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El triunfo de la Muerte (1562), de Pieter Brueghel el Viejo |
Y esta pestilencia fue más virulenta porque prendía de los enfermos en los sanos con los que se comunicaban no de otro modo a como lo hace el fuego sobre las cosas secas o grasientas cuando se le acercan mucho. Y el mal fue aún mucho más allá porque no sólo el hablar y el tratar con los enfermos les producía a los sanos la enfermedad o les causaba el mismo tipo de muerte, sino que el tocar las ropas o cualquier otra cosa tocada o usada por los enfermos parecía transportar consigo la enfermedad al que tocaba. Lo que voy a decir es tan asombroso de oír que, si los ojos de muchos y los míos no lo hubiesen visto, apenas me atrevería a creerlo, y menos a escribirlo, aunque lo hubiese oído de alguien digno de fe. Digo que el tipo de pestilencia descrita fue de tal virulencia al contagiarse de unos a otros, que no solamente se transmitía de hombre a hombre, sino, lo que es más, y esto ocurrió muchas veces y de manera visible, si la cosa del hombre que había estado enfermo o había muerto de esta enfermedad la tocaba otro animal distinto a la especie humana, no sólo le contagiaba la enfermedad, sino que en muy poco tiempo lo mataba.
De lo cual mis ojos, como se acaba de decir, tuvieron un día, entre otros, semejante experiencia: que estando tirados los harapos de un pobre muerto de esa enfermedad en la vía pública y al tropezarse con ellos dos cerdos y estos, según acostumbran, cogiéndolos primero con el hocico y luego con los dientes y sacudiéndoselos con el morro, poco tiempo después, tras algunas convulsiones, como si hubiesen tomado veneno, ambos cayeron muertos al suelo sobre los funestos harapos.











