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Aquí encontrarás una selección accidental de textos literarios pertenecientes a obras clásicas de la Literatura universal. Sin otro criterio que el gusto y el azar seguidos por el profesor de Lengua Rafael Bermúdez Ortiz, el alumnado tiene la oportunidad de acercarse a algunos de los títulos y autores más célebres del canon literario occidental mediante este catálogo de citas, páginas y recortes. Ojalá disfruten tanto como el autor de su lectura.

Cómo aceptar un origen popular


Annie Ernaux, cuando tenía 8 o 9 años, con su padre

Mi padre entró en la categoría de gente sencilla o buena gente. Ya no se se atrevía a contarme historias de su infancia. Yo ya no le hablaba de mis estudios. Salvo el latín, porque había ayudado a misa, le resultaban incomprensibles y se negaba incluso a hacer como que se interesaba, a diferencia de mi madre. Se enfadaba cuando me quejaba de tener mucho trabajo o criticaba las clases. La palabra "profe" le molestaba, y también "dire" o hasta "libraco". Y siempre el miedo O QUIZÁS EL DESEO de que yo no lo consiguiera.

Le ponía nervioso verme todo el día con la cabeza hundida en los libros y los culpaba de mi cara inexpresiva y de mi mal humor. Cuando por las noches veía la luz por debajo de la puerta de mi habituación, decía que estaba consumiéndome la salud. Los estudios, un obligado sufrimiento para llegar a una buena situación y no acabar con un obrero. Pero que me gustara romperme la cabeza le parecía sospechoso. 

[...] Yo consideraba que él ya no podía hacer nada más por mí. Sus palabras y sus ideas no tenían cabida en las clases de francés o de filosofía, en los ratos que pasaba en los canapés de terciopelo rojo de mis amigas de clase. En verano, por la ventana abierta de mi habitación, oía el ruido de su rastrillo aplanando la tierra removida. 

Escribo, quizá porque ya no teníamos nada que decirnos.

[...] Vino a buscarme al final de unas colonias de verano donde trabajé de monitora. Mi madre gritó "¡yuju!", de lejos, y entonces lo vi. Mi padre iba encorvado, agachando la cabeza por culpa del sol. Las orejas como despegadas, algo rojas, seguramente porque acababa de cortarse el pelo. En la acera, delante de la catedral, discutían muy alto acerca de la dirección que debían tomar para regresar. Se parecían a todos los que no están acostumbrados a salir. Una vez en el coche, me di cuenta de que él tenía unas manchas amarillas cerca de los ojos, en las sienes. Por primera vez, durante dos meses, yo había vivido lejos de casa, en un mundo joven y libre. Encontraba a mi padre viejo, crispado. En aquel momento sentía que mi padre no tenía derecho a ir a la universidad.

[...] Ni preocupación ni alegría, sencillamente se resignó a verme llevar esa vida insólita, irreal. Tener veinte años y más, y seguir en la escuela. "Estudia para ser profesora". De qué, los clientes no lo preguntaban, lo que cuenta es el título y él tampoco se acordaba. "Letras modernas" no le decía nada, al contrario que Matemáticas o Español. Siempre temiendo que se me considerara demasiado privilegiada, que los tomaran por ricos al haberme criado así. Pero sin atreverme a reconocer tampoco que estaba becada, entonces habría parecido que ellos tenían la suerte de que el Estado me pagara por no hacer nada con mis diez deditos. Estar asediado siempre por la envidia y los celos, puede que eso fuera lo más evidente de su condición. 

[...] En las vacaciones de verano, yo invitaba a Y... a una o dos compañeras de la facultad, chicas sin prejuicios de las que afirmaban: "Lo que cuenta es el corazón". Y es que, como quien quiere prevenir una mirada condescendiente sobre su familia, yo advertía: "Mi casa es, ya sabes, sencilla". Mi padre era feliz de recibir a esas chicas bien educadas, les hablaba mucho, porque no le parecía educado que decayera la conversación, se interesaba vivamente por todo lo que concernía a mis amigas. Lo que se haría para comer era motivo de preocupación, "¿A la señorita Geneviève le gustarán los tomates?" Se desvivía. Cuando la familia de una de estas amigas me recibía a mí, yo pasaba a compartir de forma natural su modo de vida que no cambiaba a causa de mi llegada. A entrar en su mundo, que no temía las miradas ajenas y que se me abría porque yo había olvidado las maneras, los hábitos y los gustos del mío. Dando una categoría de fiesta a algo que en esos ambientes no era más que una visita banal, mi padre quería honrar a mis amigas y parecer un hombre de mundo. Y lo que hacía era revelar una inferioridad que ellas percibían, a su pesar, diciendo, por ejemplo: "Buenos días, señor, ¿cómo estás?"

[...] Mi madre escribía: "Podrías venir y descansar un poco en casa", sin atreverse a decir que fuéramos simplemente para verlos a ellos. Iba yo sola, callando las verdaderas razones de la indiferencia de su yerno, razones indecibles, entre él y yo, y que yo había admitido tácitamente. Cómo un hombre nacido de una burguesía universitaria, continuamente irónico, hubiera podido disfrutar de en compañía de buena gente, cuya amabilidad, que él reconocía, nunca compensaría una carencia esencial para él: una conversación intelectual.

[...] Es en la manera en que la gente se sienta y se aburre en las salas de espera, se dirige a sus hijos o se dice adiós en los andenes de las estaciones, donde he buscado el rostro de mi padre. En esos seres anónimos con que tropiezo en cualquier parte, portadores, sin saberlo, de signos de entereza o de humillación, he vuelto a encontrar la realidad olvidada de su condición.