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Aquí encontrarás una selección accidental de textos literarios pertenecientes a obras clásicas de la Literatura universal. Sin otro criterio que el gusto y el azar seguidos por el profesor de Lengua Rafael Bermúdez Ortiz, el alumnado tiene la oportunidad de acercarse a algunos de los títulos y autores más célebres del canon literario occidental mediante este catálogo de citas, páginas y recortes. Ojalá disfruten tanto como el autor de su lectura.
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¿A qué llaman vivir?


Fotograma de la película Solo en casa (1990), de Chris Columbus

- [...] ¿Es que no le interesa el dinero?

- No, porque se ha convertido en meta y nos impide disfrutar del camino por donde vamos andando. Además, ni siquiera es bonito, como antes, cuando se gozaba de su tacto como el de una joya. [...] Ahora, el dinero son viles papeluchos arrugados. Yo, cuando tengo alguno, estoy deseando soltarlo.

- Todo lo que usted quiera -interrumpió el comisario-, pero hacen falta para vivir.

- Eso suele decirse, sí. Para vivir... ¿Pero a qué llaman vivir? Para mí, vivir es no tener prisa, contemplar las cosas, prestar oído a las cuitas ajenas, sentir curiosidad y compasión, no decir mentiras, compartir con los vivos un vaso de vino o un trozo de pan, acordarse con orgullo de la lección de los muertos, no permitir que nos humillen o nos engañen, no contestar que sí ni que no sin haber contado antes hasta cien como hacía el Pato Donald... Vivir es saber estar solo para aprender a estar en compañía, y vivir es explicarse y llorar... y vivir es reírse... He conocido a mucha gente a lo largo de mi vida, comisario, y, créame, en nombre de ganar dinero para vivir, se lo toman tan en serio que se olvidan de vivir. Precisamente ayer, paseando por Central Park más o menos a estas horas, me encontré con un hombre inmensamente rico que vive por allí cerca y entablamos conversación. Pues bueno, está desesperado y no sabe por qué. No le saca partido a nada ni le encuentra aliciente a la vida. Y claro, se obsesiones por tonterías. Al cabo de un rato, parecía yo la millonaria y él el mendigo.

Caperucita en Manhattan. Carmen MARTÍN GAITE

El niño mortal y rosa


Portada del libro Mortal y rosa


Pero el niño está ahí, dorado de sí mismo, vivo, mirado desde los rincones por todos los gatos de la muerte, haciendo hablar a las cosas, gozoso de la locuacidad de los objetos y las esquinas, asomado al culo de la vida, viendo el revés de todo, encontrándole al mundo púas musicales, resortes de payaso. El niño, su vida breve, el oro de su pelo, sin tiempo por detrás ni por delante, amenazado, fugaz e inverosímil como una manzana en el mar, reciente todavía de aquel parto a última hora de la tarde, cuando me miré a mí mismo en su llanto boca abajo.

La primer niñez, la época que perdemos de nuestra vida, de la que nunca sabemos nada, sólo se recupera con el hijo, con él vuelve a vivirse. Gracias al hijo podemos asistir a nuestra propia infancia, a nuestro propio nacimiento, y yo miraba aquellos ojos cerrados, aquel llanto rosáceo, y me veía a mí mismo, por fin, en el revés del tiempo. El niño, su debilísimo denuedo, su crueldad rosa, fe total en la vida, sin pasado ni futuro, presente completo, y cómo se ha ido abriendo paso a través del idioma, cómo ha ido abriendo frondas, tomando palabras, y llega ya hasta mí, venido de la manigua que nos separaba, del bosque de los nombres y las letras, y está ya de este lado, habitante del alfabeto.

Qué alegría, vivir


Jean-Paul Belmondo y Jean Seberg en Al final de la escapada (1960), de Jean-Luc Godard

Qué alegría, vivir
sintiéndose vivido.
Rendirse
a la gran certidumbre, oscuramente,
de que otro ser, fuera de mí, muy lejos,
me está viviendo.
Que cuando los espejos, los espías,
azogues, almas cortas, aseguran
que estoy aquí, yo, inmóvil,
con los ojos cerrados y los labios,
negándome al amor
de la luz, de la flor y de los nombres,
la verdad trasmisible es que camino
sin mis pasos, con otros,
allá lejos, y allí
estoy besando flores, luces, hablo.
Que hay otro ser por el que miro el mundo
porque me está queriendo con sus ojos.
Que hay otra voz con la que digo cosas
no sospechadas por mi gran silencio;
y es que también me quiere con su voz.
La vida -¡qué transporte ya!- ignorancia
de lo que son mis actos, que ella hace,
en que ella vive, doble, suya y mía.
y cuando ella me hable
de un cielo oscuro, de un paisaje blanco,
recordaré
estrellas que no vi, que ella miraba,
y nieve que nevaba allá en su cielo.
Con la extraña delicia de acordarse
de haber tocado lo que no toqué
sino con esas manos que no alcanzo
a coger con las mías, tan distantes.
Y todo enajenado podrá el cuerpo
descansar, quieto, muerto ya. Morirse
en la alta confianza
de que este vivir mío no era sólo
mi vivir: era el nuestro. Y que me vive
otro ser por detrás de la no muerte.


Pedro Salinas. La voz a ti debida, 1933.

En la plaza


La fiesta (1950), fotografía de Robert Doisneau


Hermoso es, hermosamente humilde y confiante, vivificador y profundo,
sentirse bajo el sol, entre los demás, impelido,
llevado, conducido, mezclado, rumorosamente arrastrado.
No es bueno
quedarse en la orilla
como el malecón o como el molusco que quiere calcáreamente imitar a la roca.
Sino que es puro y sereno arrasarse en la dicha
de fluir y perderse,
encontrándose en el movimiento con que el gran corazón de los hombres palpita extendido.
Como ese que vive ahí, ignoro en qué piso,
y le he visto bajar por unas escaleras
y adentrarse valientemente entre la multitud y perderse.
La gran masa pasaba. Pero era reconocible el diminuto corazón afluido.
Allí, ¿quién lo reconocería? Allí con esperanza, con resolución o con fe, con temeroso denuedo,
con silenciosa humildad, allí él también
transcurría.
Era una gran plaza abierta, y había olor de existencia.
Un olor a gran sol descubierto, a viento rizándolo,
un gran viento que sobre las cabezas pasaba su mano,
su gran mano que rozaba las frentes unidas y las reconfortaba.
Y era el serpear que se movía
como un único ser, no sé si desvalido, no sé si poderoso,
pero existente y perceptible, pero cubridor de la tierra.
Allí cada uno puede mirarse y puede alegrarse y puede reconocerse.
Cuando, en la tarde caldeada, solo en tu gabinete,
con los ojos extraños y la interrogación en la boca,
quisieras algo preguntar a tu imagen,
no te busques en el espejo,
en un extinto diálogo en que no te oyes.
Baja, baja despacio y búscate entre los otros.
Allí están todos, y tú entre ellos.
Oh, desnúdate y fúndete, y reconócete.
Entra despacio, como el bañista que, temeroso, con mucho amor y recelo al agua,
introduce primero sus pies en la espuma,
y siente el agua subirle, y ya se atreve, y casi ya se decide.
Y ahora con el agua en la cintura todavía no se confía.
Pero él extiende sus brazos, abre al fin sus dos brazos y se entrega completo.
Y allí fuerte se reconoce, y se crece y se lanza,
y avanza y levanta espumas, y salta y confía,
y hiende y late en las aguas vivas, y canta, y es joven.
Así, entra con pies desnudos. Entra en el hervor,  en la plaza.
Entra en el torrente que te reclama y allí sé tú mismo.
¡Oh pequeño corazón diminuto, corazón que quiere latir
para ser él también el unánime corazón que le alcanza!

Vicente Aleixandre. Historia del corazón, 1954.

La calle Singleton


Snow route, Williamsburg (2014). Luis Pérez

Al conducir por el laberinto de calles oscuras y sucias del sur de la ciudad, Macon se preguntó cómo podía Muriel sentirse segura viviendo en esos barrios. Había demasiados callejones lóbregos, huecos de escalera llenos de basura y portales cubiertos de jirones de carteles. Los comercios, cerrados con rejas, ofrecían unos servicios sospechosos en rótulos ineptamente escritos: PAGAMOS CHEQUES SIN HACER PREGUNTAS. IMPUESTO SOBRE LA RENTA DE TINY BUBBA. PINTAMOS COCHES EN EL DÍA. aun a esa hora avanzada de una fría noche de noviembre, había grupos de personas acechando en las sombras: hombres jóvenes que bebían de botellas envueltas en papel marrón, mujeres de mediana edad discutiendo bajo la marquesina de un cine que rezaba CERRADO.

Una casa a la medida de nuestros proyectos


Portada de la edición española de Llenos de Vida, de la editorial Anagrama.

La casa era grande porque nuestros proyectos también lo eran. El primero ya estaba allí, un bulto en el vientre de la futura madre, un bulto en movimiento sinuoso, deslizante y escurridizo, como un nido de serpientes. En las horas tranquilas que precden a a la medianoche, pego la oreja al lugar y oigo un rumor como de arroyo: gorgoteos, succiones, chapoteos.


Pág. 9. Llenos de vida (1952). John Fante. Anagrama.

Iniciación a la vida de Charles Bovary

En las hermosas noches de verano, cuando las calles tibias se vacían de transeúntes y los criados salen a jugar al volante a la puerta de las casas, abría la ventana y se asomaba, apoyado de codos sobre el alféizar. El río, que hace de ese barrio de Rouen una especie de vil Venecia en miniatura, discurría allí abajo, amarillo, violeta, azul, entre puentes y pretiles. Unos obreros, en cuclillas, se lavaban los brazos en sus márgenes. En unas pértigas que sobresalían en lo alto de las buhardillas se veían madejas de algodón tendidas a secar. Y enfrente, al otro lado de los tejados, se extendía el cielo puro con el sol encarnado ocultándose. ¡Qué bien se debía de estar allá! ¡Qué sensación de frescura en los bosques de hayas! Y ensanchaba las aletas de la nariz como para aspirar aquel buen olor del campo que no llegaba hasta allí.

El paisaje como metáfora de la vida

Una hora más tarde, había salido ya de Saint-Pol y se dirigía a Tinques, que sólo dista cinco leguas de Arras.
¿Qué hacía durante este trayecto? ¿En qué pensaba? Lo mismo que por la mañana, miraba cómo pasaban los árboles, los tejados de las cabañas, los campos cultivados, la perspectiva del paisaje, que variaba a cada recodo del camino. Ésta es una contemplación que a veces satisface al alma, y que la dispensa casi de pensar. Ver mil objetos, por primera y última vez, ¿qué hay más melancólico y más profundo? Viajar es nacer y morir a cada instante. Quizás, en la región más vaga de su espíritu, comparaba aquellos horizontes variables con la existencia del hombre. Todas las cosas de la vida huyen perpetuamente delante de nosotros; se mezclan la claridad y las sombras: después de una viva luz, viene un eclipse; el hombre mira, corre, tiende la mano para coger lo que pasa; cada incidente es un recodo del camino; y, de repente, llega la vejez. Se siente como una sacudida, todo es negro; se distingue una puerta oscura, el sombrío caballo de la vida que nos arrastra se detiene súbitamente, y se ve a un ser, velado y desconocido, que lo desengancha en las tinieblas".

Págs. 238 y 239. Los miserables (1862). Víctor Hugo. El Mundo. 

La muerte da sentido a la vida


Panorámica del barrio de Alfama, en Lisboa (Portugal).

Sostiene Pereira que le conoció un día de verano. Una magnífica jornada veraniega, soleada y aireada, y Lisboa resplandecía. Parece que Pereira se hallaba en la redacción, sin saber qué hacer, el director estaba de vacaciones, él se encontraba en el aprieto de organizar la página cultural, porque el Lisboa contaba ya con una página cultural, y se la habían encomendado a él. Y él, Pereira, reflexionaba sobre la muerte. En aquel hermoso día de verano, con aquella brisa atlántica que acariciaba las copas de los árboles y un sol resplandeciente, y con una ciudad que refulgía, que literalmente refulgía bajo su ventana, y un azul, un azul nunca visto, sostiene Pereira, de una nitidez que casi hería los ojos, él se puso a pensar en la muerte. ¿Por qué? Eso, a Pereira le resulta imposible decirlo. Sería porque su padre, cuando él era pequeño, tenía una agencia de pompas fúnebres que se llamaba Pereira La Dolorosa, sería porque su mujer había muerto de tisis unos años antes, sería porque él estaba gordo, sufría del corazón y tenía la presión alta, y el médico le había dicho que de seguir así no duraría mucho, pero el hecho es que Pereira se puso a pensar en la muerte, sostiene. Y por casualidad, por pura casualidad, se puso a hojear una revista. Era una revista literaria pero que tenía una sección de filosofía. Una revista de vanguardia quizá, de eso Pereira no está seguro, pero que contaba con muchos colaboradores católicos. Y Pereira era católico, o al menos en aquel momento se sentía católico, un buen católico, pero en una cosa no conseguía creer, en la resurrección de la carne. En el alma, sí, claro, porque estaba seguro de poseer un alma, pero toda su carne, aquella chicha que circundaba su alma, pues bien, eso no, no volvería a renacer, y además ¿para qué?, se preguntaba Pereira. Todo aquel sebo que le acompañaba diariamente, el sudor, el jadeo al subir las escaleras, ¿para qué iban a renacer? No, no quería nada de aquello en la otra vida, para toda la eternidad, Pereira, y no quería creer en la resurrección de la carne. Así que se puso a hojear aquella revista, con indolencia, porque se estaba aburriendo, sostiene, y encontró un artículo que decía: «La siguiente reflexión acerca de la muerte procede de una tesina leía el mes pasado en la Universidad de Lisboa. Su autor es Francisco Monteiro Rossi, que se ha licenciado en filosofía con las más altas calificaciones; se trata únicamente de un fragmento de su ensayo, aunque quizá colabore nuevamente en el futuro con nosotros».

Apogeo y decadencia


Caricatura de Honoré de Balzac

En toda existencia hay un apogeo, una época durante la cual las causas actúan y mantienen una relación cabal con los resultados. Ese mediodía de la vida, en que las fuerzas vivas se equilibran y acontecen con todo su esplendor, no sólo se da en todos los seres orgánicos, sino también en las ciudades, las naciones, las ideas, las instituciones, los comercios y las empresas que, de la misma forma que las razas nobles y las dinastías, nacen, suben y caen. ¿De dónde procede la rigurosidad con que este tema del crecimiento y la mengua afecta a cuanto se organiza en este mundo? Pues la propia muerte tiene, en tiempos de plaga, progreso, decrecimiento, recrudescencia y sueño. Incluso este globo nuestro es quizá un cohete algo más duradero que los demás. La Historia, al referir las causas de la grandeza y la decadencia de todo cuanto aquí abajo existió, podría avisar al hombre del momento en que debe detener el juego de todas sus facultades; pero ni los conquistadores, ni los actores, ni las mujeres, ni los autores escuchan su salutífera voz. César Birotteau, que debía considerarse en el apogeo de su buena suerte, interpretaba esa etapa de inmovilidad como un nuevo punto de partida. No estaba enterado de nada de esto; por lo demás, ni las naciones ni los reyes han intentado escribir en caracteres indelebles el motivo de esos vuelcos de que está preñada la Historia y de los que tan notables ejemplos brindan tantas cosas soberanas o comerciales. ¿Por qué no habrá pirámides nuevas que recuerden incesantemente el siguiente principio, que debe regir la política de las naciones tanto como la de los particulares: Cuando el efecto producido no tiene ya ni relación directa no proporcionalidad pareja con su causa, comienza la desorganización? Pero monumentos de ésos los hay por doquier: se trata de las tradiciones y de las piedras que nos hablan del pasado, que carta de ciudadanía a los caprichos del indomeñable Destino, cuya mano nos borra los sueños, que nos demuestran que los acontecimientos de mayor envergadura se resumen en una idea. Troya y Napoleón no son sino poemas. Ojalá esta historia sea el poema de las vicisitudes burguesas de las que no se acordó ninguna voz, porque parecían totalmente desprovistas de grandeza, mientras que, por eso mismo, son desmedidas; no se trata ya aquí de un único hombre, sino de todo un pueblo de pesares.


Págs. 72 y 73. Honoré de Balzac. Grandeza y decadencia de César Birotteau, perfumista (1837). Alba.

Truffaut: el cine o la vida


François Truffaut (izquierda) y Jean-Pierre Léaud, director y actor de La noche americana, durante un rodaje en 1970.

Las películas son más armoniosas que la vida, Alphonse. No hay atascos en los films, no hay tiempos muertos. Las películas avanzan como los trenes, ¿lo comprendes?, igual que los trenes en la noche. 

Las gentes como tú, como yo, estamos hechas para ser felices en el trabajo... en nuestro trabajo de cine.


Película: La nuit americaine (1973). François Truffaut.