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Portada de una edición de La Peste (1947), de Albert Camus. |
El
doctor seguía mirando por la ventana. De un lado del cristal el fresco cielo de
la primavera y del otro lado la palabra que todavía resonaba en la habitación:
la peste. La palabra no contenía sólo lo que la ciencia quería poner en ella,
sino una larga serie de imágenes extraordinarias que no concordaban con esta
ciudad amarilla y gris, moderadamente animada a aquella hora, más zumbadora que
ruidosa; feliz, en suma, si es posible que algo sea feliz y apagado. Una
tranquilidad tan pacífica y tan indiferente negaba casi sin esfuerzo las
antiguas imágenes de la plaga. Atenas apestada y abandonada por los pájaros,
las ciudades chinas cuajadas de agonizantes silenciosos, los presidiarios de
Marsella apilando en los hoyos los cuerpos que caían, la construcción en
Provenza del gran muro que debía detener el viento furioso de la peste. Jaffa y
sus odiosos mendigos, los Icchos húmedos y podridos pegados a la tierra
removida del hospital de Constantinopla, los enfermos sacados con ganchos, el
carnaval de los médicos enmascarados durante la peste negra, las cópulas de los
vivos en los cementerios de Milán, las carretas de muertos en el Londres
aterrado, y las noches y días henchidos por todas partes del grito interminable
de los hombres.



