Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, se encontró en su cama convertido en un monstruoso insecto. Se hallaba echado sobre el duro caparazón de su espalda y, al alzar un poco la cabeza, vio la figura convexa de su vientre oscuro, surcado por curvadas callosidades, cuya prominencia apenas si podía aguantar la colcha, que estaba visiblemente a punto de escurrirse hasta el suelo. Innumerables patas, lamentablemente escuálidas en comparación con el grosor ordinario de sus piernas, ofrecían a sus ojos el espectáculo de una agitación sin consistencia.
- ¿Qué me ha sucedido? [...] Bueno -pensó-; ¿qué pasaría si yo siguiese durmiendo un rato y me olvidase de todas las fantasías?- Mas esto era algo de todo punto irrealizable, porque Gregorio tenía la costumbre de dormir sobre el lado derecho, y su actual estado no le permitía adoptar esa postura. Aunque se empeñaba en permanecer sobre el lado derecho, forzosamente volvía a caer de espaldas. Mil veces intentó en vano esta operación; cerró los ojos para no tener que ver aquel rebullicio de las piernas, que no cesó hasta que un dolor leve y punzante al mismo tiempo, un dolor jamás sentido hasta aquel momento, empezó a aquejarle en el costado.[...]
- Señor Samsa -dijo, por fin, su encargado con voz campanuda-, ¿qué significa esto? Se ha atrincherado usted en su habitación. No contesta más que sí o no. Inquieta usted grave e inútilmente a sus padres, y, dicho sea de paso, falta a su obligación en el almacén de una manera verdaderamente inaudita. [...] Estoy asombrado; yo le tenía a usted por un hombre formal y juicioso, y no parece sino que ahora, de repente, quiere usted hacer gala de incomparables extravagancias. [...] Ante esta incomprensible testarudez, no me quedan ya ganas de seguir interesándome por usted. Su posición no es, ni con mucho, muy segura. Mi intención era decirle todo esto a solas; pero, como usted tiene a bien hacerme perder inútilmente el tiempo, no veo ya por qué no habrían de enterarse también sus señores padres. En estos últimos tiempos su trabajo ha dejado bastante que desear. Cierto que no es esta la época más propicia para los negocios; nosotros mismos lo reconocemos. Pero, señor Samsa, no hay época, o no debería haberla, en que los negocios esté completamente parados. [...]
Gregorio, sin embargo, se hallaba ya mucho más tranquilo. Cierto es que sus palabras resultaban ininteligibles, aunque a él le parecían muy claras, más claras que antes, sin duda porque ya se le iba acostumbrando el oído. Pero lo esencial era que ya se habían percatado los demás de que algo insólito le sucedía y se disponían a acudir en su ayuda. La decisión y la firmeza con que fueron tomadas las primeras disposiciones le aliviaron. Se sintió nuevamente incluido entre los seres humanos, y esperó de los dos, del médico y del cerrajero, indistintamente, acciones extrañas y maravillosas.
La madre -que, a pesar de la presencia del principal, estaba allí despeinada, con el pelo enredado en lo alto de cráneo- miró primero a Gregorio, juntando las manos, avanzó luego dos pasos hacia él, y se desplomó por fin, en medio de sus faltas esparcidas en torno suyo, con el rostro oculto en las profundidades del pecho. El padre amenazó con el puño, con expresión hostil, como si quisiera empujar a Gregorio hacia el interior de la habitación; se volvió luego, saliendo con paso inseguro al recibidor, y, cubriéndose los ojos con las manos, rompió a llorar de tal modo, que el llanto sacudía su robusto pecho. [...]
Gregorio casi no comía. Al pasar junto a los alimentos que tenía dispuestos, tomaba algún bocado a modo de muestra, lo guardaba en la boca durante horas, y casi siempre lo escupía. Al principio, pensó que su desgana era efecto, sin duda, de la melancolía en que le sumía el estado de su habitación; pero precisamente se habituó muy pronto al nuevo aspecto de ésta. Habían ido tomando la costumbre de colocar allí las cosas que estorbaban en otra parte, las cuales eran muchas, pues uno de los cuartos de la casa había sido cedido a tres huéspedes. [...] Y todas estas cosas iban a parar al cuarto de Gregorio, de igual modo que el cogedor de las cenizas y el cajón de la basura. Aquello que de momento no había de ser utilizado, la asistenta, que en esto se daba mucha prisa, lo arrojaba al cuarto de Gregorio.
