
Plano de La cinta blanca (2009), de Michael Haneke
(Testimonios de soldados soviéticas que entraron con el Ejército Rojo para liberar Alemania de los nazis en 1945)
Llegué a Alemania...
Lo primero que vi al pisar suelo alemán fue una pancarta casera que habían puesto a un lado de la carretera: ¡Esta es la maldita tierra alemana! [...]
Y todos esperaban ese momento... Lo veremos... Lo entenderemos... ¿De dónde procedían? ¿Cómo era su país? ¿Serían personas normales y corrientes? ¿Vivirían igual que nosotros? [...]
Por fin estábamos en su tierra... Lo primero que nos sorprendió fue la calidad de las carreteras. Unas casas de campesinos enormes... Macetas, cortinas bonitas incluso en los cobertizos. En las casas había manteles blancos. Una vajilla de calidad. Porcelana. Allí fue la primera vez que vi una lavadora. No lográbamos entenderlo: ¿si allí vivían tan bien, para qué hacer una guerra? Nuestra gente se cobijaba en chozas mientras ellos comían sobre manteles blancos. Pequeñas tacitas de café... Antes solo las había visto en los museos. Esas tacitas... Se me había olvidado contarle... Todos nos quedamos atónitos... Habíamos empezado el ataque, allí estaban las primeras trincheras alemanas... Las asaltamos y allí nos encontramos unos termos con café caliente. El olor a café... Las galletas. Las sábanas blancas. Las toallas limpias. El papel higiénico... Nosotros no teníamos nada de eso. ¿Qué sábanas? Si dormíamos sobre el heno, sobre las ramas de los árboles... En ocasiones nos pasábamos dos o tres días sin probar la comida caliente. Nuestros soldados acribillaron a tiros esos termos... Ese café...
En las casas alemanas también vi juegos de café fusilados. Macetas fusiladas. Almohadas... Carritos de bebé... Pero igualmente no éramos capaces de hacer lo que ellos habían hecho. Hacerles sufrir tanto como nosotros habíamos sufrido.
Nos costaba entender dónde se había originado su odio. El nuestro era comprensible. Pero ¿el suyo?
La guerra no tiene rostro de mujer. Svetlana Alexiévich