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Aquí encontrarás una selección accidental de textos literarios pertenecientes a obras clásicas de la Literatura universal. Sin otro criterio que el gusto y el azar seguidos por el profesor de Lengua Rafael Bermúdez Ortiz, el alumnado tiene la oportunidad de acercarse a algunos de los títulos y autores más célebres del canon literario occidental mediante este catálogo de citas, páginas y recortes. Ojalá disfruten tanto como el autor de su lectura.
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El paisaje como metáfora de la vida

Una hora más tarde, había salido ya de Saint-Pol y se dirigía a Tinques, que sólo dista cinco leguas de Arras.
¿Qué hacía durante este trayecto? ¿En qué pensaba? Lo mismo que por la mañana, miraba cómo pasaban los árboles, los tejados de las cabañas, los campos cultivados, la perspectiva del paisaje, que variaba a cada recodo del camino. Ésta es una contemplación que a veces satisface al alma, y que la dispensa casi de pensar. Ver mil objetos, por primera y última vez, ¿qué hay más melancólico y más profundo? Viajar es nacer y morir a cada instante. Quizás, en la región más vaga de su espíritu, comparaba aquellos horizontes variables con la existencia del hombre. Todas las cosas de la vida huyen perpetuamente delante de nosotros; se mezclan la claridad y las sombras: después de una viva luz, viene un eclipse; el hombre mira, corre, tiende la mano para coger lo que pasa; cada incidente es un recodo del camino; y, de repente, llega la vejez. Se siente como una sacudida, todo es negro; se distingue una puerta oscura, el sombrío caballo de la vida que nos arrastra se detiene súbitamente, y se ve a un ser, velado y desconocido, que lo desengancha en las tinieblas".

Págs. 238 y 239. Los miserables (1862). Víctor Hugo. El Mundo. 

Viajando sobre el mapa


Mapa de París a finales del siglo XIX.

Emma vivía en Tostes. El vizconde ahora estaría en París, allí, tan lejos. ¿Cómo sería el París ese? iQué nombre tan inconmensurable! Se lo repetía ella entre dientes, como para degustarlo, y sonaba en sus oídos como la campana de una catedral, aparecía deslumbrante delante de sus ojos hasta escrito en la etiqueta de sus frascos de pomada.
            
Por la noche, cuando los pescadores pasaban debajo de su ventana montados en carretas y enconando La Marjolaine, el rumor de aquel cántico la despertaba y se quedaba escuchando el ruido de las ruedas forradas de hierro que se iba después amortiguando sobre la tierra, en cuanto las carretas salían del pueblo.
            
-¡Mañana ya habrán llegado allí! -se decía.
            
Y los iba siguiendo con la imaginación, subiendo y bajando cuestas, enfilando aprisa la carretera general bajo la luz de las estrellas. Pero siempre, al cabo de una distancia que no podía precisar, se topaba con un lugar confuso en donde el sueño se desvanecía.
            
Se compró un plano de París y allí, con la punta del dedo sobre el mapa, hacía excursiones por la gran ciudad. Subía por los bulevares arriba, se paraba en todas las esquinas, en las encrucijadas de las calles, delante de los rectángulos blancos que representaban los edificios. Acababa cerrando los párpados porque se le cansaban los ojos, pero aun en el seno de aquella penumbra veía oscilar a merced del viento la llama de gas de las farolas y oía cómo se desplegaban con gran estruendo los estribos de las carrozas al detenerse delante del pórtico de los teatros.


Págs. 55 y 56. Madame Bovary (1856). Gustave Flaubert. EL MUNDO, Biblioteca Millenium.