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Aquí encontrarás una selección accidental de textos literarios pertenecientes a obras clásicas de la Literatura universal. Sin otro criterio que el gusto y el azar seguidos por el profesor de Lengua Rafael Bermúdez Ortiz, el alumnado tiene la oportunidad de acercarse a algunos de los títulos y autores más célebres del canon literario occidental mediante este catálogo de citas, páginas y recortes. Ojalá disfruten tanto como el autor de su lectura.
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Iniciación a la vida de Charles Bovary

En las hermosas noches de verano, cuando las calles tibias se vacían de transeúntes y los criados salen a jugar al volante a la puerta de las casas, abría la ventana y se asomaba, apoyado de codos sobre el alféizar. El río, que hace de ese barrio de Rouen una especie de vil Venecia en miniatura, discurría allí abajo, amarillo, violeta, azul, entre puentes y pretiles. Unos obreros, en cuclillas, se lavaban los brazos en sus márgenes. En unas pértigas que sobresalían en lo alto de las buhardillas se veían madejas de algodón tendidas a secar. Y enfrente, al otro lado de los tejados, se extendía el cielo puro con el sol encarnado ocultándose. ¡Qué bien se debía de estar allá! ¡Qué sensación de frescura en los bosques de hayas! Y ensanchaba las aletas de la nariz como para aspirar aquel buen olor del campo que no llegaba hasta allí.

Árboles como hijos


Casa de Chateaubriand en La Vallée-aux-Loups

Hace cuatro años que, a mi regreso de Tierra Santa, compré cerca de la aldea de la aldea de Aulnay, en las inmediaciones de Sceaux y de Châtenay, una casa de campo, oculta entre colinas cubiertas de bosques. El terreno desigual y arenoso perteneciente a esta casa no era sino un vergel salvaje en cuyo extremo había un barranco y una arboleda de castaños. Este reducido espacio me pareció adecuado para encerrar mis largas esperanzas; patio breva spem longam reseces. Los árboles que he plantado prosperan, son tan pequeños aún que les doy sombra cuando me interpongo entre ellos y el sol. Un día me devolverán esta sombra y protegerán los años de mi vejez como yo he protegido su juventud. Los he elegido, en lo posible, de cuantos climas he recorrido; me recuerdan mis viajes y alimentan en el fondo de mi corazón otras ilusiones.

Oda a la vida retirada


Joachim Patinir. Paisaje con san Jerónimo (1516-17)

¡Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruïdo,
y sigue la escondida
senda, por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido;

Que no le enturbia el pecho
de los soberbios grandes el estado,
ni del dorado techo
se admira, fabricado
del sabio Moro, en jaspe sustentado!

No cura si la fama canta
con voz su nombre pregonera
no cura si encarama
la lengua lisonjera
lo que condena la verdad sincera.

¿Qué presta a mi contento
si soy del vano dedo señalado;
si, en busca de este viento,
ando desalentado,
con ansias vivas, con mortal cuidado?

¡Oh monte, oh fuente, oh río!
¡Oh secreto seguro, deleitoso!
Roto casi el navío,
a vuestro almo reposo
huyo de aqueste (este) mar tempestuoso.

El campo al amanecer

Hacia las cuatro de la mañana, Charles, bien envuelto en su abrigo, se puso en camino hacia Les Bertaux. Adormecido todavía por la tibieza del sueño, se dejaba acunar por el trote pacífico de su caballería. Cuando ésta tenía a bien pararse en una de esas zanjas rodeadas de espinos que se abren a la orilla de los surcos, Charles se despertaba sobresaltado, se acordaba inmediatamente de la pierna rota y procuraba traer a la memoria todo lo que había aprendido en materia de fracturas. Había dejado de llover, empezaba a despuntar el día y sobre las ramas peladas de los manzanos los pájaros se quedaban inmóviles, con las plumas de punta contra el viento frío de la mañana. La planicie del campo se extendía hasta perderse de vista, y los macizos de árboles que rodeaban las granjas ponían manchas espaciadas de color violeta oscuro sobre aquella gran superficie gris que iba a fundirse allá en el horizonte con el tono lúgubre del cielo. Charles de vez en cuando abría los ojos; pero en seguida la mente se le cansaba, le volvía a vencer el sueño y caía en una especie de sopor dentro del cual se le confundían las sensaciones recientes con recuerdos más antiguos; y así se veía a sí mismo desdoblado, sintiéndose al mismo tiempo estudiante y marido, durmiendo en su cama, como hacía unos momentos, y cruzando, como antaño, la sala de operaciones del hospital. El olor tibio de las cataplasmas se mezclaba dentro de su cabeza con el aroma del rocío; oía correrse las anillas de hierro de las camas sobre su varilla correspondiente y la respiración de su mujer que dormía.


Pág. 18. Madame Bovary. Gustave Flaubert (1856). EL MUNDO, Biblioteca Millenium.