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Aquí encontrarás una selección accidental de textos literarios pertenecientes a obras clásicas de la Literatura universal. Sin otro criterio que el gusto y el azar seguidos por el profesor de Lengua Rafael Bermúdez Ortiz, el alumnado tiene la oportunidad de acercarse a algunos de los títulos y autores más célebres del canon literario occidental mediante este catálogo de citas, páginas y recortes. Ojalá disfruten tanto como el autor de su lectura.

¡Es tan horrible ser pobre!


Escena de la adaptación cinematográfica de Mujercitas en 1949 por Mervyn Leroy

Las Navidades no serán Navidades sin ningún regalo -refunfuñó Jo, tumbada en la alfombra.

- ¡Es tan horrible ser pobre!- suspiró Meg, mirando su viejo vestido.

- No creo que sea justo que algunas chicas tengan montones de cosas bonitas y otras, nada de nada -añadió la pequeña Amy, con gesto ofendido.

- Tenemos a papá y a mamá, y nos tenemos las unas a las otras -dijo Beth tranquilamente desde su esquina.

Los rostros de las cuatro jóvenes resplandecieron al amor de la lumbre con estas reconfortantes palabras, pero volvieron a oscurecerse en cuanto Jo dijo tristemente:

- No tenemos a papá, y no lo tendremos en mucho tiempo.

No se atrevió a decir "quizá nunca", pero todos lo pensaron en silencio y recordaron a su padre lejos, allá donde se estaba luchando.

Durante un momento, nadie habló. Entonces, Meg dijo alterada:

- Sabes perfectamente que la razón por la que mamá propuso que no hubiese regalos estas Navidades es porque va a ser un invierno muy duro para todos, y cree que no deberíamos gastar el dinero en caprichos cuando nuestros hombres están sufriendo tanto en el ejército. No podemos hacer demasiado, solo pequeños sacrificios y deberíamos hacerlos contentas. Aunque mucho me temo que yo no seré capaz.

Y Meg sacudió la cabeza, pensando apesadumbrada en las cosas bonitas que deseaba.

- Pues yo no creo que lo poco que pudiéramos gastarnos vaya a hacer mucho bien. Cada una ha conseguido un dólar: el ejército no va a recibir una gran ayuda si le damos semejante cantidad. Estoy conforme con no esperar nada de mamá o de vosotras, pero yo quiero comprarme Ondina y Sintram. ¡Llevo tanto tiempo esperando! -dijo Jo, que era un ratón de biblioteca.

- Yo había pensado gastarme el mío en una nueva partitura -dijo Beth, con un pequeño quejido que nadie oyó excepto los leños de la chimenea y el asa de la tetera.

- Yo podría comprar una bonita caja de lápices de dibujo Faber. Realmente, los necesito -dijo Amy, resuelta.

- Mamá no dijo nada de nuestro dinero, y no deseará que renunciemos a todo. Que cada una se compre lo que quiera y disfrutemos un poco. Estoy segura de que hemos trabajado de sobra para ahorrarlo -proclamó Jo, mirando el tacón de su zapato como lo hacen los hombres.

- Yo sí que lo he hecho..., enseñando a esos fastidiosos niños prácticamente todos los días, cuando lo que más me gusta es quedarme en casa tranquilamente -comenzó Meg, una vez más en tono quejoso.

- Lo tuyo no es tan duro como lo mío -dijo Jo-. ¿Te gustaría estar encerrada durante horas con una anciana nerviosa y remilgada, que te tiene trotando de un lado a otro, que nunca está satisfecha y te acosa hasta hacerte sentir deseos de tirarte por la ventana o de echarte a llorar?

- Es inútil lamentarse. Y tampoco es que crea que lavar los platos y tener la casa ordenada sea el peor trabajo del mundo, pero no me gusta..., y se me agarrotan las manos de un modo que no puedo tocar bien -y Beth miró las manos ásperas con un suspiro que esta vez todas oyeron.

- No creo que ninguna sufra tanto como yo -se lamentó Amy-; no tenéis que ir a un colegio con niñas impertinentes, que se burlan de ti si no sabes las lecciones y se ríen de tus vestidos, y etiquetan a tu padre si no es rico y te insultan si tu nariz no es bonita.

- Si quieres decir difaman, dilo, y no hables de etiquetas como si papá fuese un bote de pepinillos -aconsejó Jo riéndose.

[...]

- ¿Cuándo va a volver [papá], mami? -preguntó Beth con voz temblorosa.

- No hasta dentro de unos meses, cariño, a no ser que se ponga enfermo. Se quedará y cumplirá con su obligación fielmente mientras pueda, y nosotras no le pediremos que regrese si no ha terminado su tarea. Ahora acercaos y oíd lo que dice la carta.

Todas se acercaron al fuego; la madre, en el sillón con Beth a sus pies; Meg y Amy, cada una en un brazo de la butaca; y Jo, apoyada en el respaldo, donde nadie pudiera notar las emociones que la carta le provocase.

Louisa May ALCOTT. Mujercitas. Anaya Tus Libros