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Aquí encontrarás una selección accidental de textos literarios pertenecientes a obras clásicas de la Literatura universal. Sin otro criterio que el gusto y el azar seguidos por el profesor de Lengua Rafael Bermúdez Ortiz, el alumnado tiene la oportunidad de acercarse a algunos de los títulos y autores más célebres del canon literario occidental mediante este catálogo de citas, páginas y recortes. Ojalá disfruten tanto como el autor de su lectura.
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La muerte da sentido a la vida


Panorámica del barrio de Alfama, en Lisboa (Portugal).

Sostiene Pereira que le conoció un día de verano. Una magnífica jornada veraniega, soleada y aireada, y Lisboa resplandecía. Parece que Pereira se hallaba en la redacción, sin saber qué hacer, el director estaba de vacaciones, él se encontraba en el aprieto de organizar la página cultural, porque el Lisboa contaba ya con una página cultural, y se la habían encomendado a él. Y él, Pereira, reflexionaba sobre la muerte. En aquel hermoso día de verano, con aquella brisa atlántica que acariciaba las copas de los árboles y un sol resplandeciente, y con una ciudad que refulgía, que literalmente refulgía bajo su ventana, y un azul, un azul nunca visto, sostiene Pereira, de una nitidez que casi hería los ojos, él se puso a pensar en la muerte. ¿Por qué? Eso, a Pereira le resulta imposible decirlo. Sería porque su padre, cuando él era pequeño, tenía una agencia de pompas fúnebres que se llamaba Pereira La Dolorosa, sería porque su mujer había muerto de tisis unos años antes, sería porque él estaba gordo, sufría del corazón y tenía la presión alta, y el médico le había dicho que de seguir así no duraría mucho, pero el hecho es que Pereira se puso a pensar en la muerte, sostiene. Y por casualidad, por pura casualidad, se puso a hojear una revista. Era una revista literaria pero que tenía una sección de filosofía. Una revista de vanguardia quizá, de eso Pereira no está seguro, pero que contaba con muchos colaboradores católicos. Y Pereira era católico, o al menos en aquel momento se sentía católico, un buen católico, pero en una cosa no conseguía creer, en la resurrección de la carne. En el alma, sí, claro, porque estaba seguro de poseer un alma, pero toda su carne, aquella chicha que circundaba su alma, pues bien, eso no, no volvería a renacer, y además ¿para qué?, se preguntaba Pereira. Todo aquel sebo que le acompañaba diariamente, el sudor, el jadeo al subir las escaleras, ¿para qué iban a renacer? No, no quería nada de aquello en la otra vida, para toda la eternidad, Pereira, y no quería creer en la resurrección de la carne. Así que se puso a hojear aquella revista, con indolencia, porque se estaba aburriendo, sostiene, y encontró un artículo que decía: «La siguiente reflexión acerca de la muerte procede de una tesina leía el mes pasado en la Universidad de Lisboa. Su autor es Francisco Monteiro Rossi, que se ha licenciado en filosofía con las más altas calificaciones; se trata únicamente de un fragmento de su ensayo, aunque quizá colabore nuevamente en el futuro con nosotros».

Conversación con el retrato del ser amado


¿En qué mundo vivo? Y se le ocurrió la extravagante idea de que él, quizá, no vivía, sino que era como si ya estuviese muerto. Desde que había muerto su mujer, él vivía como si estuviese muerto. O, más bien, no hacía nada más que pensar en la muerte, en la resurrección de la carne, en la que no creía, y en tonterías de esa clase, la suya era sólo un supervivencia, una ficción de vida. Y se sintió exhausto, sostiene Pereira. Consiguió arrastrarse hasta la parada más cercana del tranvía y cogió uno que le llevó hasta Terreiro do Paço. Y mientras tanto, por la ventanilla, veía desfilar lentamente su Lisboa, miraba la Avenida da Liberdade, con sus hermosos edificios, y después la Praça do Rossio, de estilo inglés; y en Terreiro do Paço se bajó y tomó el tranvía que subía hasta el castillo. Bajó a la altura de la catedral, porque el vivía allí cerca, en Rua da Saudade. Subió fatigosamente la rampa de la calle que le conducía hasta su casa. Llamó a la portera porque no tenía ganas de buscar las llaves del portal y la portera, que le hacía también de asistenta, fue a abrirle. Señor Pereira, dijo la portera, le he preparado una chuleta frita para cenar. Pereira le dio las gracias y subió lentamente la escalera, cogió la llave de casa de debajo del felpudo, donde la guardaba siempre, y entró. En el recibidor se detuvo delante de la estantería, donde estaba el retrato de su esposa. Aquella fotografía se la había hecho él, en mil novecientos veintisiete, había sido durante un viaje a Madrid y al fondo se veía el perfil macizo de El Escorial. Perdona si llego con un poco de retraso, dijo Pereira.

Un baile bajo las estrellas


Marcello Mastroianni interpretó el personaje de Pereira en la película dirigida por Roberto Faena en 1995

Marta se quitó el sombrero y lo dejó sobre la mesa. Del sombrero salió una cascada de cabellos castaños con reflejos pelirrojos, sostiene Pereira, parecía tener algún año más que su compañero, veintiséis o veintisiete años quizá, de modo que le preguntó: y usted ¿a qué se dedica? Escribo cartas comerciales para una empresa de exportación e importación, respondió Marta, trabajo sólo por las mañanas, así que por la tarde puedo leer, pasear y ver de vez en cuando a Monteiro Rossi. Pereira sostiene que le pareció extraño que ella llamara al joven Monteiro Rossi por sus apellidos, como si fueran solamente colegas de trabajo, de todas formas no objetó nada y cambiando de tema dijo, por decir algo: Pensaba que era usted de las juventudes salazaristas. ¿Y usted?, replicó Marta. Bueno, dijo Pereira, mi juventud hace ya bastante que se esfumó, en lo que se refiere a la política, aparte de que no me interesa mucho, no me gustan las personas fanáticas, me parece que el mundo está lleno de fanáticos. Hay que distinguir entre fanatismo y fe, respondió Marta, porque uno puede tener ideales, por ejemplo que los hombres sean libres e iguales, e incluso hermanos; perdóneme, pero en el fondo me estoy limitando a recordar la revolución francesa, ¿cree usted en la revolución francesa? Teóricamente sí, respondió Pereira; y se arrepintió de ese teóricamente, porque hubiera querido decir: En la práctica, sí; pero en el fondo había dicho lo que pensaba. Y en aquel momento los viejecitos de la viola y la guitarra comenzaron a tocar un vals en fa, y Marta dijo: Señor Pereira, me gustaría bailar este vals con usted. Pereira se levantó, sostiene, le ofreció el brazo y la condujo hasta la pista de baile. Y bailó aquel vals casi con arrobamiento, como si su tripa y toda su carne hubieran desaparecido como por encanto. Y mientras tanto miraba al cielo por encima de los farolillos coloreados de la Praça da Alegria y se sintió minúsculo, confundido con el universo. Hay un hombre obeso y entrado en años que baila con una joven en una plaza cualquiera del universo, pensó, y entretanto los astros giran, el universo está en movimiento, y tal vez alguien nos esté mirando desde un observatorio infinito.

Págs. 25 y 26. Sostiene Pereira. Antonio Tabucchi. Anagrama