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Ilustración de Stéphane Poulin para Bartleby el Escribiente, de la editorial Anaya |
Al principio, Bartleby realizó una extraordinaria cantidad de escritos. Como si llevara tiempo con hambre de copiar, pareció darse un hartazgo de mis documentos. No había pausa para la digestión. Copiaba día y noche, a la luz del sol y de las velas. Su aplicación me hubiera satisfecho del todo de haber sido él no sólo industrioso, sino además alegre. Pero escribía y escribía, callada, pálida, mecánicamente. [...]
De vez en cuando, si apremiaba el trabajo, yo mismo ayudaba a comparar algún breve documento, y llamaba a Turkey o a Nippers para ese propósito. Uno de mis objetivos al colocar a Bartleby tan a mano, tras el biombo, era valerme de sus servicios en aquellas ocasiones triviales. Era el tercer día, creo, que estaba conmigo, y antes que hubiera necesidad de examinar su propio escrito, viéndome más apurado en concluir un asuntillo que tenía pendiente, llamé a Bartleby de súbito. En la premura y la natural expectativa de una obediencia inmediata, me quedé con la cabeza inclinada sobre el original, que estaba en mi escritorio, y mi mano derecha a un lado, extendida algo nerviosamente con la copia, para que después de emerger de su retiro al punto, Bartleby pudiera cogerla y proceder al trabajo sin la menor dilación.
En tal actitud me quedé al llamarlo, y declaré aprisa lo que deseaba que hiciera: concretamente, examinar un pequeño papel conmigo. Imaginen mi asombro -no, mi consternación-, cuando, sin moverse de su cubículo, Bartleby, con voz singularmente apacible y firme, replicó:
- Preferiría no hacerlo.
Estuve un rato en perfecto silencio, poniendo en orden mis atónitas facultades. Luego se me ocurrió que mis oídos me habían engañado o que Bartleby había malinterpretado mi mensaje. Volví a formular la petición en el tono más claro que logré asumir; pero igual de clara llegó la respuesta de antes:
- Preferiría no hacerlo.
- Preferiría no hacerlo -repetí como el eco, levantándome muy enojado y cruzando la habitación de una zancada-. ¿Qué quiere decir? ¿Está usted majareta? Quiero que me ayude a comparar esta hoja, tenga -y la impulsé hacia él.
- Preferiría no hacerlo -dijo.
Lo miré fijamente. Su rostro estaba enjutamente sereno; sus ojos grises, tenuemente calmados. Ni una arruga de agitación lo perturbaba. Si hubiera mostrado en su comportamiento la menor inquietud, cólera, impaciencia o impertinencia; en otras palabras, si hubiera habido en él cualquier reacción ordinariamente humana, lo habría despedido violentamente del bufete sin ningún género de dudas. Pero, así las cosas, era como poner de patitas en la calle a mi pálido busto en yeso de Cicerón. Estuve observándolo un rato, mientras él proseguía con su escrito, y luego volví a mi mesa. Esto es my extraño, pensé. ¿Qué convenía hacer?
[...] Algunos días después, Bartleby terminó cuatro extensos documentos, copias cuadruplicadas de testimonios tomados ante mí durante una semana en el Alto Tribunal de la Cancillería. Se hizo necesario examinarlos. [...]
- ¡Bartleby! Pronto, estoy aguardando.
Oí cómo las patas de su silla se arrastraban despacio sobre el suelo sin alfombrar, y apareció luego a la entrada de su ermita.
- ¿En qué puedo servir?- dijo apaciblemente.
- Las copias, las copias -dije yo a toda prisa-. Vamos a examinarlas. Tenga -y le alargué el cuarto cuadruplicado.
- Preferiría no hacerlo -dijo, y desapareció suavemente tras el biombo.
Por breves instantes, me convertí en una estatua de sal, erguido a la cabeza de mi sentada columna de oficinistas. Una vez vuelto en mí, avancé hacia el biombo e inquirí el motivo de tan extraordinaria conducta.
- ¿Por qué rehúsa?
- Preferiría no hacerlo.
[SALTO AL FINAL DEL LIBRO]
Me dirigí hacia el lugar (el patio de una cárcel).
- ¿Está buscando al hombre silencioso? -dijo otro celador al cruzarse conmigo-. Allá está tumbado... en aquel patio, durmiendo. Hace menos de veinte minutos que lo vi tenderse. [...] Extrañamente acurrucado en la base del muro, las rodillas en alto, tendido de costado, la cabeza tocando las frías piedras, vi al consumido Bartleby. Pero no se movió. Me detuve; luego me acerqué a él; mi incliné y vi que sus apagados ojos estaban abiertos; por lo demás, parecía dormir profundamente. Algo me empujó a tocarlo. Al sentir su mano, un escalofrío estremecedor me recorrió el brazo, la médula y los pies.
La cara redonda del despensero me observó atentamente.
- Su comida está lista. ¿Tampoco comerá hoy? ¿O vive sin comer?
- Vive sin comer -dije, y le cerré los ojos.
- ¡Eh!... Está dormido, ¿no?
- Con los reyes y los consejeros* -murmuré yo.
* Cita bíblica al Libro de Job, III, 11-16. Hace referencia a la muerte.
Herman MELVILLE. Bartleby el Escribiente. Anaya
