y a los puntos de vista a ras de tierra.


Pág. 56. Grandeza y decadencia de César Birotteau, perfumista (1837). Honoré de Balzac. Ed. Alba.