Plano de la película documental Ser y tener (2002), de Nicholas Philibert |
A mi entender, nuestros mayores vicios adquieren su carácter desde la más tierna infancia, y lo esencial de nuestra educación está en manos de las nodrizas. Para las madres, es un pasatiempo ver a un niño que retuerce el cuello a un pollito y que se divierte lastimando a un perro o a un gato. Y algún padre es tan necio que toma como un buen augurio de alma marcial ver que su hijo golpea injustamente a un campesino o a un lacayo que no se defiende, y como gentileza ver que burla a un compañero mediante alguna maliciosa deslealtad y engaño. Éstas son, sin embargo, las verdaderas semillas y raíces de la crueldad, de la tiranía, de la traición. Germinan ahí y después se alzan gallardamente y fructifican con fuerza de la mano de la costumbre. Y es una educación muy peligrosa excusar estas viles inclinaciones por la flaqueza de la edad y la ligereza del asunto. En primer lugar, es la naturaleza la que habla, cuya voz es entonces más pura y más genuina porque es más débil y más nueva. En segundo lugar, la fealdad del fraude no depende de la diferencia entre escudos y alfileres (monedas valiosas y baratijas). Depende de sí misma. Me parece mucho más justo sacar esta conclusión: “¿por qué no habría de engañar con escudos si engaña con alfileres?”, que, como suele hacerse: “sólo son alfileres, de ninguna manera lo hará con escudos”.
Hay que poner un gran cuidado en enseñar a los niños a aborrecer los vicios por su propia contextura, y hay que enseñarles su deformidad natural, para que los eviten no sólo en la acción, sino ante todo en el corazón. Que pensar siquiera en ellos les resulte odioso, sea cual fuere la máscara que lleven. Sé muy bien, por haberme habituado de niño a seguir siempre el camino ancho y llano, y por haber sido contrario a mezclar los ardides y la astucia en los juegos infantiles -en realidad, debe señalarse que los juegos de los niños no son juegos, y hay que considerarlos en sí mismos, como sus acciones más serias-, que no hay pasatiempo tan ligero al que yo no aporte de mi interior, por propensión natural y sin esfuerzo, una extrema oposición al engaño. (…) En todo y por todas partes mis propios ojos me bastan para mantenerme a raya: no hay otros ojos que me vigilen de tan cerca, ni que yo respete más.
Michel de MONTAIGNE. Ensayos (1580)