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Aquí encontrarás una selección accidental de textos literarios pertenecientes a obras clásicas de la Literatura universal. Sin otro criterio que el gusto y el azar seguidos por el profesor de Lengua Rafael Bermúdez Ortiz, el alumnado tiene la oportunidad de acercarse a algunos de los títulos y autores más célebres del canon literario occidental mediante este catálogo de citas, páginas y recortes. Ojalá disfruten tanto como el autor de su lectura.
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Si yo fuera normal...


Adaptación cinematográfica de Yerma (1998) dirigida por Pilar Távora

YERMA.- [...] ¡María! ¿Por qué pasas tan deprisa por mi puerta?

MARÍA.- (Con un niño en brazos) Cuando voy con el niño lo hago... ¡Como siempre lloras!

YERMA.- Tienes razón. (Coge el niño y se sienta.)

MARÍA.- Me da tristeza que tengas envidia.

YERMA.- No es envidia lo que tengo, es pobreza.

MARÍA.- No te quejes.

YERMA.- ¡Cómo no me voy a quejar cuando te veo a ti y a las otras mujeres llenas por dentro de flores, y viéndome yo inútil en medio de tanta hermosura!

MARÍA.- Pero tienes otras cosas. Si me oyeras, podrías ser feliz.

YERMA.- La mujer de campo que no da hijos es inútil como un manojo de espinos, y hasta mala, a pesar de que yo sea este desecho dejado de la mano de Dios. (MARÍA hace un gesto como para tomar el niño.) Tómalo, contigo está más a gusto. Yo no debo tener manos de madre.

MARÍA.- ¡Por qué dices eso!

YERMA.- (Se levanta) Porque estoy harta. Porque estoy harta de tenerlas y no poderlas usar en cosa propia. Que estoy ofendida y rebajada hasta lo último, viendo que los trigos apuntan, que las fuentes no cesan de dar agua y que paren las ovejas cientos de corderos, y las perras, y que parece que todo el campo puesto de pie me enseña sus crías tiernas, adormiladas, mientras yo siento los golpes de martillo aquí, en lugar de la boca de mi niño.

El niño mortal y rosa


Portada del libro Mortal y rosa


Pero el niño está ahí, dorado de sí mismo, vivo, mirado desde los rincones por todos los gatos de la muerte, haciendo hablar a las cosas, gozoso de la locuacidad de los objetos y las esquinas, asomado al culo de la vida, viendo el revés de todo, encontrándole al mundo púas musicales, resortes de payaso. El niño, su vida breve, el oro de su pelo, sin tiempo por detrás ni por delante, amenazado, fugaz e inverosímil como una manzana en el mar, reciente todavía de aquel parto a última hora de la tarde, cuando me miré a mí mismo en su llanto boca abajo.

La primer niñez, la época que perdemos de nuestra vida, de la que nunca sabemos nada, sólo se recupera con el hijo, con él vuelve a vivirse. Gracias al hijo podemos asistir a nuestra propia infancia, a nuestro propio nacimiento, y yo miraba aquellos ojos cerrados, aquel llanto rosáceo, y me veía a mí mismo, por fin, en el revés del tiempo. El niño, su debilísimo denuedo, su crueldad rosa, fe total en la vida, sin pasado ni futuro, presente completo, y cómo se ha ido abriendo paso a través del idioma, cómo ha ido abriendo frondas, tomando palabras, y llega ya hasta mí, venido de la manigua que nos separaba, del bosque de los nombres y las letras, y está ya de este lado, habitante del alfabeto.

El amor incondicional

Héctor Abad Gómez, autor de la epístola, con su hijo en brazos, Héctor Abad Faciolince.
"Mi adorado hijo: eso de las depresiones a tu edad es como más común de lo que parece. Yo recuerdo una muy fuerte en Minneapolis, Minnesota, cuando tenía unos veintiséis años y estuve a punto de quitarme la vida. Creo que el invierno, el frío, la falta de sol, para nosotros, seres tropicales, es un factor desencadenante. Y para decirte la verdad, eso de que de pronto desempaques aquí con tus maletas y dispuesto a mandar todo lo europeo para un carajo, nos pone a tu mamá y a mí en el colmo de la felicidad. Tú tienes más que ganado lo equivalente a cualquier 'título' universitario y tu tiempo lo has empleado tan bien en formarte cultural y personalmente que si te aburres en la universidad es apenas natural. Cualquier cosa que tú hagas de aquí en adelante, si escribes o no escribes, si te titulas o no titulas, si trabajas en la empresa de tu mamá, o en El Mundo o en La Inés, o dando clases en un colegio de Secundaria, o dictando conferencias como Estanislao Zuleta, o como psicoanalista de tus padres, hermanos y parientes, o siendo simplemente Héctor Abad Faciolince, estará bien; lo que importa es que no vayas a dejar de ser lo que has sido hasta ahora, una persona, que simplemente por el hecho de ser como es, no por lo que escriba o no escriba, o porque brille o porque figure, sino porque es como es, se ha ganado el cariño, el respeto, la aceptación, la confianza, el amor, de una gran mayoría de los que te conocen. Así queremos seguir viéndote, no como futuro gran escritor, o periodista o comunicador o profesor o poeta, sino como el hijo, el hermano, el pariente, el amigo, el humanista que entiende a los demás y que no aspira a ser entendido. Qué más da lo que crean de ti, qué más da el oropel, para los que sabemos quién eres tú.

Por Dios, nuestro querido Quinquín, cómo vas a pensar que 'te sostenemos' [...] porque 'ese muchacho puede llegar lejos'. Pero si es que ya has llegado muy lejos, más lejos que todos nuestros sueños, mejor que todo lo que imaginábamos para cualquiera de nuestros hijos.

Tú sabes muy bien que las ambiciones de mamá y yo no son de gloria, ni de dinero, ni siquiera de felicidad, esa palabra que suena tan lindo pero que se alcanza tan pocas veces y apenas por períodos tan cortos (y que tal vez por eso mismo se aprecia tanto), para todos nuestros hijos, sino que por lo menos adquieran bienestar, esa palabra más sólida, más perdurable, más posible, más alcanzable [...] Lo que nosotros queremos es que tú vivas. Y vivir significa muchas mejores cosas que ser famoso, alcanzar títulos o ganar premios. [...] Yo creo que las cosas son así de simples, después de darles tantas vueltas y de complicarlas tanto. Hay que matar esos amores a cosas tan etéreas como la fama, la gloria, el éxito...

Bueno, mi Quinquín, ya sabes lo que pienso de ti y tu futuro. No tienes por qué angustiarte. Vas muy bien y vas a ir mejor. Cada año mejor, y cuando llegues a mi edad o a la edad de tu abuelo y puedas disfrutar de los paisajes de esta parcela de La Inés que pienso dejarles a ustedes, con sol, con calor, con verdor, vas a ver que yo tenía razón. No aguantes más allá de lo que te creas capaz. Si quieres volver te recibiremos con los brazos abiertos. Y si te arrepientes y quieres regresar otra vez, tampoco nos faltará con qué comprarte el pasaje de ida y regreso. Sin que te olvides nunca que el más importante es este último. Te besa tu padre".


El olvido que seremos, Héctor Abad Faciolince. Seix Barral

Una casa a la medida de nuestros proyectos


Portada de la edición española de Llenos de Vida, de la editorial Anagrama.

La casa era grande porque nuestros proyectos también lo eran. El primero ya estaba allí, un bulto en el vientre de la futura madre, un bulto en movimiento sinuoso, deslizante y escurridizo, como un nido de serpientes. En las horas tranquilas que precden a a la medianoche, pego la oreja al lugar y oigo un rumor como de arroyo: gorgoteos, succiones, chapoteos.


Pág. 9. Llenos de vida (1952). John Fante. Anagrama.

La casa vacía


Luces de noche en la ciudad
. Edward Hopper

- Anoche no vino a casa -dijo la señora Saddler-. Ese chico me tiene preocupada. No es malo, porque malo no es -le dijo a Macon-, pero es inquieto, ¿entiende usted? Cuando está en casa, se nota tanto que está, con esas botazas suyas arriba y abajo, pero cuando no está, también se nota... La casa está desierta. Todo son ecos.


Pág. 360. El turista accidental (1985). Anne Tyler. Punto de Lectura

Aquellas tardes con Edward


Además, Edward no era un mal perro, en el fondo; sólo un poco revoltoso. Era simpático, le tenía cariño a Macon y lo seguía a todas partes. Tenía en la frente un surco en forma de uve doble que le daba un aire circunspecto. Sus grandes orejas, puntiagudas y aterciopeladas, parecían más expresivas que las de otros perros; cuando estaba contento le sobresalían a ambos lados de la cabeza como las alas de un avión. Su olor era sorprendentemente agradable, el olor dulzón que toma un jersey favorito cuando se ha guardado en un cajón sin antes lavarlo.

Y había sido de Ethan.

El tiempo y el amor perdidos



La llanura Briard (1871-78). Gustave Cailllebotte

El padre de Emma quiso que fueran en su carricoche y él mismo los acompañó hasta Vassonville. Allí abrazó a su hija por última vez, se apeó y emprendió el camino de regreso. Se detuvo a unos cien pasos y, mirando alejarse el carricoche con las ruedas levantando nubes de polvo, lanzó un profundo suspiro. Empezó a acordarse de su propia boda, de aquel tiempo lejano, del primer embarazo de su mujer. También él estaba muy ufano el día en que la sacó de casa de su padre para llevársela a la suya. Iban los dos montados a caballo, ella a la grupa, trotando sobre la nieve, porque eran vísperas de Navidad y el campo estaba completamente blanco. Ella se sujetaba a él con un brazo y en el otro llevaba su cesta; el viento le agitaba los encajes de su tocado regional, que a veces le rozaban a él la boca. Y si volvía la cabeza, la veía allí, tan cerca, apoyando en su hombros aquella carita sonrosada que le sonreía en silencio bajo el bonete dorado. De vez en cuando, para calentarse un poco los dedos, se los metía a él por entre el pecho. ¡Qué antiguo era ya todo aquello! Treinta años habría cumplido ahora su hijo. Y en ese momento miró hacia atrás y ya no vio nada en el camino. Se sintió triste como una casa de la que se han llevado los muebles, y en su mente, nublada por los vapores del jolgorio, los recuerdos dulces se entremezclaban con las ideas negras, así que le dieron ganas de ir a darse una vuelta por la iglesia. Pero tuvo miedo de que aquella visita le pusiera más triste todavía, de manera que se volvió directamente a casa.


Págs. 32 y 33. Madame Bovary (1856). Gustave Flaubert. EL MUNDO, Biblioteca Millenium.

¿Cómo sobrevivir a un hijo?


Inicio de la película El turista accidental (1988), de Lawrence Kasdan

-¡Macon! ¿Qué haces aquí? Él le entregó la carta.
Ella la cogió y la abrió con ambas manos [...]. Leyó y luego levantó la vista hacia él.
Macon vio que lo había hecho todo mal.
-El año pasado -dijo- perdí... sufrí una .. pérdida, sí, perdí a mi...
Ella continuó mirándolo a la cara.

-Perdí a mi hijo -concluyó Macon-. Estaba... fue a una hamburguesería y entonces... llegó un atracador y le disparó. ¡No puedo ir a cenar con gente! ¡No puedo dar conversación a sus niños! No insistas. No quiero ser brusco contigo, pero es que no me siento con fuerzas, ¿entiendes?

Conversación con el retrato del ser amado


¿En qué mundo vivo? Y se le ocurrió la extravagante idea de que él, quizá, no vivía, sino que era como si ya estuviese muerto. Desde que había muerto su mujer, él vivía como si estuviese muerto. O, más bien, no hacía nada más que pensar en la muerte, en la resurrección de la carne, en la que no creía, y en tonterías de esa clase, la suya era sólo un supervivencia, una ficción de vida. Y se sintió exhausto, sostiene Pereira. Consiguió arrastrarse hasta la parada más cercana del tranvía y cogió uno que le llevó hasta Terreiro do Paço. Y mientras tanto, por la ventanilla, veía desfilar lentamente su Lisboa, miraba la Avenida da Liberdade, con sus hermosos edificios, y después la Praça do Rossio, de estilo inglés; y en Terreiro do Paço se bajó y tomó el tranvía que subía hasta el castillo. Bajó a la altura de la catedral, porque el vivía allí cerca, en Rua da Saudade. Subió fatigosamente la rampa de la calle que le conducía hasta su casa. Llamó a la portera porque no tenía ganas de buscar las llaves del portal y la portera, que le hacía también de asistenta, fue a abrirle. Señor Pereira, dijo la portera, le he preparado una chuleta frita para cenar. Pereira le dio las gracias y subió lentamente la escalera, cogió la llave de casa de debajo del felpudo, donde la guardaba siempre, y entró. En el recibidor se detuvo delante de la estantería, donde estaba el retrato de su esposa. Aquella fotografía se la había hecho él, en mil novecientos veintisiete, había sido durante un viaje a Madrid y al fondo se veía el perfil macizo de El Escorial. Perdona si llego con un poco de retraso, dijo Pereira.

Carta de despedida desde el gueto



Imagen del gueto de Varsovia (Polonia).

Ania se despide de su hijo Vitia desde un gueto ucraniano durante la Segunda Guerra Mundial.

Vitia, estoy segura de que mi carta te llegará, a pesar de que estoy detrás de la línea del frente y detrás de las alambradas del gueto judío. Yo no recibiré tu respuesta, puesto que ya no estaré en este mundo. Quiero que sepas lo que han sido mis últimos días; con este pensamiento me será más fácil dejar esta vida.

Es difícil, Vitia, comprender realmente a los hombres... Los alemanes irrumpieron en la ciudad el 7 de julio. En el parque la radio transmitía las noticias de última hora. Salía de la policlínica, después de las consultas, y me detuve a escuchar a la locutora, que leía en ucraniano un boletín sobre los últimos combates. Oí un tiroteo a lo lejos. Luego algunas personas cruzaron corriendo el parque. Seguí mi camino a casa, sin dejar de sorprenderme por no haber oído la señal de alarma aérea. De repente vi un tanque y alguien gritó: «¡Los alemanes están aquí!».

«No siembre el pánico», le advertí. La víspera había ido a ver al secretario del sóviet de la ciudad y le había planteado la cuestión de la evacuación; él montó en cólera: «Todavía es pronto para hablar de eso; no hemos comenzado siquiera a redactar las listas». En unas pocas palabras, los alemanes habían llegado. Aquella noche los vecinos se la pasaron yendo de una habitación a otra; los únicos en mantener la calma éramos los niños y yo. Había tomado una decisión: que me suceda lo que haya de suceder a los demás. Al principio tuve un miedo espantoso; comprendí que no te volvería a ver, y me entraron unas ganas locas de volver a verte, de besarte la frente, los ojos una vez más. Entonces me di cuenta de la suerte que tenía de que estuvieras a salvo.

El amor imperfecto

La actriz Audrey Hepburn interpretó el papel de Holly Golightly para en la película Desayuno con diamantes (1963).


Oh, no vayas a creer que es mi tipo ideal. Dice mentirijillas y siempre anda preocupado por lo que pueda pensar la gente, y se baña unas cincuenta veces al día: los hombres deberían oler, un poco. Es demasiado mojigato, demasiado prudente para ser mi hombre ideal; siempre se vuelve de espaldas para desnudarse, y hace demasiado ruido al comer y no me gusta verle correr porque corre de una forma un tanto ridícula. Si tuviese la libertad de elegir una persona de entre todas las que hay en el mundo, chasquear los dedos y decir eh, tú, ven para acá, no elegiría a José. Nehru se aproxima bastante más a lo que yo pido. O Wendell Wilkie [1]. Me conformaría también con la Garbo. ¿Por qué no? Tendríamos que poder casarnos con hombres o mujeres o... Mira, si me dijeras que pensabas liarte con un buque de guerra, yo respetaría tus sentimientos. No, hablo en serio. Habría que permitir toda clase de amor. Soy absolutamente partidaria de eso. Sobre todo ahora que ya me he hecho una idea bastante aproximada de lo que es. Porque sí, quiero a José; dejaría de fumar si me lo pidiese. Se porta como un amigo, es capaz de provocarme la risa hasta incluso cuando tengo la malea, aunque ahora ya no me viene casi nunca, sólo a veces, e incluso esas veces no es tan espantosa como para que me dé por tragarme frascos de Seconal o por ir a Tiffany's: llevo un traje a la tintorería, o preparo unas setas rellenas, y ya me siento bien, en forma. Otra cosa, he tirado todos los horóscopos. Debo de haberme gastado un dólar por cada una de las malditas estrellas que hay en el maldito planetario. Es un fastidio, pero la solución consiste en saber que sólo nos ocurren cosas buenas si somos buenos. ¿Buenos? Más bien quería decir honestos. No me refiero a la honestidad en cuanto a las leyes (podría robar una tumba, hasta le arrancaría los ojos a un muerto si creyese que así me alegraría un día), sino a ser honesto con uno mismo. Me da igual ser cualquier cosa, menos cobarde, falsa, tramposa en cuestión de sentimientos, o puta: prefiero tener el cáncer que un corazón deshonesto. y esto no significa que sea una beata. Soy simplemente una persona práctica. De cáncer se muere a veces; de lo otro, siempre. Oh, a la mierda con este asunto. Anda, pásame la guitarra, voy a cantarte un fado en un portugués perfecto.