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Ilustración de Miguel Navia para la edición de El fantasma de Canterville publicada por la editorial Reino de Cordelia |
De pronto, la señora Otis vio una mancha rojo mate en el suelo, junto a la chimenea, y, sin percatarse de lo que realmente significaba, le dijo a la señora Umney:
- Parece que algo se ha derramado ahí.
- Sí, señora -replicó en voz baja la vieja ama de llaves-, es sangre lo que se ha derramado en ese lugar.
- ¡Qué horror! -exclamó la señora Otis-. No me gustan en absoluto las manchas de sangre en el cuarto de estar. Hay que quitarla enseguida.
La anciana sonrió y contestó en el mismo y misterioso tono de voz.
- Se trata de la sangre de lady Eleanore de Canterville, asesinada ahí mismo por su propio marido, sir Simon de Canterville, en 1575. Sir Simon le sobrevivió nueve años y desapareció de repente en circunstancias muy misteriosas. Su cuerpo nunca fue hallado, pero su atormentado espíritu aún merodea por la mansión. La mancha de sangre ha sido muy admirada por los turistas y por otras personas, y no hay quien la quite.
- Todo eso es una tontería -exclamó Washington Otis-, el superdetergente quitamanchas "Campeón de Pinkerton" lo limpiará al instante- y, antes de que la aterrorizada ama de llaves pudiera intervenir, se había puesto de rodillas y estaba frotando vigorosamente el suelo con una barrita de lo que parecía un cosmético negro. En pocos instantes no quedaba ni rastro de la mancha.
- Ya sabía yo que Pinkerton lo conseguiría -exclamó triunfalmente, volviendo la mirada hacia su orgullosa familia. Pero tan pronto hubo dicho estas palabras, un terrible relámpago iluminó la sombría estancia, y el tremendo retumbar de un trueno los hizo ponerse de pie de un salto, y la señora Umney se desmayó. [...]
A las once se retiró la familia y, pasada media hora, todas las luces se habían apagado. Poco tiempo después, el señor Otis se despertó a causa de un extraño ruido en el pasillo, fuera de su cuarto. Era un sonido de golpes metálicos y parecía acercarse por momentos. Se levantó al instante, encendió una cerilla y consultó la hora. Era la una exactamente. Estaba muy tranquilo y se tomó el pulso, que no mostró trazas de estar alterado. El extraño ruido continuaba y, además, oyó claramente el ruido de unos pasos. Se puso las zapatillas, cogió un frasquito alargado de su bolsa de aseo y abrió la puerta. A la pálida luz de la luna, vio ante sí a un viejo de aspecto espantoso. Sus ojos eran rojos como ascuas encendidas; su cabello largo y gris caía como alambre enmarañado sobre sus hombros; su vestimenta, de corte de otra época, estaba sucia y deshilachada, y de sus muñecas y tobillos colgaban pesadas argollas y cadenas mohosas.
- Mi querido señor -dijo el señor Otis-, le ruego encarecidamente que engrase esas cadenas, y le he traído al efecto un frasquito de "Lubricante Sol Naciente de Tammany". Tiene fama de ser completamente eficaz con una sola aplicación; de ello hay en el envoltorio varios testimonios de algunos de los más eminentes teólogos americanos. Se lo dejaré aquí, junto a las velas del dormitorio, y me encantará proporcionarle más, en caso de que lo necesite.
Con estas palabras, el ministro depositó el frasco en una mesa de mármol y, cerrando la puerta, se retiró a descansar.
Por un instante, el fantasma de Canterville permaneció inmóvil, presa de la natural indignación. Luego, arrojando el frasco violentamente contra el suelo pulido, huyó por el pasillo, emitiendo lúgubres aullidos y proyectando una cadavérica luz verdosa. Justo al llegar a lo alto de la escalinata de roble, se abrió una puerta de golpe y aparecieron dos personajillos en camisón blanco; y una almohada salió volando, ¡casi rozando su cabeza! [...] Al llegar a su cuarto, se desmoronó por completo, siendo presa de la más violenta agitación. La ordinariez de los gemelos y el vulgar materialismo de la señora Otis eran, desde luego, muy molestos, pero lo que más le fastidiaba de todo era el no haber podido ponerse la armadura. Había albergado la esperanza de que hasta los modernos americanos se estremecerían al ver un espectro con armadura.
Óscar WILDE. El fantasma de Canterville
