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Aquí encontrarás una selección accidental de textos literarios pertenecientes a obras clásicas de la Literatura universal. Sin otro criterio que el gusto y el azar seguidos por el profesor de Lengua Rafael Bermúdez Ortiz, el alumnado tiene la oportunidad de acercarse a algunos de los títulos y autores más célebres del canon literario occidental mediante este catálogo de citas, páginas y recortes. Ojalá disfruten tanto como el autor de su lectura.
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El abeto que quería ser mayor


Felicitación navideña ilustrada por Walter M. Dunk en 1916

- ¡Oh, ojalá fuera un árbol grande como los otros! - suspiraba el pequeño abeto-. Entonces podría extender mis ramas alrededor de la copa y ver el ancho mundo. Los pájaros construirían nidos en mis ramas y, cuando soplara el viento, me inclinaría aristocráticamente, como los otros.

- ¡Alégrate de tu juventud! -dijeron los rayos del sol-. ¡Alégrate de tus frescos brotes, de la vida joven que hay en ti!

[...] Cuando llegó la Navidad, talaron muchos árboles jóvenes, árboles que muchas veces ni siquiera tenían el tamaño o la edad de este abeto que nunca estaba satisfecho y que estaba siempre queriendo marcharse. Aquellos árboles jóvenes, que eran los más bellos de todos, siempre conservaban sus ramas, los colocaban en unos carros y unos caballos se los llevaban del bosque.

- ¿Adónde van? -preguntó el abeto-. No son más grandes que yo, uno era incluso más pequeño, ¿por qué no les quitan las ramas? ¿Adónde los llevan?

- ¡Lo sabemos, lo sabemos! -gorjearon los gorriones-. Allá abajo en la ciudad miramos los cristales. ¡Sabemos dónde los llevan! ¡Oh, van hacia el brillo y el esplendor más grande que uno pueda imaginarse! Hemos mirado por las ventanas y hemos visto que los plantan en medio de la caliente sala y los adornan con las cosas más preciosas: manzanas doradas, pastelillos de miel, juguetes y muchos cientos de velas.

- ¿Y luego...? -preguntó el abeto, temblando en todas sus ramas-. ¿Y luego? ¿Qué pasa luego?

Pastelillos en la guerra


Descanso en la marcha
(1876), de José Benlliure y Gil. Museo Del Prado

Entre los cañones emplazados en una altura, se veía al general, comandante de la retaguardia, que, con un oficial de su séquito, examinaban el paisaje con un anteojo. Unos cuantos pasos más atrás, Nesvitsky, a quien el general en jefe había mandado a la retaguardia, se hallaba sentado en el afuste de un cañón. El cosaco que acompañaba a Nesvitsky le había entregado un morral y una botella, y éste obsequiaba a los oficiales con unos pastelillos y con auténtico Kummel. Los oficiales le rodeaban alegres, unos de rodillas y otros sentados al estilo turco sobre la hierba húmeda.


- Verdaderamente, no era tonto el príncipe austríaco que construyó aquí su castillo. Es un lugar hermoso. ¿No comen ustedes, señores? -dijo Nesvitsky.


- Muchas gracias, príncipe -contestó uno de los oficiales, satisfechos de hablar con un personaje importante del Estado Mayor-. Es un lugar precioso. Hemos pasado delante del parque y hemos visto dos ciervos. ¡Qué casa tan magnífica!