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Felicitación navideña ilustrada por Walter M. Dunk en 1916 |
- ¡Oh, ojalá fuera un árbol grande como los otros! - suspiraba el pequeño abeto-. Entonces podría extender mis ramas alrededor de la copa y ver el ancho mundo. Los pájaros construirían nidos en mis ramas y, cuando soplara el viento, me inclinaría aristocráticamente, como los otros.
- ¡Alégrate de tu juventud! -dijeron los rayos del sol-. ¡Alégrate de tus frescos brotes, de la vida joven que hay en ti!
[...] Cuando llegó la Navidad, talaron muchos árboles jóvenes, árboles que muchas veces ni siquiera tenían el tamaño o la edad de este abeto que nunca estaba satisfecho y que estaba siempre queriendo marcharse. Aquellos árboles jóvenes, que eran los más bellos de todos, siempre conservaban sus ramas, los colocaban en unos carros y unos caballos se los llevaban del bosque.
- ¿Adónde van? -preguntó el abeto-. No son más grandes que yo, uno era incluso más pequeño, ¿por qué no les quitan las ramas? ¿Adónde los llevan?
- ¡Lo sabemos, lo sabemos! -gorjearon los gorriones-. Allá abajo en la ciudad miramos los cristales. ¡Sabemos dónde los llevan! ¡Oh, van hacia el brillo y el esplendor más grande que uno pueda imaginarse! Hemos mirado por las ventanas y hemos visto que los plantan en medio de la caliente sala y los adornan con las cosas más preciosas: manzanas doradas, pastelillos de miel, juguetes y muchos cientos de velas.
- ¿Y luego...? -preguntó el abeto, temblando en todas sus ramas-. ¿Y luego? ¿Qué pasa luego?
- ¡Bueno, no hemos visto más! ¡Es algo incomparable!
- ¿Será ese el destino que me espera? -se regocijaba el árbol. ¡Es mejor que ir por el mar! ¡Cómo me atormenta el deseo! ¡Ojalá fuera Navidad! Ahora soy alto y grueso como los que se llevaron el año pasado... ¡Ojalá estuviera ya en el carro! ¡Ay, si estuviera ya en esa caliente sala con todo ese brillo y esplendor!
[...] Y en Navidad fue el primero que talaron. El hacha lo cortó por la cintura, el árbol cayó con un suspiro sobre la tierra, sintió dolor, desmayo, no podía pensar en nada feliz, se sintió triste por tener que alejarse de su hogar, del lugar donde había brotado; sabía que no volvería a ver nunca a sus viejos y queridos compañeros, a los pequeños arbustos y las flores que lo rodeaban, quizá ni siquiera a los pájaros. La partida no fue nada agradable.
El árbol no volvió en sí hasta que en el mercado, apilado junto a otros árboles, oyó a un hombre decir:
- ¡Es precioso! ¡Tenemos que cortar este!
Llegaron entonces unos criados de librea y llevaron al abeto a una sala grande y bonita. Por las paredes colgaban retratos y en la gran chimenea de azulejos había grandes jarrones chinos con leones en las asas. Había mecedoras, sofás de seda, grandes mesas llenas de libros ilustrados y de juguetes que valían muchos táleros... Y pusieron al abeto de pie en un gran cubo lleno de arena, pero no se notaba que era un cubo, porque habían colgado paños verdes todo alrededor y lo habían puesto sobre una gran alfombra de colores. ¡Oh, cómo temblaba el árbol! ¿Qué pasará? Criados y doncellas llegaron para decorarlo. En las ramas colgaron pequeñas redes recortadas en papel de colores, y todas las redes estaban llenas de dulces, manzanas y nueces doradas colgaban de él como si hubieran crecido allí, y más de cien velitas rojas, azules y blancas quedaron sujetas a las ramas, parecían vivas como personas -el árbol nunca había tenido un aspecto semejante-, se balanceaban entre el verde, y encima de la copa colocaron una gran estrella de purpurina. Era precioso, auténticamente precioso.
- Esta noche -decían todos-. Esta noche resplandecerá.
"¡Oh! -pensaba el árbol- ¡Ojalá fuera ya de noche! ¡Ojalá estuvieran encendidas las velas! ¿Y qué sucederá luego? ¿Vendrán los árboles del bosque a verme? ¿Volarán los gorriones hasta los cristales? ¿Echaré raíces, seguiré adornado invierno y verano?"
[...] ¡Oh! cómo se precipitaron sobre él! Hicieron crujir las ramas, y si no hubiera sido porque la copa y la estrella de oro estaban sujetas al techo, lo habrían tirado.
Los niños bailaron alrededor del árbol con sus preciosos juguetes, ninguno miraba al árbol excepto la anciana niñera, que iba a mirar entre las ramas, pero solo para ver si no se habían dejado olvidados un higo o una manzana.
[...] Por la mañana entraron unos hombres y unas muchachas.
"Ya empezamos otra vez!", pensó el árbol. Pero se lo llevaron de la sala, lo subieron por las escaleras hasta el desván y allí, en un rincón oscuro donde nunca llega la luz del sol, lo abandonaron.
"¿Qué significa esto? -pensó el árbol-. ¿Qué tengo que hacer ahora? ¿Qué cosas podré oír? Y se apoyó en la pared y allí se quedó pensando y pensando... Y bastante tiempo, porque pasaron días y noches. Nadie subía, y cuando por fin llegó alguien era para colocar unas grandes cajas en el rincón. El árbol quedó oculto, se diría que olvidado.
[...] En el patio jugaban algunos de los niños que habían estado bailando en Navidad alrededor del árbol y que se habían alegrado con él. Uno de los más pequeños se acercó y le quitó la estrella de oro.
- Mirad lo que hay en el asqueroso árbol de Navidad -dijo, pisoteando las ramas, que crujieron bajo sus botas.
Y el árbol observó la belleza y la frescura de las flores del jardín, se miró a sí mismo y deseo haberse quedado en el bosque, en la animada Nochebuena [...]
Y el criado llegó, partió el árbol en trocitos e hizo un montón. Ardía muy bien debajo del caldero. Suspiró profundamente, y cada suspiro era como una pequeña detonación. Y los niños que estaban jugando entraron a sentarse delante del fuego, miraron y gritaron:
- ¡Pam, pam!
Pero a cada chasquido, que era un profundo suspiro, el árbol pensaba en un día de verano en el bosque, en una noche de invierno, cuando brillaban las estrellas, pensaba en la Nochebuena y en Klumpe-Dumpe, el único cuento que había oído y contado... Y el árbol se quemó por completo.
Los muchachos estaban en el patio, y el más pequeño llevaba en su pecho la estrella de oro que el árbol había lucido en su noche más feliz. Ahora se había acabado todo, y el árbol se había acabado, y también el cuento. Acabado, acabado, como pasa con todos los cuentos.
El abeto. Hans Christian ANDERSEN
