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El general Antonio Imbert, a la derecha, uno de los supervivientes del atentado que terminó con la vida del dictador Rafael Leónidas Trujillo en 1961, en la República Dominicana |
Había sido ese malestar de tantos años, pensar una cosa y hacer a diario algo que la contradecía, lo que lo llevó, siempre en el secreto de su mente, a sentenciar a muerte a Trujillo, a convencerse de que, mientras viviera, él y muchísimos dominicanos estarían condenados a esa horrible desazón y desagrado de sí mismos, a mentirse a cada instante y engañar a todos, a ser dos en uno, una mentira pública y una verdad privada prohibida de expresarse.
Esta decisión le hizo bien; le levantó la moral. Su vida dejó de ser ese bochorno, esa duplicación, cuando pudo compartir con alguien sus verdaderos sentimientos. La amistad con Salvador Estrella Sadhalá resultó como enviada del cielo. Ante el Turco podía explayarse a sus anchas contra todo lo que lo rodeaba; con su integridad moral y la honestidad con que procuraba ajustar su conducta a la religión que profesaba con una entrega que Tony no había visto en nadie, se convirtió en su modelo, además de su mejor amigo.
Poco después de hacerse íntimo suyo, Imbert comenzó a frecuentar los grupos clandestinos, gracias a su primo Moncho. Aunque salía de esas reuniones con la sensación de que esas muchachas y muchachos, aunque arriesgaban la libertad, su futuro, la vida, no encontraban una manera efectiva de luchar contra Trujillo, estar una o dos horas con ellos, luego de llegar a esa casa desconocida -una distinta cada vez- dando mil rodeos, siguiendo a mensajeros a los que identificaba con diferentes claves, le dio una razón vital, le limpió la conciencia y centró su vida.
Guarina quedó estupefacta cuando, por fin, para que no la tomara de sorpresa cualquier percance, Tony fue revelándole que, aunque las apariencias dijeran lo contrario, había dejado de ser trujillista, e, incluso, trabajaba en secreto contra el Gobierno. Ella no trató de disuadirlo. No preguntó qué ocurriría con su hija Leslie si lo tomaban preso y lo condenaban a treinta años de cárcel como a Segundo, o, peor, si lo mataban.
La Fiesta del Chivo. Mario VARGAS LLOSA
