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Aquí encontrarás una selección accidental de textos literarios pertenecientes a obras clásicas de la Literatura universal. Sin otro criterio que el gusto y el azar seguidos por el profesor de Lengua Rafael Bermúdez Ortiz, el alumnado tiene la oportunidad de acercarse a algunos de los títulos y autores más célebres del canon literario occidental mediante este catálogo de citas, páginas y recortes. Ojalá disfruten tanto como el autor de su lectura.
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La hora de la verdad


El triunfo de la Muerte (1562), de Pieter Brueghel el Viejo

Y esta pestilencia fue más virulenta porque prendía de los enfermos en los sanos con los que se comunicaban no de otro modo a como lo hace el fuego sobre las cosas secas o grasientas cuando se le acercan mucho. Y el mal fue aún mucho más allá porque no sólo el hablar y el tratar con los enfermos les producía a los sanos la enfermedad o les causaba el mismo tipo de muerte, sino que el tocar las ropas o cualquier otra cosa tocada o usada por los enfermos parecía transportar consigo la enfermedad al que tocaba. Lo que voy a decir es tan asombroso de oír que, si los ojos de muchos y los míos no lo hubiesen visto, apenas me atrevería a creerlo, y menos a escribirlo, aunque lo hubiese oído de alguien digno de fe. Digo que el tipo de pestilencia descrita fue de tal virulencia al contagiarse de unos a otros, que no solamente se transmitía de hombre a hombre, sino, lo que es más, y esto ocurrió muchas veces y de manera visible, si la cosa del hombre que había estado enfermo o había muerto de esta enfermedad la tocaba otro animal distinto a la especie humana, no sólo le contagiaba la enfermedad, sino que en muy poco tiempo lo mataba. 

De lo cual mis ojos, como se acaba de decir, tuvieron un día, entre otros, semejante experiencia: que estando tirados los harapos de un pobre muerto de esa enfermedad en la vía pública y al tropezarse con ellos dos cerdos y estos, según acostumbran, cogiéndolos primero con el hocico y luego con los dientes y sacudiéndoselos con el morro, poco tiempo después, tras algunas convulsiones, como si hubiesen tomado veneno, ambos cayeron muertos al suelo sobre los funestos harapos.

El otro


Carnicería fotografiada en 1895

Una de mis preocupaciones constantes es el comprender cómo es posible que otra gente existe, cómo es que hay almas que no sean la mía, conciencias extrañas a mi conciencia que, por ser conciencia, me parece ser la única. Comprendo bien que el hombre que está delante de mí, y me habla con palabras iguales a las mías, y me ha hecho gestos que son como los que yo hago o podría hacer, sea de algún modo mi semejante. Lo mismo, sin embargo, me sucede con los grabados que sueño de las ilustraciones, con los personajes que veo de las novelas, con los personajes dramáticos que en el escenario pasan a través de los actores que los representan.

Nadie, supongo, admite verdaderamente la existencia real de otra persona. Puede conceder que esa persona está viva, que sienta y piense como él; pero habrá siempre un elemento anónimo de diferencia, una desventaja materializada. Hay figuras de tiempos idos, imágenes espíritus en libros, que son para nosotros realidades mayores que esas indiferencias encarnadas que hablan con nosotros por cima de los mostradores, o nos miran por casualidad en los tranvías, o nos rozan, transeúntes, en el acaso muerto de las calles. Los demás no son para nosotros más que paisaje y, casi siempre, paisaje invisible de calle conocida. [...]

Animula, vagula, blandula


Villa Adriana. Fuente: Wikipedia

Querido Marco:

He ido esta mañana a ver a mi médico Hermógenes, que acaba de regresar a la Villa después de un largo viaje por Asia. El examen debía hacerse en ayunas; habíamos convenido encontrarnos en las primeras horas del día. Me tendí sobre un lecho luego de despojarme del manto y la túnica. Te evito detalles que te resultarían tan desagradables como a mí mismo, y la descripción del cuerpo de un hombre que envejece y se prepara a morir por hidropesía del corazón. Digamos solamente que tosí, respiré y contuve el aliento conforme a las indicaciones de Hermógenes, alarmado a pesar suyo por el  rápido progreso de la enfermedad, y pronto a descargar el peso de la culpa en el joven Iollas, que me atendió durante su ausencia. Es difícil seguir siendo emperador ante un médico, y también es difícil guardar la calidad de hombre. El ojo de Hermógenes solo veía en mí un saco de humores, una triste amalgama de linfa y sangre. Este mañana pensé por primera vez que mi cuerpo, compañero fiel, ese amigo más seguro y mejor conocido que mi alma, no estás que un monstruo solapado que acabará por devorar a su amo. Haya paz... Amo a mi cuerpo; me ha servido bien, y de todos modos no le escatimo los cuidados necesarios. Pero ya no cuento, como Hermógenes finge contar, con las virtudes maravillosas de las plantas y el dosaje exacto de las sales minerales que ha ido a buscar a Oriente. Este hombre, tan sutil sin embargo, abundó en vagas fórmulas de aliento, demasiado triviales para engañar a nadie (...)

La muerte de los demás


Velatorio, ilusiones y realidades (1899). Felipe Abárzuza y Rodríguez de Arias. Museo Del Prado

El mayor tomento de Iván Ilich era la mentira, la mentira que por algún motivo todos aceptaban, según la cual él no estaba muriéndose, sino que sólo estaba enfermo, y que bastaba con que se mantuviera tranquilo y se atuviera a su tratamiento para que se pusiera bien del todo. Él sabía, sin embargo, que hiciesen lo que hiciesen, nada resultaría de ello, salvo padecimientos aún más agudas y la muerte. Y le atormentaba esa mentira, le atormentaba que no quisieran admitir que todos ellos sabían que era mentira y que él lo sabía también, y que le mintieran acerca de su horrible estado y se aprestaran -más aún, le obligaran- a participar en esa mentira. La mentira -esa mentira perpetrada sobre él en vísperas de su muerte- encaminada a rebajar el hecho atroz y solemne de su muerte al nivel de las visitas, las cortinas, el esturión de la comida… era un horrible tormento para Iván Ilich. 

El paisaje como metáfora de la vida

Una hora más tarde, había salido ya de Saint-Pol y se dirigía a Tinques, que sólo dista cinco leguas de Arras.
¿Qué hacía durante este trayecto? ¿En qué pensaba? Lo mismo que por la mañana, miraba cómo pasaban los árboles, los tejados de las cabañas, los campos cultivados, la perspectiva del paisaje, que variaba a cada recodo del camino. Ésta es una contemplación que a veces satisface al alma, y que la dispensa casi de pensar. Ver mil objetos, por primera y última vez, ¿qué hay más melancólico y más profundo? Viajar es nacer y morir a cada instante. Quizás, en la región más vaga de su espíritu, comparaba aquellos horizontes variables con la existencia del hombre. Todas las cosas de la vida huyen perpetuamente delante de nosotros; se mezclan la claridad y las sombras: después de una viva luz, viene un eclipse; el hombre mira, corre, tiende la mano para coger lo que pasa; cada incidente es un recodo del camino; y, de repente, llega la vejez. Se siente como una sacudida, todo es negro; se distingue una puerta oscura, el sombrío caballo de la vida que nos arrastra se detiene súbitamente, y se ve a un ser, velado y desconocido, que lo desengancha en las tinieblas".

Págs. 238 y 239. Los miserables (1862). Víctor Hugo. El Mundo. 

Sociedades que desaparecen con el tiempo


Portraits à la campagne (1876). Gustave Caillebotte

¡Cuántas cosas acaban en este mundo como los amores de mi tía!, ¡tururú!

Mi abuela confiaba a su hermana los quehaceres de la casa. Comía a las once de la mañana, hacía la siesta; a la una se despertaba; la llevaban a las terrazas inferiores del jardín, bajo los sauces de la fuente, donde hacía calceta, rodeada de su hermana, de sus hijos y nietos. En aquel tiempo, la vejez era una dignidad; hoy es una carga. A las cuatro, volvían a llevar a mi abuela a su salón; Pierre, el criado, preparaba una mesa de juego; mademoiselle de Boisteilleul golpeaba las tenazas contra la plancha de la chimenea, e instantes después se veía entrar a otras tres viejas solteronas que salían de la casa vecina a la llamada de mi tía. Estas tres hermanas eran conocidas como las señoritas Vildéneux; hijas de un noble empobrecido, en vez de repartirse su exigua herencia, habían optado por disfrutarla en común, sin haberse separado nunca ni haber salido jamás de su pueblo natal. Unidas desde su infancia a mi abuela, vivían puerta con puerta e iban todos los días, a la señal convenida de la chimenea, a echar la partida de cuatrillo con su amiga. Apenas comenzado el juego, las buenas señoras se peleaban: éste era el único acontecimiento de sus vidas, el único momento en que su humor invariable se veía alterado. La cena, a las ocho, traía de nuevo la serenidad. Mi tío De Bedée, con su hijo y sus tres hijas, asistía a menudo a la cena de la abuela. Ésta contaba mil historias de los viejos tiempos; mi tío, a su vez, relataba la batalla de Fontenoy, en la que había tomado parte, y ponía el broche final a sus jactancias con historias un tanto subidas de tono que hacían morirse de risa a las honestas señoritas. A las nueve, una vez terminada la cena, entraban los criados; se arrodillaban, y mademoiselle de Boisteilleul decía la plegaria en voz alta. A las diez, todos en la casa dormían, a excepción de mi abuela, que le pedía a su doncella que le leyera hasta la una de la noche.

La vejez asoma al espejo


José de Espronceda (1808-42), por Antonio María Esquivel (c. 1845)

¿Qué es el hombre? Un misterio. ¿Qué es la vida?
¡Un misterio también…! Corren los años
Su rápida carrera, y, escondida,
La vejez llega envuelta en sus engaños;
Vano es llorar la juventud perdida,
Vano buscar remedio a nuestros daños;
Un sueño es lo presente de un momento,
¡Muerte es el porvenir; lo que fue, un cuento…!

Los siglos a los siglos se atropellan;
Los hombres a los hombres se suceden,
En la vejez sus cálculos se estrellan,
Su pompa y glorias a la muerte ceden:
La luz que sus espíritus destellan
Muere en la niebla que vencer no pueden,
¡Y es la historia del hombre y su locura
Una estrecha y hedionda sepultura!

Coplas por la muerte de su padre


Caronte cruza la Laguna Estigia (1510), de Joachim Patinar. La parte izquierda representa el cielo y la derecha, el infierno. En la barca de Caronte hay un personaje pequeño y que representa el alma de un pecador que mira con miedo hacia el infierno, adonde parece dirigirse la barca.

I
Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando;
cuán presto se va el placer;
cómo después de acordado
da dolor;
cómo a nuestro parecer
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.

III
Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir:
allí van los señoríos,
derechos a se acabar
y consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
y más chicos;
y llegados, son iguales
los que viven por sus manos
y los ricos.

¿Cómo sobrevivir a un hijo?


Inicio de la película El turista accidental (1988), de Lawrence Kasdan

-¡Macon! ¿Qué haces aquí? Él le entregó la carta.
Ella la cogió y la abrió con ambas manos [...]. Leyó y luego levantó la vista hacia él.
Macon vio que lo había hecho todo mal.
-El año pasado -dijo- perdí... sufrí una .. pérdida, sí, perdí a mi...
Ella continuó mirándolo a la cara.

-Perdí a mi hijo -concluyó Macon-. Estaba... fue a una hamburguesería y entonces... llegó un atracador y le disparó. ¡No puedo ir a cenar con gente! ¡No puedo dar conversación a sus niños! No insistas. No quiero ser brusco contigo, pero es que no me siento con fuerzas, ¿entiendes?

Y si los muertos envejeciesen...


Imagen de los años 50.

Y si los muertos envejeciesen, ¿no sería una consuelo? Pensar en Ethan haciéndose mayor en el cielo -con catorce años ahora en vez de doce- mitigaba un poco la pena. Ah, era su inmunidad al paso del tiempo lo que daba tanta congoja de los muertos. (Mira, por ejemplo, al marido que muere joven y la esposa que envejece sin él; qué tristeza imaginar al marido que regresa y la encuentra tan cambiada.) Macon miró por la ventanilla, meditando la idea. Sintió una especie de impulso interior, como una corriente hacia adelante. La verdadera aventura, pensó, es el fluir del tiempo; hay en ello tanta aventura como se pueda desear. Y si imaginaba a Ethan formando parte de ese fluir -en algún otro lugar, por inalcanzable que fuese-, creía poder ser capaz de soportarlo, después de todo.


Págs. 462-463. El turista accidental (1985). Anne Tyler. Punto de Lectura.

La muerte da sentido a la vida


Panorámica del barrio de Alfama, en Lisboa (Portugal).

Sostiene Pereira que le conoció un día de verano. Una magnífica jornada veraniega, soleada y aireada, y Lisboa resplandecía. Parece que Pereira se hallaba en la redacción, sin saber qué hacer, el director estaba de vacaciones, él se encontraba en el aprieto de organizar la página cultural, porque el Lisboa contaba ya con una página cultural, y se la habían encomendado a él. Y él, Pereira, reflexionaba sobre la muerte. En aquel hermoso día de verano, con aquella brisa atlántica que acariciaba las copas de los árboles y un sol resplandeciente, y con una ciudad que refulgía, que literalmente refulgía bajo su ventana, y un azul, un azul nunca visto, sostiene Pereira, de una nitidez que casi hería los ojos, él se puso a pensar en la muerte. ¿Por qué? Eso, a Pereira le resulta imposible decirlo. Sería porque su padre, cuando él era pequeño, tenía una agencia de pompas fúnebres que se llamaba Pereira La Dolorosa, sería porque su mujer había muerto de tisis unos años antes, sería porque él estaba gordo, sufría del corazón y tenía la presión alta, y el médico le había dicho que de seguir así no duraría mucho, pero el hecho es que Pereira se puso a pensar en la muerte, sostiene. Y por casualidad, por pura casualidad, se puso a hojear una revista. Era una revista literaria pero que tenía una sección de filosofía. Una revista de vanguardia quizá, de eso Pereira no está seguro, pero que contaba con muchos colaboradores católicos. Y Pereira era católico, o al menos en aquel momento se sentía católico, un buen católico, pero en una cosa no conseguía creer, en la resurrección de la carne. En el alma, sí, claro, porque estaba seguro de poseer un alma, pero toda su carne, aquella chicha que circundaba su alma, pues bien, eso no, no volvería a renacer, y además ¿para qué?, se preguntaba Pereira. Todo aquel sebo que le acompañaba diariamente, el sudor, el jadeo al subir las escaleras, ¿para qué iban a renacer? No, no quería nada de aquello en la otra vida, para toda la eternidad, Pereira, y no quería creer en la resurrección de la carne. Así que se puso a hojear aquella revista, con indolencia, porque se estaba aburriendo, sostiene, y encontró un artículo que decía: «La siguiente reflexión acerca de la muerte procede de una tesina leía el mes pasado en la Universidad de Lisboa. Su autor es Francisco Monteiro Rossi, que se ha licenciado en filosofía con las más altas calificaciones; se trata únicamente de un fragmento de su ensayo, aunque quizá colabore nuevamente en el futuro con nosotros».

¿Qué son cien millones de muertos?


El triunfo de la Muerte
(1562), de Peter Brueghel.

La palabra «peste» acababa de ser pronunciada por primera vez. En este punto de la narración que deja a Bernard Rieux detrás de una ventana se permitirá al narrador que justifique la incertidumbre y la sorpresa del doctor puesto que, con pequeños matices, su reacción fue la misma que la de la mayor parte de nuestros conciudadanos. Las plagas, en efecto, son una cosa común pero es difícil creer en las plagas cuando las ve uno caer sobre su cabeza. Ha habido en el mundo tantas pestes como guerra y, sin embargo, pestes y guerras cogen a las gentes siempre desprevenidas. El doctor Rieux estaba desprevenido como lo estaban nuestros ciudadanos y por esto hay que comprender sus dudas. Por esto hay que comprender también que se callara, indeciso entre la inquietud y la confianza. Cuando estalla una guerra, las gentes se dicen: «Esto no puede durar, es demasiado estúpido», Y sin duda una guerra es evidentemente demasiado estúpida, pero eso no impide que dure. La estupidez insiste siempre; uno se daría cuenta de ello si uno no pensara siempre en sí mismo. Nuestros conciudadanos, a este respecto, eran como todo el mundo; pensaban en ellos mismos; dicho de otro modo, eran humanidad: no creían en las plagas. La plaga no está hecha a la medida del hombre, por lo tanto el hombre se dice que la plaga es irreal, es un mal sueño que tiene que pasar. Pero no siempre pasa, y de mal sueño en mal sueño son los hombres los que pasan, y los humanistas en primer lugar, porque no han tomado precauciones. Nuestros conciudadanos no eran más culpables que otros, se olvidaban de ser modestos, eso es todo, y pensaban que todavía todo era posible para ellos, lo cual daba por supuesto que las plagas eran imposibles. Continuaban haciendo negocios, planeando viajes y teniendo opiniones. ¿Cómo hubieran podido pensar en la peste, que suprime el porvenir, los desplazamientos y las discusiones? Se creían libres y nadie será libre mientras haya plagas.

¿Cómo aceptar la muerte de un ser querido?


Arado de campo (1820-30), Caspar David Friedrich.

Cuando perdí a mi mujer, que en paz descanse, me iba a andar por el campo para estar completamente solo. Me echaba al pie de un árbol, lloraba, clamaba a Dios y le decía tonterías, hubiera querido ser un topo, estar cubierto de gusanos, morirme, en una palabra. Y cuando me acordaba de que otros, en aquel mismo momento, estarían con sus mujercitas y las tendrían abrazadas contra su pecho, me ponía a dar golpes en el suelo con el bastón; estuve a punto de volverme loco, ni ganas de comer tenía, no se lo podrá creer, pero la sola idea de ir al café me horrorizaba. Pues bueno, poquito a poco, un día detrás de otro, primavera tras invierno y otoño tras verano, aquello se fue pasando gota a gota, grano a grano; se ha disipado, ha cesado, o mejor dicho, ha decrecido, porque queda algo siempre, claro, ahí en el fondo, no sé cómo decirle, una especie de peso aquí encima del pecho. Pero ya sé que ésa ha de ser la suerte de todos, y tampoco hay que entregarse a la desesperación ni desear uno morirse porque se mueran los demás... [...] Se fue acordando cada vez menos, a medida que se iba habituando a vivir solo. El nuevo incentivo de la independencia pronto le hizo más soportable la soledad. Ahora podía comer a las horas que quería, entrar y salir sin dar cuentas a nadie, y cuando estaba muy cansado, tenderse en la cama cuan largo era con todo el sitio para él. Se mimaba a sí mismo, se daba la buena vida y aceptaba todos los consuelos que recibía.


Págs. 24-25. Madame Bovary (1856). Gustave Flaubert. EL MUNDO, Biblioteca Millenium.

Conversación con el retrato del ser amado


¿En qué mundo vivo? Y se le ocurrió la extravagante idea de que él, quizá, no vivía, sino que era como si ya estuviese muerto. Desde que había muerto su mujer, él vivía como si estuviese muerto. O, más bien, no hacía nada más que pensar en la muerte, en la resurrección de la carne, en la que no creía, y en tonterías de esa clase, la suya era sólo un supervivencia, una ficción de vida. Y se sintió exhausto, sostiene Pereira. Consiguió arrastrarse hasta la parada más cercana del tranvía y cogió uno que le llevó hasta Terreiro do Paço. Y mientras tanto, por la ventanilla, veía desfilar lentamente su Lisboa, miraba la Avenida da Liberdade, con sus hermosos edificios, y después la Praça do Rossio, de estilo inglés; y en Terreiro do Paço se bajó y tomó el tranvía que subía hasta el castillo. Bajó a la altura de la catedral, porque el vivía allí cerca, en Rua da Saudade. Subió fatigosamente la rampa de la calle que le conducía hasta su casa. Llamó a la portera porque no tenía ganas de buscar las llaves del portal y la portera, que le hacía también de asistenta, fue a abrirle. Señor Pereira, dijo la portera, le he preparado una chuleta frita para cenar. Pereira le dio las gracias y subió lentamente la escalera, cogió la llave de casa de debajo del felpudo, donde la guardaba siempre, y entró. En el recibidor se detuvo delante de la estantería, donde estaba el retrato de su esposa. Aquella fotografía se la había hecho él, en mil novecientos veintisiete, había sido durante un viaje a Madrid y al fondo se veía el perfil macizo de El Escorial. Perdona si llego con un poco de retraso, dijo Pereira.

El sufrimiento de vivir en el recuerdo

Esta separación brutal, sin límites, sin futuro previsible, nos dejaba desconcertados, incapaces de reaccionar contra el recuerdo de esta presencia todavía tan próxima y ya tan lejana que ocupaba ahora nuestros días. De hecho sufríamos doblemente, primero por nuestro sufrimiento y además por el que imaginábamos en los ausentes, hijo, esposa o amante.

En otras circunstancias, por lo demás, nuestros conciudadanos siempre habrían encontrado una solución en una vida más exterior y más activa. Pero la peste los dejaba, al mismo tiempo, ociosos, reducidos a dar vueltas a la ciudad mortecina y entregados un día tras otro a los juegos decepcionantes del recuerdo, puesto que en sus paseos sin meta se veían obligados a hacer todos los días el mismo camino, que, en una ciudad tan pequeña, casi siempre era aquel que en otra época habían recorrido con el ausente.

Apogeo y decadencia


Caricatura de Honoré de Balzac

En toda existencia hay un apogeo, una época durante la cual las causas actúan y mantienen una relación cabal con los resultados. Ese mediodía de la vida, en que las fuerzas vivas se equilibran y acontecen con todo su esplendor, no sólo se da en todos los seres orgánicos, sino también en las ciudades, las naciones, las ideas, las instituciones, los comercios y las empresas que, de la misma forma que las razas nobles y las dinastías, nacen, suben y caen. ¿De dónde procede la rigurosidad con que este tema del crecimiento y la mengua afecta a cuanto se organiza en este mundo? Pues la propia muerte tiene, en tiempos de plaga, progreso, decrecimiento, recrudescencia y sueño. Incluso este globo nuestro es quizá un cohete algo más duradero que los demás. La Historia, al referir las causas de la grandeza y la decadencia de todo cuanto aquí abajo existió, podría avisar al hombre del momento en que debe detener el juego de todas sus facultades; pero ni los conquistadores, ni los actores, ni las mujeres, ni los autores escuchan su salutífera voz. César Birotteau, que debía considerarse en el apogeo de su buena suerte, interpretaba esa etapa de inmovilidad como un nuevo punto de partida. No estaba enterado de nada de esto; por lo demás, ni las naciones ni los reyes han intentado escribir en caracteres indelebles el motivo de esos vuelcos de que está preñada la Historia y de los que tan notables ejemplos brindan tantas cosas soberanas o comerciales. ¿Por qué no habrá pirámides nuevas que recuerden incesantemente el siguiente principio, que debe regir la política de las naciones tanto como la de los particulares: Cuando el efecto producido no tiene ya ni relación directa no proporcionalidad pareja con su causa, comienza la desorganización? Pero monumentos de ésos los hay por doquier: se trata de las tradiciones y de las piedras que nos hablan del pasado, que carta de ciudadanía a los caprichos del indomeñable Destino, cuya mano nos borra los sueños, que nos demuestran que los acontecimientos de mayor envergadura se resumen en una idea. Troya y Napoleón no son sino poemas. Ojalá esta historia sea el poema de las vicisitudes burguesas de las que no se acordó ninguna voz, porque parecían totalmente desprovistas de grandeza, mientras que, por eso mismo, son desmedidas; no se trata ya aquí de un único hombre, sino de todo un pueblo de pesares.


Págs. 72 y 73. Honoré de Balzac. Grandeza y decadencia de César Birotteau, perfumista (1837). Alba.