Bienvenidos

Aquí encontrarás una selección accidental de textos literarios pertenecientes a obras clásicas de la Literatura universal. Sin otro criterio que el gusto y el azar seguidos por el profesor de Lengua Rafael Bermúdez Ortiz, el alumnado tiene la oportunidad de acercarse a algunos de los títulos y autores más célebres del canon literario occidental mediante este catálogo de citas, páginas y recortes. Ojalá disfruten tanto como el autor de su lectura.

Tener o no tener


Póster de la película Mujercitas, de Mervyn LeRoy (1949)

Los Moffat eran gente realmente mundana, y la pobre Meg se sintió, en un primer momento, intimidada por la fastuosidad de la casa y la elegancia de sus inquilinos, pero como, a pesar de la vida frívola, eran personas muy amables, no tardaron mucho en conseguir que su huésped se sintiera cómoda. Quizá Meg intuyó, sin comprenderlo del todo, que no eran personas excesivamente cultas e inteligentes, y que debajo de tanto adorno, había gente hecha del mismo material corriente que todos. Era ciertamente agradable darse un banquete, pasear en coche, ponerse sus mejores galas todos los días y no hacer nada más que divertirse. Estas cosas iban a la perfección con su carácter y pronto empezó a imitar la manera de hablar y los modales de su nuevas compañías: a darse tono y usar frases en francés, a rizarse el pelo, ajustarse los trajes y a hablar, en cuanto tenía ocasión, de lo que estaba o no de moda. Y cuanto más veía las cosas bonitas de Annie Moffat, más la envidiaba y suspiraba por ser rica. Ahora, cuando pensaba en su casa, le parecía desnuda y triste, y el trabajo, más difícil que nunca. Se sentía desamparada y dolida, a pesar de sus dos pares de guantes y sus medias de seda.

En cualquier caso, no le quedaba mucho tiempo para lamentarse, porque las tres jovencitas estaban francamente ocupadas "divirtiéndose": salían de tiendas, paseaban, montaban a caballo y quedaban durante todo el día; por la noche, iban al teatro y a la ópera o, como Annie Moffat tenía muchas amigas, se divertían en casa. Sus hermanas mayores eran unas auténticas señoritas; una de ellas estaba prometida, cosa terriblemente interesante y romántica para Meg. El señor Moffat, un viejo caballero regordete y jovial, conocía a su padre, y la señora Moffat, una dama igualmente regordeta y jovial, en seguida se encariñó con Meg, tal y como le había pasado a su hija. Todos la mimaban y a "Daisy", como habían decidido llamarla, no le faltaba mucho para perder la cabeza.

Cuando llegó el día en que iban a celebrar la primera "fiesta informal", Meg se dio cuenta de que el vestido de popelín no pegaba en absoluto. Las otras chicas preparaban trajes ligeros y muy elegantes, así que sacó su vestido blanco de baile y lo encontró más viejo, soso y deslucido que nunca al lado del de Sallie, aún sin estrenar. Meg notó que las otras chicas miraban su traje y luego cruzaban miradas entre sí, y eso la hizo enrojecer. Era una muchacha de buen carácter, pero orgullosa.

Nadie dijo nada, pero Sallie se ofreció a arreglarle el pelo, Annie a ajustarle el fajín y Belle, la hermana prometida, alabó la fina blancura de sus brazos. Pero en toda esta amabalidad, Meg no vio más que lástima hacia una chica pobre, y se sintió muy sola mientras las otras reían, charlaban y correteaban ligeras como mariposas. Su amargura iba en aumento cuando entró la doncella con una caja de flores. Antes de que pudiera decir nada, Annie ya la había abierto y todas coreaban la hermosura de las rosas, brezos y helechos que había en su interior [...]

- ¿Qué te vas a poner? -preguntó Sallie.

- Otra vez mi viejo traje blanco, si es que puedo arreglarlo. Anoche se rasgó un poco -dijo Meg, tratando de hablar con naturalidad, aunque se sentía francamente incómoda.

- ¿Por qué no envías a tu casa a por otro? -dijo Sallie, que no era una chica muy observadora.

- No tengo otro.

A Meg le costó cierto esfuerzo confesarlo, pero Sallie ni se dio cuenta, y exclamó, amistosamente sorprendida:

- ¿Solo ese?, ¡Qué barbaridad...! [...] Pero tienes que darme el gusto de dejar que yo te vista ese día. Es algo que me encanta, y con un toque aquí y otro allá haré de ti una auténtica belleza. No dejaremos que nadie te vea hasta que estés perfecta y, de repente, aparecemos en el baile, como Cenicienta y su madrina -dijo Belle, en tono persuasivo.

[...] Meg la siguió, con su larga falda arrastrando, los pendientes tintineando, sus bucles ondeantes y el corazón palpitante; sabía que estaba hecha "una auténtica belleza", lo había visto en el espejo, y con este descubrimiento comenzaba su verdadera diversión. Sus amigas se lo confirmaron con entusiasmo y, durante unos instantes estuvo, como un grajo, disfrutando de sus plumas prestadas, mientras las demás charlaban como cotorras.

[...] No dejaba de sentirse rara, así que se imaginó que estaba interpretando, en una obra, el papel de dama elegante, y logró que le saliera bastante bien, a pesar de que el traje se le encajaba en la cintura, el bajo del vestido se enredaba en los tacones y no dejaba de temer que los pendientes salieran volando y se perdieran o se rompiesen. Estaba abanicándose y riendo las insulsas bromas de un joven que intentaba resultar gracioso [...] Él miró su pelo rizado, su hombro desnudo y el recargadísimo traje con una expresión que la confundieron aún más que su anterior respuesta [...]

- No me gustan tantos adornos.

[...] Apoyó la frente en el frío cristal y se quedó allí, medio oculta por las cortinas, sin darse cuenta de que su vals favorito había empezado a sonar. 

- Mamá, quiero confesarte algo [...] Os conté que me vistieron, pero no que me pusieron polvos, y me entallaron el vestido y me rizaron el pelo, y me convirtieron en una especie de maniquí. A Laurie no le pareció bien; lo sé, aunque no dijo nada, y un hombre me llamó "muñeca". Yo sabía que me comportaba como una idiota, pero me adularon tanto y me repetían que estaba guapísima y muchas más tonterías, que los dejé que me ridiculizaran.

Mujercitas. Louisa May ALCOTT