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Aquí encontrarás una selección accidental de textos literarios pertenecientes a obras clásicas de la Literatura universal. Sin otro criterio que el gusto y el azar seguidos por el profesor de Lengua Rafael Bermúdez Ortiz, el alumnado tiene la oportunidad de acercarse a algunos de los títulos y autores más célebres del canon literario occidental mediante este catálogo de citas, páginas y recortes. Ojalá disfruten tanto como el autor de su lectura.
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El valor de la palabra peste


Portada de una edición de La Peste (1947), de Albert Camus.

El doctor seguía mirando por la ventana. De un lado del cristal el fresco cielo de la primavera y del otro lado la palabra que todavía resonaba en la habitación: la peste. La palabra no contenía sólo lo que la ciencia quería poner en ella, sino una larga serie de imágenes extraordinarias que no concordaban con esta ciudad amarilla y gris, moderadamente animada a aquella hora, más zumbadora que ruidosa; feliz, en suma, si es posible que algo sea feliz y apagado. Una tranquilidad tan pacífica y tan indiferente negaba casi sin esfuerzo las antiguas imágenes de la plaga. Atenas apestada y abandonada por los pájaros, las ciudades chinas cuajadas de agonizantes silenciosos, los presidiarios de Marsella apilando en los hoyos los cuerpos que caían, la construcción en Provenza del gran muro que debía detener el viento furioso de la peste. Jaffa y sus odiosos mendigos, los Icchos húmedos y podridos pegados a la tierra removida del hospital de Constantinopla, los enfermos sacados con ganchos, el carnaval de los médicos enmascarados durante la peste negra, las cópulas de los vivos en los cementerios de Milán, las carretas de muertos en el Londres aterrado, y las noches y días henchidos por todas partes del grito interminable de los hombres.

El calor de Tiffany's


Fotograma de la versión cinematográfica de Desayuno con diamantes -en Tiffany's para la gran pantalla-,
dirigida por Blake Edwards en 1963.


[...] Oye, ¿sabes esos días en los que te viene la malea?
- ¿Algo así como cuando sientes morriña?
- No -dijo lentamente-. No, la morriña te viene porque has engordado o porque llueve muchos días seguidos. Te quedas triste, pero nada más. Pero la malea es horrible. Te entra miedo y te pones a sudar horrores, pero no sabes de qué tienes miedo. Sólo que va a pasar alguna cosa mala, pero no sabes cuál. ¿Has tenido esa sensación?
- Muy a menudo. Hay quienes lo llaman angst.
- De acuerdo. Angst. Pero ¿cómo le pones remedio?
- No sé, a veces ayuda una copa.
- Ya lo he probado. También he probado con aspirinas. Rusty opina que tendría que fumar marihuana, y lo hice, una temporada, pero sólo me entra la risa tonta. He comprobado que lo que mejor me sienta es tomar un taxi e ir a Tiffany's. Me calma de golpe, ese silencio, esa atmósfera tan arrogante; en un sitio así no podría ocurrirte nada malo, sería imposible, en medio de todos esos hombres con los trajes tan elegantes, y ese encantador aroma a plata y a billetero de cocodrilo. Si encontrase un lugar de la vida real en donde me sintiera como me siento en Tiffany's, me compraría unos cuantos muebles y le pondría nombre al gato.


Pág. 39. Desayuno en Tiffany's (1958). Truman Capote. Anagrama



Escena inicial de Desayuno con diamantes (1961, Blake Edwards), versión cinematográfica del libro de Truman Capote. La banda sonora corrió a cargo de Henry Mancini.

El beso de buenas noches


Marcel Proust, autor de Por el camino de Swann (1913), retratado en 1887, cuando tenía 16 años,

Mi único consuelo, cuando subía a acostarme, era que mamá vendría a darme un beso una vez que estuviese metido en la cama. Pero esa despedida duraba tan poco, y volvía a bajar ella tan deprisa, que el momento en que la oía subir, y en que luego, por el corredor de doble puerta, avanzaba el ligero rumor de su vestido de jardín de muselina azul del que colgaban unos cordoncillos de paja trenzada, era para mí un momento doloroso. Anunciaba el que había de seguirle, cuando me habría abandonado, cuando habría vuelto a bajar. De modo que llegaba a desear que aquellas buenas noches que tanto amaba viniesen lo más tarde posible, para que se prolongara el tiempo de tregua en que mamá aún no había venido. A veces, cuando después de haberme dado un beso abría la puerta para irse, deseaba llamarla, decirle «dame otro beso», mas yo sabía que al instante pondría cara de enfado, porque la concesión que hacía a mi tristeza y a mi agitación subiendo a besarme, trayéndome aquel beso de paz, irritaba a mi padre, que consideraba absurdos aquellos ritos, y a ella le hubiese gustado tratar de hacerme perder su necesidad, su hábito, en vez de dejarme adoptar el de pedirle, cuando ya estaba en el umbral de la puerta, un beso más. Y verla enfadada destruía toda la calma que un momento antes me había aportado, cuando, inclinando hacia mi cama su rostro cariñoso, me lo habla tendido como una hostia para una comunión de paz de la que mis labios sacarían su presencia real y el poder para dormirme. Pero aquellas noches en que mamá, en suma, se quedaba tan poco en mi cuarto eran dulces todavía en comparación con aquellas otras en que había gente a cenar y en que, por ese motivo, no subía a darme las buenas noches.


Págs. 15-16. Por el camino de Swann (1913). Marcel Proust. Valdemar.

Carta de despedida desde el gueto



Imagen del gueto de Varsovia (Polonia).

Ania se despide de su hijo Vitia desde un gueto ucraniano durante la Segunda Guerra Mundial.

Vitia, estoy segura de que mi carta te llegará, a pesar de que estoy detrás de la línea del frente y detrás de las alambradas del gueto judío. Yo no recibiré tu respuesta, puesto que ya no estaré en este mundo. Quiero que sepas lo que han sido mis últimos días; con este pensamiento me será más fácil dejar esta vida.

Es difícil, Vitia, comprender realmente a los hombres... Los alemanes irrumpieron en la ciudad el 7 de julio. En el parque la radio transmitía las noticias de última hora. Salía de la policlínica, después de las consultas, y me detuve a escuchar a la locutora, que leía en ucraniano un boletín sobre los últimos combates. Oí un tiroteo a lo lejos. Luego algunas personas cruzaron corriendo el parque. Seguí mi camino a casa, sin dejar de sorprenderme por no haber oído la señal de alarma aérea. De repente vi un tanque y alguien gritó: «¡Los alemanes están aquí!».

«No siembre el pánico», le advertí. La víspera había ido a ver al secretario del sóviet de la ciudad y le había planteado la cuestión de la evacuación; él montó en cólera: «Todavía es pronto para hablar de eso; no hemos comenzado siquiera a redactar las listas». En unas pocas palabras, los alemanes habían llegado. Aquella noche los vecinos se la pasaron yendo de una habitación a otra; los únicos en mantener la calma éramos los niños y yo. Había tomado una decisión: que me suceda lo que haya de suceder a los demás. Al principio tuve un miedo espantoso; comprendí que no te volvería a ver, y me entraron unas ganas locas de volver a verte, de besarte la frente, los ojos una vez más. Entonces me di cuenta de la suerte que tenía de que estuvieras a salvo.