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Aquí encontrarás una selección accidental de textos literarios pertenecientes a obras clásicas de la Literatura universal. Sin otro criterio que el gusto y el azar seguidos por el profesor de Lengua Rafael Bermúdez Ortiz, el alumnado tiene la oportunidad de acercarse a algunos de los títulos y autores más célebres del canon literario occidental mediante este catálogo de citas, páginas y recortes. Ojalá disfruten tanto como el autor de su lectura.
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Si yo fuera normal...


Adaptación cinematográfica de Yerma (1998) dirigida por Pilar Távora

YERMA.- [...] ¡María! ¿Por qué pasas tan deprisa por mi puerta?

MARÍA.- (Con un niño en brazos) Cuando voy con el niño lo hago... ¡Como siempre lloras!

YERMA.- Tienes razón. (Coge el niño y se sienta.)

MARÍA.- Me da tristeza que tengas envidia.

YERMA.- No es envidia lo que tengo, es pobreza.

MARÍA.- No te quejes.

YERMA.- ¡Cómo no me voy a quejar cuando te veo a ti y a las otras mujeres llenas por dentro de flores, y viéndome yo inútil en medio de tanta hermosura!

MARÍA.- Pero tienes otras cosas. Si me oyeras, podrías ser feliz.

YERMA.- La mujer de campo que no da hijos es inútil como un manojo de espinos, y hasta mala, a pesar de que yo sea este desecho dejado de la mano de Dios. (MARÍA hace un gesto como para tomar el niño.) Tómalo, contigo está más a gusto. Yo no debo tener manos de madre.

MARÍA.- ¡Por qué dices eso!

YERMA.- (Se levanta) Porque estoy harta. Porque estoy harta de tenerlas y no poderlas usar en cosa propia. Que estoy ofendida y rebajada hasta lo último, viendo que los trigos apuntan, que las fuentes no cesan de dar agua y que paren las ovejas cientos de corderos, y las perras, y que parece que todo el campo puesto de pie me enseña sus crías tiernas, adormiladas, mientras yo siento los golpes de martillo aquí, en lugar de la boca de mi niño.

El otro


Carnicería fotografiada en 1895

Una de mis preocupaciones constantes es el comprender cómo es posible que otra gente existe, cómo es que hay almas que no sean la mía, conciencias extrañas a mi conciencia que, por ser conciencia, me parece ser la única. Comprendo bien que el hombre que está delante de mí, y me habla con palabras iguales a las mías, y me ha hecho gestos que son como los que yo hago o podría hacer, sea de algún modo mi semejante. Lo mismo, sin embargo, me sucede con los grabados que sueño de las ilustraciones, con los personajes que veo de las novelas, con los personajes dramáticos que en el escenario pasan a través de los actores que los representan.

Nadie, supongo, admite verdaderamente la existencia real de otra persona. Puede conceder que esa persona está viva, que sienta y piense como él; pero habrá siempre un elemento anónimo de diferencia, una desventaja materializada. Hay figuras de tiempos idos, imágenes espíritus en libros, que son para nosotros realidades mayores que esas indiferencias encarnadas que hablan con nosotros por cima de los mostradores, o nos miran por casualidad en los tranvías, o nos rozan, transeúntes, en el acaso muerto de las calles. Los demás no son para nosotros más que paisaje y, casi siempre, paisaje invisible de calle conocida. [...]

La muerte de los demás


Velatorio, ilusiones y realidades (1899). Felipe Abárzuza y Rodríguez de Arias. Museo Del Prado

El mayor tomento de Iván Ilich era la mentira, la mentira que por algún motivo todos aceptaban, según la cual él no estaba muriéndose, sino que sólo estaba enfermo, y que bastaba con que se mantuviera tranquilo y se atuviera a su tratamiento para que se pusiera bien del todo. Él sabía, sin embargo, que hiciesen lo que hiciesen, nada resultaría de ello, salvo padecimientos aún más agudas y la muerte. Y le atormentaba esa mentira, le atormentaba que no quisieran admitir que todos ellos sabían que era mentira y que él lo sabía también, y que le mintieran acerca de su horrible estado y se aprestaran -más aún, le obligaran- a participar en esa mentira. La mentira -esa mentira perpetrada sobre él en vísperas de su muerte- encaminada a rebajar el hecho atroz y solemne de su muerte al nivel de las visitas, las cortinas, el esturión de la comida… era un horrible tormento para Iván Ilich.