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Visita de la infanta Isabel de Borbón al balneario gallego de Mondariz en 1914 |
El verano de 1914 seguiría siendo igualmente inolvidable sin el cataclismo que descendió sobre tierra europea, porque pocas veces he vivido un verano tan exuberante, hermoso y casi diría... veraniego. El cielo, de un azul sedoso noche y día; el aire, dulce y sensual; los prados, fragantes y cálidos; los bosques, oscuros y frondosos, con su joven verdor; todavía hoy, al pronunciar la palabra "verano", automáticamente me vienen a la memoria aquellos radiantes días de julio que pasé en Baden, cerca de Viena. Me había retirado a esa pequeña y romántica ciudad que con tanta frecuencia había escogido Beethoven como residencia veraniega, para concentrarme durante todo el mes en el trabajo y luego pasar el resto del verano con mi venerado amigo Verhaeren en una villa de Bélgica. En Baden no hace falta salir del núcleo urbano para disfrutar del paisaje. El hermoso bosque quebrado por colinas se interna imperceptiblemente entre las casas bajas estilo biedermeier que han conservado la sencillez y el encanto de los tiempos de Beethoven. Uno se puede sentar en las terrazas de los cafés y restaurantes que abundan por doquier, y siempre que quiera se pued emezclar con la alegre clientela de los balnearios que desfila en sus carruajes por el parque o se pierde por caminos solitarios.
Y fue así como interrumpí sin querer la lectura: cuando, de repente, la música paró en mitad de un compás. No sabía qué pieza estaba tocando la banda en aquel momento, sólo noté que la melodía había cesado de golpe. Instintivamente levanté los ojos del libro. La multitud, que como una sola masa de colores claros paseaba entre los árboles, también daba la impresión de que había sufrido un cambio: de repente, había detenido sus evoluciones.Algo debía haber pasado. Me levanté y vi que los músicos abandonaban el quiosco de la orquesta. También eso era extraño. Algo debía de haber causado aquella brusca interrupción; mientras me acercaba, observé que la gente se agolpaba ante el quiosco de música, alrededor de un comunicado que, evidentemente, acababan de colgar allí. Tal como supe al cabo de unos minutos, se trataba de un telegrama anunciando que Su Alteza Imperial, el heredero del trono y su esposa, que habían ido a Bosnia para asistir a unas maniobras militares, habían caído víctimas de un vil atentado político.
Cada vez se reunía más gente alrededor del anuncio. La inesperada noticia pasaba de boca en boca. Pero hay que decir, en honor a la verdad, que en los rostros no se adivinaba ninguna emoción o irritación especiales, porque el heredero del trono nunca había sido un personaje querido [...] Nunca nadie le había visto sonreír, no existía ninguna fotografía suya donde apareciese con ademán distendido. No tenía afición por la música ni sentido del humor, y la mirada de su esposa encerraba la misma displicencia. Un aire gélido rodeaba a esa pareja; se sabía que no tenían amigos, que el viejo emperador odiaba al príncipe de todo corazón, porque este era incapaz de disimular con tacto su impaciencia de subir al trono [...] Al cabo de dos horas, ya no se observaba señal alguna de auténtica aflicción. La gente charlaba y reía, y por la noche la música volvió a sonar en todos los locales. [...]
Pero luego, al cabo de una semana, de repente empezó a haber en los periódicos una serie de escaramuzas, en un crescendo demasiado simultáneo para ser casual.
Stefan ZWEIG. El mundo de ayer. Acantilado
