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Escena de la adaptación cinematográfica de Mujercitas en 1949 por Mervyn Leroy |
Las Navidades no serán Navidades sin ningún regalo -refunfuñó Jo, tumbada en la alfombra.
- ¡Es tan horrible ser pobre!- suspiró Meg, mirando su viejo vestido.
- No creo que sea justo que algunas chicas tengan montones de cosas bonitas y otras, nada de nada -añadió la pequeña Amy, con gesto ofendido.
- Tenemos a papá y a mamá, y nos tenemos las unas a las otras -dijo Beth tranquilamente desde su esquina.
Los rostros de las cuatro jóvenes resplandecieron al amor de la lumbre con estas reconfortantes palabras, pero volvieron a oscurecerse en cuanto Jo dijo tristemente:
- No tenemos a papá, y no lo tendremos en mucho tiempo.
No se atrevió a decir "quizá nunca", pero todos lo pensaron en silencio y recordaron a su padre lejos, allá donde se estaba luchando.
Durante un momento, nadie habló. Entonces, Meg dijo alterada:
- Sabes perfectamente que la razón por la que mamá propuso que no hubiese regalos estas Navidades es porque va a ser un invierno muy duro para todos, y cree que no deberíamos gastar el dinero en caprichos cuando nuestros hombres están sufriendo tanto en el ejército. No podemos hacer demasiado, solo pequeños sacrificios y deberíamos hacerlos contentas. Aunque mucho me temo que yo no seré capaz.
Y Meg sacudió la cabeza, pensando apesadumbrada en las cosas bonitas que deseaba.
- Pues yo no creo que lo poco que pudiéramos gastarnos vaya a hacer mucho bien. Cada una ha conseguido un dólar: el ejército no va a recibir una gran ayuda si le damos semejante cantidad. Estoy conforme con no esperar nada de mamá o de vosotras, pero yo quiero comprarme Ondina y Sintram. ¡Llevo tanto tiempo esperando! -dijo Jo, que era un ratón de biblioteca.
- Yo había pensado gastarme el mío en una nueva partitura -dijo Beth, con un pequeño quejido que nadie oyó excepto los leños de la chimenea y el asa de la tetera.
- Yo podría comprar una bonita caja de lápices de dibujo Faber. Realmente, los necesito -dijo Amy, resuelta.
- Mamá no dijo nada de nuestro dinero, y no deseará que renunciemos a todo. Que cada una se compre lo que quiera y disfrutemos un poco. Estoy segura de que hemos trabajado de sobra para ahorrarlo -proclamó Jo, mirando el tacón de su zapato como lo hacen los hombres.
- Yo sí que lo he hecho..., enseñando a esos fastidiosos niños prácticamente todos los días, cuando lo que más me gusta es quedarme en casa tranquilamente -comenzó Meg, una vez más en tono quejoso.
- Lo tuyo no es tan duro como lo mío -dijo Jo-. ¿Te gustaría estar encerrada durante horas con una anciana nerviosa y remilgada, que te tiene trotando de un lado a otro, que nunca está satisfecha y te acosa hasta hacerte sentir deseos de tirarte por la ventana o de echarte a llorar?
- Es inútil lamentarse. Y tampoco es que crea que lavar los platos y tener la casa ordenada sea el peor trabajo del mundo, pero no me gusta..., y se me agarrotan las manos de un modo que no puedo tocar bien -y Beth miró las manos ásperas con un suspiro que esta vez todas oyeron.
- No creo que ninguna sufra tanto como yo -se lamentó Amy-; no tenéis que ir a un colegio con niñas impertinentes, que se burlan de ti si no sabes las lecciones y se ríen de tus vestidos, y etiquetan a tu padre si no es rico y te insultan si tu nariz no es bonita.
- Si quieres decir difaman, dilo, y no hables de etiquetas como si papá fuese un bote de pepinillos -aconsejó Jo riéndose.
[...]
- ¿Cuándo va a volver [papá], mami? -preguntó Beth con voz temblorosa.
- No hasta dentro de unos meses, cariño, a no ser que se ponga enfermo. Se quedará y cumplirá con su obligación fielmente mientras pueda, y nosotras no le pediremos que regrese si no ha terminado su tarea. Ahora acercaos y oíd lo que dice la carta.
Todas se acercaron al fuego; la madre, en el sillón con Beth a sus pies; Meg y Amy, cada una en un brazo de la butaca; y Jo, apoyada en el respaldo, donde nadie pudiera notar las emociones que la carta le provocase.
Louisa May ALCOTT. Mujercitas. Anaya Tus Libros
