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Aquí encontrarás una selección accidental de textos literarios pertenecientes a obras clásicas de la Literatura universal. Sin otro criterio que el gusto y el azar seguidos por el profesor de Lengua Rafael Bermúdez Ortiz, el alumnado tiene la oportunidad de acercarse a algunos de los títulos y autores más célebres del canon literario occidental mediante este catálogo de citas, páginas y recortes. Ojalá disfruten tanto como el autor de su lectura.
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Cómo aceptar un origen popular


Annie Ernaux, cuando tenía 8 o 9 años, con su padre

Mi padre entró en la categoría de gente sencilla o buena gente. Ya no se se atrevía a contarme historias de su infancia. Yo ya no le hablaba de mis estudios. Salvo el latín, porque había ayudado a misa, le resultaban incomprensibles y se negaba incluso a hacer como que se interesaba, a diferencia de mi madre. Se enfadaba cuando me quejaba de tener mucho trabajo o criticaba las clases. La palabra "profe" le molestaba, y también "dire" o hasta "libraco". Y siempre el miedo O QUIZÁS EL DESEO de que yo no lo consiguiera.

Le ponía nervioso verme todo el día con la cabeza hundida en los libros y los culpaba de mi cara inexpresiva y de mi mal humor. Cuando por las noches veía la luz por debajo de la puerta de mi habituación, decía que estaba consumiéndome la salud. Los estudios, un obligado sufrimiento para llegar a una buena situación y no acabar con un obrero. Pero que me gustara romperme la cabeza le parecía sospechoso. 

El amor incondicional

Héctor Abad Gómez, autor de la epístola, con su hijo en brazos, Héctor Abad Faciolince.
"Mi adorado hijo: eso de las depresiones a tu edad es como más común de lo que parece. Yo recuerdo una muy fuerte en Minneapolis, Minnesota, cuando tenía unos veintiséis años y estuve a punto de quitarme la vida. Creo que el invierno, el frío, la falta de sol, para nosotros, seres tropicales, es un factor desencadenante. Y para decirte la verdad, eso de que de pronto desempaques aquí con tus maletas y dispuesto a mandar todo lo europeo para un carajo, nos pone a tu mamá y a mí en el colmo de la felicidad. Tú tienes más que ganado lo equivalente a cualquier 'título' universitario y tu tiempo lo has empleado tan bien en formarte cultural y personalmente que si te aburres en la universidad es apenas natural. Cualquier cosa que tú hagas de aquí en adelante, si escribes o no escribes, si te titulas o no titulas, si trabajas en la empresa de tu mamá, o en El Mundo o en La Inés, o dando clases en un colegio de Secundaria, o dictando conferencias como Estanislao Zuleta, o como psicoanalista de tus padres, hermanos y parientes, o siendo simplemente Héctor Abad Faciolince, estará bien; lo que importa es que no vayas a dejar de ser lo que has sido hasta ahora, una persona, que simplemente por el hecho de ser como es, no por lo que escriba o no escriba, o porque brille o porque figure, sino porque es como es, se ha ganado el cariño, el respeto, la aceptación, la confianza, el amor, de una gran mayoría de los que te conocen. Así queremos seguir viéndote, no como futuro gran escritor, o periodista o comunicador o profesor o poeta, sino como el hijo, el hermano, el pariente, el amigo, el humanista que entiende a los demás y que no aspira a ser entendido. Qué más da lo que crean de ti, qué más da el oropel, para los que sabemos quién eres tú.

Por Dios, nuestro querido Quinquín, cómo vas a pensar que 'te sostenemos' [...] porque 'ese muchacho puede llegar lejos'. Pero si es que ya has llegado muy lejos, más lejos que todos nuestros sueños, mejor que todo lo que imaginábamos para cualquiera de nuestros hijos.

Tú sabes muy bien que las ambiciones de mamá y yo no son de gloria, ni de dinero, ni siquiera de felicidad, esa palabra que suena tan lindo pero que se alcanza tan pocas veces y apenas por períodos tan cortos (y que tal vez por eso mismo se aprecia tanto), para todos nuestros hijos, sino que por lo menos adquieran bienestar, esa palabra más sólida, más perdurable, más posible, más alcanzable [...] Lo que nosotros queremos es que tú vivas. Y vivir significa muchas mejores cosas que ser famoso, alcanzar títulos o ganar premios. [...] Yo creo que las cosas son así de simples, después de darles tantas vueltas y de complicarlas tanto. Hay que matar esos amores a cosas tan etéreas como la fama, la gloria, el éxito...

Bueno, mi Quinquín, ya sabes lo que pienso de ti y tu futuro. No tienes por qué angustiarte. Vas muy bien y vas a ir mejor. Cada año mejor, y cuando llegues a mi edad o a la edad de tu abuelo y puedas disfrutar de los paisajes de esta parcela de La Inés que pienso dejarles a ustedes, con sol, con calor, con verdor, vas a ver que yo tenía razón. No aguantes más allá de lo que te creas capaz. Si quieres volver te recibiremos con los brazos abiertos. Y si te arrepientes y quieres regresar otra vez, tampoco nos faltará con qué comprarte el pasaje de ida y regreso. Sin que te olvides nunca que el más importante es este último. Te besa tu padre".


El olvido que seremos, Héctor Abad Faciolince. Seix Barral

Cena familiar



El director de cine sueco Ingmar Bergman (aquí fotografiado en los años 60), autor de este texto.

Las bombillitas eléctricas de la araña de bronce difunden una sucia luz amarilla sobre la mesa. Junto a la puerta de la antecocina está el pesado aparador, recargado de objetos de plata, en el lado opuesto un piano, con la odiada lección abierta en el atril. En el suelo de parquet una alfombra, oriental. En las ventanas pesados cortinajes, oscuros cuadros de Arborelius en las paredes.
            
La cena se inicia con entrante: arenque en escabeche y patatas cocidas o sardinas en escabeche y patatas cocidas o un puding de jamón y patatas cocidas. Mi padre bebe con esto una copita de aguardiente y cerveza. Mi madre toca un timbre eléctrico que hay escondido debajo del tablero de la mesa y aparece la doncella vestida de negro. Recoge los platos y cubiertos, luego sirve el segundo plato, en el mejor de los casos albóndigas y en el peor macarrones gratinados. Las salchichas y las hojas de col rellenas se pueden comer, el pescado es odioso, pero uno se cuida de expresar su descontento. Hay que comer de todo, hay que terminarlo todo.

Un cinematógrafo por Navidad


Escena de Fanny y Alexander (1982), película autobiográfica dirigida por Ingmar Bergman.

La Navidad era una explosión de regocijo. Mi madre dirigía la fiesta con mano firme. Tuvo que haber habido una considerable organización detrás de aquella orgía de hospitalidad, comidas, parientes que llegaban, regalos y ceremonias religiosas.
            
En nuestra casa, la Nochebuena era un acontecimiento bastante tranquilo que empezaba con la oración de Navidad en la iglesia a las cinco y seguía luego con una comida alegre, pero mesurada. Después se iluminaba el árbol, se leía el evangelio de Navidad y nos íbamos pronto a la cama porque teníamos que levantarnos a tiempo para la misa del alba que en aquella época era de verdad al alba. No se repartía ningún regalo, pero la noche era animada, un prólogo excitante de los festejos del día de Navidad. Para entonces mi padre ya había cumplido sus obligaciones profesionales y cambiaba la sotana por el batín. Solía desplegar su mejor humor y pronunciaba un improvisado discurso en verso para los invitados, cantaba canciones especialmente compuestas para la fiesta, brindaba con aguardiente, imitaba a sus colegas y hacía reír a todo el mundo. A veces pienso en su alegre ligereza, su despreocupación, su ternura, su amabilidad, su temeridad. Pienso en todo aquello que las tinieblas, la pesadez, la brutalidad y el distanciamiento borraron con tanta facilidad. Creo que muchas veces he sido muy injusto con mi padre en mis recuerdos.

El beso de buenas noches no volverá


Boy and Moon
(sin fechar). Edward Hopper

Mi padre me negaba constantemente permisos que se me habían consentido en los pactos más generosos otorgados por mi madre y por la abuela, porque él no se preocupaba de los «principios» y con él no existía el «Derecho de gentes». Por un motivo totalmente circunstancial, o, incluso sin motivo, en el último momento me anulaba determinado paseo tan habitual, tan consagrado que era imposible privarme de él sin perjurio, o bien, como había hecho aquella misma noche, mucho antes de la hora ritual me decía: «Vamos, sube a acostarte, sin explicaciones». Pero, como no tenía principios (en el sentido de la abuela), propiamente hablando tampoco era intransigente. Me miró un instante con aire atónito y enojado, y luego, cuando mamá le explicó con unas cuantas palabras confusas lo que había ocurrido, le dijo: «Pues vete entonces con él, ya que según decías hace un momento no tienes ganas de dormir, quédate un rato en su cuarto, no necesito nada.

- Pero, querido, -respondió tímidamente mi madre-, tenga o no tengas ganas de dormir, eso no cambia nada, no se puede acostumbrar a este niño... 

- No se trata de acostumbrar -dijo mi padre, encogiéndose de hombros-, ya ves que el pequeño sufre, parece desolado el pobre niño; ¡vamos, no somos verdugos! Si por tu culpa se pone malo, no adelantas nada. Como hay dos camas en su cuarto, dile a Françoise que te prepare la grande y por esta noche acuéstate a su lado. Venga, buena, noches, yo que no soy tan nervioso como vosotros, voy a acostarme».

El beso de buenas noches


Marcel Proust, autor de Por el camino de Swann (1913), retratado en 1887, cuando tenía 16 años,

Mi único consuelo, cuando subía a acostarme, era que mamá vendría a darme un beso una vez que estuviese metido en la cama. Pero esa despedida duraba tan poco, y volvía a bajar ella tan deprisa, que el momento en que la oía subir, y en que luego, por el corredor de doble puerta, avanzaba el ligero rumor de su vestido de jardín de muselina azul del que colgaban unos cordoncillos de paja trenzada, era para mí un momento doloroso. Anunciaba el que había de seguirle, cuando me habría abandonado, cuando habría vuelto a bajar. De modo que llegaba a desear que aquellas buenas noches que tanto amaba viniesen lo más tarde posible, para que se prolongara el tiempo de tregua en que mamá aún no había venido. A veces, cuando después de haberme dado un beso abría la puerta para irse, deseaba llamarla, decirle «dame otro beso», mas yo sabía que al instante pondría cara de enfado, porque la concesión que hacía a mi tristeza y a mi agitación subiendo a besarme, trayéndome aquel beso de paz, irritaba a mi padre, que consideraba absurdos aquellos ritos, y a ella le hubiese gustado tratar de hacerme perder su necesidad, su hábito, en vez de dejarme adoptar el de pedirle, cuando ya estaba en el umbral de la puerta, un beso más. Y verla enfadada destruía toda la calma que un momento antes me había aportado, cuando, inclinando hacia mi cama su rostro cariñoso, me lo habla tendido como una hostia para una comunión de paz de la que mis labios sacarían su presencia real y el poder para dormirme. Pero aquellas noches en que mamá, en suma, se quedaba tan poco en mi cuarto eran dulces todavía en comparación con aquellas otras en que había gente a cenar y en que, por ese motivo, no subía a darme las buenas noches.


Págs. 15-16. Por el camino de Swann (1913). Marcel Proust. Valdemar.

Los señoritos indolentes


El poeta Leopoldo Alas


Cuando nuestros padres dejen la tierra y nos falten
no tendremos diariamente la comida preparada.
Ni por las noches, al alba, entraremos a casa descalzos
procurando no desvelar la conciencia responsable
de quienes, con su apoyo,
nos hacen confiados y de voluntad disipada.
Con toda seguridad comeremos a deshoras.
Llevaremos un jersey al año, mal planchado.
Y nadie nos recordará el deber moral
que limpia de arena nuestro destino:
no más consejos, ni miradas tiernas, ni severas represalias],
ni la solemne danza cruzada de protección y transigencia].
Ya, entonces, no seremos inmortales:
los momentos de indolencia harán que no olvidemos,
sentados en el suelo de una habitación en desorden,
a los pies de una cama con la colcha levantada
y una pila de libros bajo el flexo,
que el tiempo va cumpliendo su mandato.
Y que cualquier amanecer en las aceras,
cualquier velada milagrosa en los locales para noctámbulos]
nos va marcando el paso…
A nosotros, que no creíamos en nada,
Ni temíamos la soledad, ni el silencio, ni la muerte.



ALAS, Leopoldo. Los palcos.